La increíble historia de Jesús Pardo

El escritor, uno de los más brillantes de la época, diseccionó en sus libros la burguesía santanderina

La muerte del escritor Jesús Pardo, a los 91 años, acaba con un testigo privilegiado de la alta burguesía santanderina de preguerra y posguerra. Un grupo humano compacto y endogámico, especialmente lo que él denomina “sardinerinos”, distintos y distantes de los “santanderinos”, entre los cuales también se daban las grandes sagas empresariales.


Pocas cuerpos aguantan la vida de Jesús Pardo, y pocos autores han retratado Santander, su ciudad de origen, con tanta crudeza. Corresponsal de la Agencia Efe en Londres durante décadas, y del diario Madrid hasta que fue cerrado, escritor, traductor (manejaba con soltura una docena larga de idiomas) y bon vivant, el vértice de todas sus andanzas por el mundo siempre estuvo en Villa San José, el chalet familiar ubicado junto a la iglesia de San Roque, en el Sardinero. Y en prácticamente todos sus libros se hace referencia a ese microcosmos de la burguesía sardinerina con una agudeza descarnada y explosiva.

Es cierto que las descripciones de Pardo son inclementes y muy pocos se salvan de la crudeza de su pluma. Ese tipo de libros producto del resentimiento son abundantes pero hay que reconocer que su caso es tan especial como el de los Panero (la familia de uno de los poetas oficiales del franquismo) puesto que con nadie es tan feroz como consigo mismo, y basta repasar sus memorias más cáusticas (Autorretrato sin retoques) para plantearse cómo ha podido llegar a los 91 años un cuerpo que durante décadas estuvo más tiempo ebrio que sobrio y asaltó tantas camas.

Pardo era nieto de Don Leopoldo Pardo de Santayana (él dejó de utilizar esta segunda parte del apellido), que hizo una enorme fortuna con la urbanización de Los Arenales, en Santander, donde tiene una calle con su nombre. Eran las dunas y aguas someras sobre las que se levantó el Barrio Castilla-Hermida, un entorno privilegiado que acabó siendo una colmena humana, con una de las mayores densidades de población de todo el país.

Don Leopoldo Pardo, o don Leopardo, como le llamaban algunos coetáneos por su ferocidad en los negocios, rellenó con escombros aquellos arenales, sin más edificios por entonces que los Depósitos de Tabacalera, a modo de fuerte en mitad de un desierto. Una imagen que hoy nos costaría identificar con Santander.

Al morir, en 1911, cuenta Pardo que dejó a cada uno de sus siete hijos un millón de pesetas, pero a la vista de los destinos de cada uno de ellos parece poco probable. En otro pasaje de su libro de memorias asegura que, en una sociedad tan pagada de sí misma como la sardinerina, se declararon derechos reales a Hacienda muy superiores al valor del legado, solo para que los vecinos creyesen que la fortuna ascendía a ese monto.

Uno de los hijos de Don Leopardo, Adolfo Pardo, naviero, fue el promotor del chalet de El Promontorio, que en un momento de crisis tuvo que vender al presidente del Banco Santander, Emilio Botín, por cien mil pesetas.

Jesús Pardo es extraordinariamente crítico con esa sociedad, especialmente con su familia, quizá porque no tuvo apenas ninguna relación con sus padres y fue criado por su tía Asunción (Curra) y su tío Marcelino, que a pesar de su limitado mundo le abrieron amplios horizontes gracias a la enorme biblioteca familiar, que él devoró, y a sus estancias en Inglaterra. El inglés le franquearía todas las puertas en la España de posguerra, donde nadie lo hablaba, y esa circunstancia se convertía en un problema para abordar cualquier asunto que rebasase las fronteras patrias.

El panteón familiar de lo Pardo en Ciriego, que finalmente ha pasado a manos del Ayuntamiento.

Pardo nació en Torrelavega (de donde era originaria la familia Pardo de Santayana) pero  sus primeros recuerdos están fijados ya al Sardinero, donde creció medio salvaje en un rincón que recordaría toda su vida (todos somos producto de nuestra infancia, pero él más), el chalet de la Tía Curra, en las proximidades de la iglesia de San Roque, que aún existe, aunque se muestre cochambroso. En aquel edificio de tres plantas y enorme jardín-huerta se criaba ajeno a casi todo y con muy escaso control, a pesar de las cuatro sirvientas, jardinero y chófer que tenía la casa, donde, en cambio, no se hacían otros gastos ni más actividad que recibir visitas o acudir a misa.

En aquel mundo tan limitado se concentraban otras grandes fortunas, como la del naviero Ángel Pérez, a cuya residencia (contigua a la suya) acudían en verano los infantes reales para jugar con sus hijos y la casa (hoy transformada en apartamentos) acabó pasando a la posteridad como Los Infantes.

El Sardinero acababa al comienzo de la Segunda Playa, con el campo original del Racing, y en ese pequeño mundo de empinadas calles, fincas arboladas y arenales (que en realidad solo usaban los de Madrid) discurría una vida endogámica que Pardo analiza capa a capa. Cada chalet era un castillo, algo que apenas puede intuirse de los pocos que han sobrevivido a la voracidad urbanística. Incluso los túmulos funerarios. Basta ver el del propio Pardo, una especie de iglesia bizantina, a la entrada de Ciriego, en cuya espectacularidad es muy difícil no reparar, aunque su cúpula multicolor haya perdido muchos de los mosaicos.

En uno de sus últimos libros, Pardo sostiene que la perpetuidad en Santander solo dura cien años y lo justifica en el abultado recibo que le pasó su Ayuntamiento para renovar la concesión de ese panteón familiar, a pesar de que el emplazamiento le fue concedido a su abuelo sin limitaciones. Él no estaba por la labor de pagar para estirar esa perpetuidad tan limitada y el panteón ha acabado en manos del Ayuntamiento, que tiene un plan para rehabilitarlo, por su carácter monumental.

Igual de efímeras o más resultaron algunas fortunas que parecían infinitas, como la de su familia, a lo que él mismo contribuyó con ahínco.

La herencia que le tocó la dilapidó con desdén en su desembarco en Madrid para empezar su carrera profesional. Sin tomarse la molestia de buscar una casa, se alojó en el Hotel Ritz y encargó una colección desmesurada de trajes a la medida. Una vida sin obligaciones hasta que el combustible del patrimonio dio señales de agotamiento y tuvo que trasladarse a una modesta pensión.

Gracias a su dominio del inglés y a los contactos que hizo en sus largas estancias diarias en el Café Gijón, donde conoció a todos los intelectuales y escritores de posguerra, que tampoco deja muy bien parados en sus libros, entró en los sindicatos verticales del Régimen para hacer traducciones de documentos oficiales, y más tarde en la Agencia Efe. Protegido por el todopoderoso director general de Prensa del franquismo, Juan Aparicio, con poco más de veinte años acabó nombrado corresponsal de la Agencia en Londres, donde permaneció más de tres décadas, los últimos años escribiendo para el periódico Madrid, controlado por el Opus y cerrado por el Régimen tras un artículo de su director, Rafael Calvo Serer, conminando a De Gaulle a retirarse (una alegoría que todo el mundo entendió dirigida a Franco). Con la llegada de la democracia, Pardo fue el fundador y director de la revista Historia 16, y publicó sus libros principales.

Él y su vida excesiva son protagonistas de gran parte de ellos, pero también Santander y sus familias, identificadas con nombres y apellidos. La ruptura fue inmediata. Desde la publicación de ‘Ahora es preciso morir’, se abrieron las hostilidades desde la ciudad, y hubo de suspenderse la presentación en el Ateneo. Pardo descartó su presencia en otro acto posterior, al calcular que después de pagar el tren, el hotel y a los dos guardaespaldas que según él iba a necesitar por las amenazas recibidas, no le quedaba gran cosa.

Vitriólico, iconoclasta, irredento, promiscuo y amoral, acabó volviendo al catolicismo en los últimos años, y la ciudad también se fue reconciliando con él, a medida que fallecían quienes se sentían más señalados.

Las disecciones de sus libros son deslumbrantes por su precisión y economía de palabras, como lo fue siempre su cultura, tanto de los autores clásicos como de los modernos, y sus crónicas de la alta sociedad londinense en la que se incrustó con absoluta normalidad, quizá por la nube alcohólica que compartían todos a partir del media tarde.

En sus últimos años como periodista fue corresponsal en Nueva York y en la oficina de la ONU en Ginebra, una especie de retiro dorado donde nunca llegó a encajar, porque ambas, en su opinión, eran la periferia de Londres, como Santander era la periferia del Sardinero. Por cierto, que encontraba no pocas similitudes entre las clases altas londinenses y el Sardinero de su niñez.

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