El papel de las emociones en la toma de decisiones; entre la neurociencia y la vida cotidiana

Cada día las personas toman cientos de decisiones, desde las más simples (qué desayunar, cómo responder un mensaje) hasta las más trascendentales: elegir una carrera, cambiar de trabajo o iniciar una relación. Se piensa que esas elecciones son fruto de la razón, de un análisis lógico y consciente. Sin embargo, estudios en neurociencia y psicología demuestran que el pensamiento racional está tejido con hilos emocionales. Sentir y decidir no son procesos opuestos, sino partes de un mismo mecanismo mental (Seijo et al., 2024; Castellví y Massip, 2019).

Las emociones actúan como una brújula silenciosa que orienta las elecciones: alertan del peligro, motivan hacia lo que se valora y ayudan a darle sentido al mundo. Pero cuando se vuelven intensas o no se interpretan adecuadamente, pueden distorsionar la percepción y conducir a decisiones impulsivas o ineficaces. En un contexto social y tecnológico cada vez más acelerado, marcado por la sobrecarga informativa y el estrés, comprender cómo influyen las emociones en la toma de decisiones se ha convertido en una habilidad clave para el bienestar psicológico y la eficacia personal.

En este artículo, sobre la ayuda del gabinete Psyfeel con Naiara Hurtado, se explora cómo operan las emociones en el proceso de toma de decisiones, qué función cumplen en la mente humana y de qué manera pueden utilizarse de forma adaptativa sin que dominen la conducta. La importancia radica en el hecho de que entender las emociones no solo favorece a decisiones mejores, sino también contribuye a una vida más coherente, equilibrada y humana.

Cómo las emociones guían, condicionan y transforman las elecciones que definen la vida humana

Es frecuente que las personas prometan no volver a tomar decisiones “en caliente” y, aun así, repitan ese patrón. Desde el carrito de compras online, hasta una ruptura o un cambio laboral, las emociones influyen mucho más de lo que se cree.

La psicología y la neurociencia actuales ya no discuten si las emociones afectan la toma de decisiones: la pregunta ahora es cómo aprovecharlas de manera inteligente, sin caer en su secuestro momentáneo.

De Descartes a Damasio: la razón no basta

Durante siglos predominó la idea de que la razón debía dominar las emociones. Pero el trabajo pionero de Antonio Damasio cambió la conversación. Su Hipótesis del marcador somático reveló que las emociones son esenciales para decidir: ya que permiten anticipar consecuencias, asignar valor y priorizar entre opciones complejas (Damasio, 1994).

Hoy los hallazgos más recientes de la neuroeconomía (una disciplina que une psicología, neurociencia y economía del comportamiento) confirman que sentir también es pensar. Además, estudios con resonancia magnética funcional han mostrado que regiones como la amígdala, la ínsula y la corteza orbitofrontal colaboran constantemente en el proceso de elección (Broche-Pérez et al., 2016).

La emoción no es el enemigo: es el contexto invisible de las elecciones

Cada decisión está profundamente influida por un estado emocional de fondo, aunque rara vez se sea consciente de ello. Las decisiones no se realizan desde un vacío mental, sino desde un estado interno cargado de sensaciones, recuerdos y valoraciones afectivas que condicionan qué se piensa y cómo se piensa. El cerebro, lejos de ser una máquina lógica separada del cuerpo, es un órgano emocional que razona: interpreta los datos del mundo exterior siempre filtrados por el estado emocional en ese instante.

Incluso en las decisiones aparentemente más racionales (como escoger una hipoteca, firmar un contrato o calcular una inversión) actúan emociones sutiles como la confianza, la inseguridad o el deseo de control. Por eso muchas veces dos personas con la misma información llegan a conclusiones opuestas: no es que vean hechos distintos, sino que los sienten de manera diferente.

Como explica la neurocientífica Tali Sharot (2023), el cerebro humano no evalúa la realidad de forma neutral, sino bajo un “estado de ánimo de base” que guía la interpretación de los hechos. Cuando ese estado es positivo, aumenta la dopamina y con ella la sensación de posibilidad; el mundo parece menos amenazante y las decisiones tienden a ser más arriesgadas, abiertas o generosas. En cambio, cuando el ánimo decae o el estrés se acumula, se activa la amígdala y dominan los circuitos de alerta, lo que favorece conductas más cautelosas, pesimistas e inclinadas a posponer decisiones importantes.

El fenómeno es tan consistente que se ha observado incluso en contextos judiciales: investigaciones realizadas en Harvard (2022) encontraron que los jueces otorgan penas más severas después de días con mayor carga de trabajo o de noticias negativas, lo que demuestra que el cansancio emocional puede alterar la percepción de justicia y riesgo, incluso en profesionales acostumbrados a decidir racionalmente.

Las emociones como lentes de la realidad

Las emociones funcionan como “lentes afectivas” que colorean la percepción de la realidad. Un mismo comentario, una mirada o una oferta económica pueden parecer amables o amenazantes dependiendo del estado emocional previo. Este sesgo afectivo se explica en la llamada teoría de congruencia del estado de ánimo (1985), desarrollada por Bower, según la cual las emociones activan recuerdos y pensamientos compatibles con ellas. En estados de ansiedad, tienden a recordarse más experiencias de fracaso; en estados emocionales positivos, se recuerdan con mayor facilidad éxitos y oportunidades. De este modo, las emociones influyen no solo en la forma de decidir, sino también en qué información se recuerda y qué datos se priorizan.

Las emociones también influyen en la atención selectiva, es decir, en aquello a lo que se concede importancia y lo que se pasa por alto. Durante etapas de estrés o tristeza, la mente suele detectar con más facilidad los signos de amenaza o rechazo; en cambio, cuando predomina la calma o la gratitud, se amplía la percepción y aumenta la sensibilidad hacia detalles positivos o neutros. Esto significa que las emociones condicionan no solo la memoria, sino también la forma en que se construye la realidad momento a momento. La percepción del mundo no se produce de forma objetiva, sino mediada por el estado emocional del instante, y el reconocimiento de este proceso permite interpretar con más precisión las reacciones propias y ajenas antes de la toma de decisiones importantes.

Entre la biología y la cultura emocional

El modo en que las emociones moldean las elecciones no es solo un asunto biológico, sino también cultural. En sociedades donde expresarlas abiertamente se considera debilidad, muchas personas han aprendido a ocultarlas o ignorarlas. Pero la neurociencia contemporánea demuestra que suprimir emociones no las elimina, solo las desplaza a otro nivel del cuerpo o de la conducta. De hecho, la represión emocional aumenta la activación fisiológica y deteriora la claridad mental, lo que puede originar decisiones impulsivas o reactivas.

En culturas más abiertas emocionalmente, en cambio, la capacidad de reconocer y nombrar lo que se siente se asocia con decisiones más coherentes y sostenibles, tanto individuales como colectivas. No es casual que los programas de educación emocional implementados en universidades y empresas estén mostrando mejoras notables en planificación, liderazgo y cooperación (MIT Emotional Cognition Lab, 2024).

La emoción como contexto invisible

En definitiva, la emoción no es un obstáculo para la toma de decisiones inteligentes, sino el contexto invisible que da sentido a las elecciones humanas. Ignorarla equivale a leer la realidad con una parte del cerebro apagada. Lo emocional no distorsiona, sino que informa; no se opone al pensamiento racional, sino que lo completa y le otorga dirección.

Al fin y al cabo, las decisiones más significativas (amar a alguien, cambiar de carrera, dejar un trabajo, mudarse a otro país, por ejemplo) no se toman con ecuaciones, sino con una mezcla de razón y emoción que refleja la identidad personal, los valores y las aspiraciones individuales.

Por eso, la madurez emocional no consiste en decidir sin sentir, sino en reconocer el mensaje que cada emoción trae consigo. A veces dice “espera”, otras “atrévete”. La capacidad de atender a estas señales internas con serenidad, sin miedo ni desprecio, es quizás la forma más humana y sabia de tomar decisiones en una época saturada de ruido exterior.

Implicaciones del desarrollo de un pensamiento verdaderamente objetivo

Lograr un pensamiento verdaderamente objetivo no consiste en eliminar las emociones, sino en aprender a reconocer su influencia y equilibrarla con la reflexión consciente. La objetividad no es frialdad; es lucidez emocional. La ciencia psicológica actual demuestra que las personas que son capaces de analizar lo que sienten sin dejarse arrastrar por ello muestran un pensamiento más flexible, crítico y realista (Vega, 2024).

El primer paso es cultivar la autoconciencia emocional. Antes de reaccionar o decidir, detenerse unos segundos para identificar el estado interno (ira, miedo, entusiasmo, ansiedad) posibilita la diferenciación entre el impacto emocional inmediato y el análisis racional. Etiquetar la emoción activa la corteza prefrontal, zona vinculada al control cognitivo, y reduce la reactividad impulsiva.

En segundo lugar, es útil buscar la distancia psicológica: plantear cuestiones como qué interpretación podría realizar otra persona, cómo se valorará la situación con el paso del tiempo o qué evidencias objetivas la sustentan favorece un pensamiento prospectivo. Este tipo de pensamiento prospectivo ayuda a que la emoción pierda fuerza y la mente procese la información con mayor amplitud.

La verificación de hechos es otro paso esencial. Las emociones tienden a simplificar o exagerar; contrastar datos con fuentes confiables contrarresta ese sesgo. En la vida cotidiana, esto puede implicar releer un mensaje con calma antes de responder o solicitar una segunda opinión antes de actuar.

Por último, la gestión del cuerpo también cuenta. El descanso adecuado, la respiración consciente y la actividad física reducen la carga fisiológica del estrés, liberando recursos mentales para pensar con claridad. Un cerebro cansado o hiperactivo es mucho más vulnerable a los juicios sesgados.

En síntesis, pensar objetivamente exige reconocer lo subjetivo. Solo al admitir que toda percepción está coloreada por una emoción, se favorece la toma de distancia, la observación y la construcción de decisiones más equilibradas, racionales y humanas.

Conclusión: comprender las emociones para decidir mejor

En síntesis, comprender el papel de las emociones en la toma de decisiones es mucho más que un ejercicio teórico: es un aprendizaje de vida. Las emociones no son obstáculos que haya que vencer, sino señales que orientan el comportamiento, actúan como indicadores de necesidades, valores y deseos que la razón por sí sola no alcanza a expresar. Tomar decisiones sin reconocerlas sería como conducir sin mirar el tablero del coche: es posible avanzar, pero sin saber cuándo el motor se recalienta o cuándo falta combustible.

En un mundo saturado de información, presiones e inmediatez, aprender a pensar sintiendo con claridad se convierte en una competencia esencial. Las investigaciones recientes en psicología cognitiva y neurociencia coinciden en que quienes integran emoción y razón deciden con más coherencia, se arrepienten menos y experimentan mayor bienestar a largo plazo. Reconocer cuándo una emoción orienta y cuándo domina la conducta puede ser la diferencia entre una elección impulsiva y otra con los valores personales más profundos (Díaz y Campos, 2024).

Por eso este tema es relevante. Afecta a todos los niveles de la experiencia humana, desde la vida personal hasta las decisiones colectivas que moldean el mundo.

REFERENCIAS

Bower, G. (1985). Emociones y cognición [Emotion and cognition]. Revista Mexicana

de Psicología, 1(2), 110-118.

Broche-Pérez, Y., Jiménez, L. H., y Omar, E. (2016). Bases neurales de la toma de decisiones. Neurología, 31(5), 319-325.

Castellví, J., y Massip, M. (2019). Emociones y pensamiento crítico en la era digital: un estudio con alumnado de formación inicial.https://dehesa.unex.es/handle/10662/9985

DAMASIO, Antonio (1994), Descartes’ error: Emotion, rationality and the human brain. New York: Putnam.

Díaz, G. M. G., y Campos, J. Y. G. (2024). Una visión tripartita de la mente: la teoría del razonamiento dual y las emociones. Ciencias sociales y humanidades en Durango: Miradas múltiples, 11.

Seijo, C., Ochoa, M., y Ochoa, J. (2024). LAS EMOCIONES COMO FUNDAMENTO DE LA TOMA DE DECISIONES: UNA VISIÓN DE FUTURO EN EL ACONTECER DE LA VIDA DIARIA. REVISTA CIENTÍFICA GLOBAL NEGOTIUM, 7(3), 289-305.

Sharot, T., Rollwage, M., Sunstein, CR y Fleming, SM (2023). Por qué y cuándo cambian las creencias. Perspectivas de la Ciencia Psicológica , 18 (1), 142-151.

VEGA, G. T. (2024). Reflexiones filosóficas acerca del conflicto y su influencia en la apertura hacia el pensamiento crítico.

Blog Psyfeel: https://psyfeel.com/blog/

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