Opinión

Todo lo que cambia después de Cataluña

A lo largo de estos años hemos acumulado varios latiguillos estúpidos sobre la democracia, como ese que dice que a ciudadanía es sabia y no se equivoca nunca. Vaya que si se equivoca, basta recordar que Hitler llegó al poder en unas elecciones. Los electores responden a impulsos, a veces racionales y otras veces meramente emocionales. Dependiendo del estado de cabreo se vota una cosa u otra, y tras una crisis tan larga, muchos españoles optaron por exteriorizar su malestar y rompieron en pedazos un bipartidismo que parecía eterno. Ni siquiera importó mucho que hubiese Ley D´Hont, cuya sustitución, por cierto, ya no es una prioridad ni para los recién llegados.

En Cataluña parecía que después del 155 y de la manifesta demostración de que nadie iba a reconocer una república catalana, las aguas volverían a su cauce pero ha sido un espejismo. Como en ‘El show de Truman’, estamos condenados a volver a vivir la misma historia, pero no conviene dejarse llevar por el desánimo. Aunque se forme un gobierno independentista es muy improbable volver a la tensión anterior, sabedores todos de que no podemos estar repitiendo la historia del 155 una y otra vez. El nuevo gobierno lo van a formar otras personas, porque la mayoría de los que estuvieron en el anterior van a enfrentarse a un largo proceso judicial y esa amenaza tan tangible de cárcel condicionará a los que lleguen, que además tendrán que responsabilizarse –esta vez sí– de los problemas económicos internos que antes o después se pondrán de manifiesto por la fuga de empresas, el rechazo de muchos españoles a consumir productos catalanes o el descenso del turismo en esa comunidad.

Desde hace más de tres décadas, el PP no ha tenido que compartir con nadie el voto de centro y derecha. A partir de ahora, se lo tendrá que disputar a Ciudadanos

Tampoco cabe imaginar que se reproduzca la cantinela del referéndum pactado, porque se ha producido una paradoja muy evidente: gracias a la discutible asignación de escaños a las provincias, los nacionalistas han podido transmitir al mundo la idea que el movimiento soberanista es mayoritario pero ahora son conscientes de que si se hubiese convocado el referéndum, como pretendían, la independencia hubiese sido derrotada por un 53% frente a 47% y se hubiesen quedado sin discurso y los titulares de los periódicos de todo el mundo al día siguiente hubiesen sido exactamente los opuestos a los que han sido. Así que las elecciones, en el fondo, les han hecho un favor.

Esa respuesta de la prensa extranjera indica que España no ha tenido mucho acierto en el manejo del conflicto y los 400 asesores del presidente de la nación que pululan por La Moncloa han estado tan huérfanos de ideas en este asunto que cabe discutir si el sueldo que les pagamos tiene alguna utilidad. Ni han conseguido contraponer un relato ilusionante de España para que los catalanes se revinculen emocionalmente con el Estado ni han tenido el más mínimo éxito en trasladar el punto de vista estatal a los corresponsales extranjeros. En la escenificación del problema han tenido mucho más éxito los creadores de la ficticia Tabarnia con muchísimos menos medios.

El país sale muy perjudicado por esta falta de ideas y de eficacia de la Presidencia del Gobierno, pero el principal afectado es el propio Rajoy, que a partir de ahora va a tener que lidiar con una situación inédita en España desde hace más de tres décadas: la división del voto de la derecha. Los catalanes no independentistas han puesto su confianza en Ciudadanos y, al convertirse en una fuerza tan marginal en aquella comunidad, el PP pierde cualquier expectativa de mantener una hegemonía nacional de producirse unas nuevas elecciones generales.

Sin una presencia relevante en Cataluña, ninguna fuerza política tiene posibilidad de gobernar en solitario en España, a lo que hay que añadir que el enorme éxito que ha tenido Ciudadanos en aquella comunidad le dará un impulso muy relevante en el resto del país. Son dos noticias muy malas para el PP, pero aún peor es que parte de sus votantes más fieles ahora perciban a Ciudadanos como una fuerza emergente y estén dispuestos a cambiar de caballo, tal como le pasó a UCD cuando su autodestrucción coincidió con el ascenso del PSOE y el PP y sus huestes se pasaron en manadas a ambos partidos.

Rajoy no tiene rivales internos por el momento, pero eso no quiere decir que no aparezcan en cuanto denoten su debilidad. Estamos acostumbrados a un PP fuerte y gobernado con mano de hierro, pero nada va a ser igual a partir de ahora. Los líderes de los grandes partidos nacionales han quedado tocados, y especialmente Rajoy, al que la militancia ha dejado de ver como una garantía de triunfo. Y los que hoy son sus paladines, como Feijoo, puede que mañana se conviertan en sus rivales.

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