¿Sobra dinero o falta cordura?

Hay algo profundamente revelador en la fascinación que ha despertado SpaceX. No tanto por sus cohetes, sus satélites o sus logros tecnológicos, sino por la cantidad ingente de dinero que inversores de todo el mundo han puesto sobre la mesa para participar en un negocio cuyo valor futuro (la explotación del espacio, de la Luna o de Marte) es una mera promesa.
Tras su salida a bolsa, la compañía de Elon Musk se ha convertido en una de las empresas privadas más valoradas del planeta. Fondos de inversión, patrimonios familiares, grandes fortunas y pequeños inversores han buscado desesperadamente cualquier resquicio para poder participar sin detenerse demasiado en las muchas incertidumbres que plantea el negocio de la empresa.
¿Es que sobra dinero en el mundo o hemos entrado en una nueva fase especulativa en la que el valor de las cosas ya no guarda ninguna relación con su capacidad real para generar beneficios? Probablemente ambas cosas.
Durante más de una década, las economías occidentales han convivido con una abundancia extraordinaria de liquidez. Los bancos centrales inundaron los mercados de dinero barato para combatir la crisis financiera, luego la pandemia y más tarde las sucesivas desaceleraciones económicas. El resultado ha sido una acumulación gigantesca de capital en busca de rentabilidad.
Ese dinero necesita encontrar un destino. Y cuando las inversiones tradicionales ofrecen retornos moderados, se desplaza hacia proyectos capaces de prometer multiplicaciones espectaculares del capital. Ya no se busca ganar un 5% o un 7% anual. Se busca encontrar el próximo Amazon, el próximo Tesla o el próximo Nvidia. El problema es que cada vez hay menos empresas capaces de cumplir esas expectativas y más dinero persiguiéndolas.
SpaceX constituye un caso paradigmático. Nadie discute que se trata de una empresa extraordinaria. Ha revolucionado el lanzamiento espacial, ha reducido costes de manera drástica y ha construido una posición competitiva envidiable. Pero una cosa es reconocer su excelencia tecnológica y otra muy distinta asumir valoraciones que descuentan décadas de éxitos futuros como si ya estuvieran garantizados.
Estamos asistiendo a una progresiva desvalorización cultural del trabajo como mecanismo de prosperidad
La historia económica está llena de empresas brillantes que parecían destinadas a dominar el mundo y acabaron decepcionando las expectativas. También está llena de tecnologías revolucionarias que tardaron mucho más de lo previsto en generar beneficios o que nunca llegaron a hacerlo.
Sin embargo, el fenómeno va más allá de SpaceX. Lo verdaderamente interesante es lo que esta fiebre inversora revela sobre nuestra sociedad. Estamos asistiendo a una progresiva desvalorización cultural del trabajo como mecanismo de prosperidad. Durante generaciones, el mensaje dominante fue relativamente simple: estudiar, esforzarse, trabajar, ahorrar e invertir prudentemente permitía mejorar el nivel de vida. Hoy ese relato resulta cada vez menos convincente para amplias capas de la población.
Un joven puede observar que un profesional altamente cualificado necesita décadas para adquirir una vivienda mientras una inversión afortunada en una tecnológica puede multiplicar su valor en pocos años. Comprueba que las grandes fortunas contemporáneas nacen de la apreciación de activos financieros y no de salarios, y que los titulares de prensa económica celebran a quienes consiguen rendimientos extraordinarios mientras que nadie presta atención a quienes crean riqueza con su trabajo diario.
La consecuencia psicológica es poderosa. Si el trabajo ya no basta para alcanzar algunas metas económicas, la tentación especulativa se convierte en una alternativa atractiva. No se trata de codicia, se trata de frustración.
Los mercados financieros pasan a desempeñar una función que nunca deberían asumir, la de sustituir las expectativas de progreso que antes proporcionaba la economía real. Y ahí es donde aparecen los riesgos. Porque cuando una sociedad empieza a creer que la riqueza se genera especulando y no creando empresas reales, innovando, produciendo bienes o prestando servicios, se produce una distorsión profunda de los incentivos económicos.
El capital deja de buscar rentabilidades razonables para perseguir desideratos. La prudencia se interpreta como falta de visión y el escepticismo se considera una forma de ignorancia. Hasta que la realidad reaparece. Siempre reaparece.
No significa que SpaceX vaya a fracasar. Puede que se convierta en una de las compañías más importantes del siglo XXI. Puede incluso que las valoraciones actuales terminen pareciendo conservadoras dentro de veinte años, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que una economía sana también debería ser capaz de generar ilusión a través del trabajo, el emprendimiento y la inversión basada en fundamentos sólidos, no únicamente mediante la esperanza de encontrar el próximo pelotazo.
Cuando cantidades aparentemente ilimitadas de dinero persiguen expectativas cada vez más ambiciosas, conviene preguntarse si estamos en una nueva era de prosperidad o en una nueva burbuja, porque la historia demuestra que ambas cosas suelen parecer iguales mientras están ocurriendo.
Quizá la señal más preocupante no sea la valoración de SpaceX, sino la creciente sensación colectiva de que trabajar ya no basta y de que la única forma de prosperar consiste en acertar la próxima apuesta.



