¿Queda alguien por enfadar?

La compleja situación política de España, donde cada elección se convierte en un nuevo problema, nos lleva a pensar en algún tipo de maldición moderna, destinada a conjurar la posibilidad de vivir sosegadamente. Sin embargo, lo que parece una pandemia no es más que la singularidad ibérica de una epidemia internacional extendida con la globalización, donde cada nación padece su propia endemia. Países que han sido un faro de estabilidad política y social como Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña o Francia, ven como se derrumban sus esquemas políticos tradicionales; los escándalos arrastran por los suelos el prestigio de sus élites y la frustración de amplias capas de la sociedad da a entender que el espejo en el que se miraba el mundo, el de las democracias occidentales, no se reconoce a sí mismo.

Uno de los aspectos más preocupantes de esta inestabilidad es la fractura de los sistemas políticos tradicionales. En el caso de Estados Unidos, movimientos populistas han capitalizado el descontento popular alimentando un discurso que deslegitima a las instituciones. En Alemania, que parecía vacunada contra experimentos ultras, surgen potentes partidos de extrema derecha que cuestionan los pilares de la democracia liberal. La desconfianza en las instituciones se ha extendido, y los votantes, en su búsqueda de alternativas, han optado por soluciones simplistas, como los partidarios del Bréxit que dieron por supuesto que bastaba con desengancharse de la “gorrona” Europa para volver a vivir las glorias del imperio. Esta tendencia hacia el populismo como una respuesta a la ineficacia de los partidos establecidos no solo no está resolviendo los problemas sino que las promesas de devolver el control a los ciudadanos se han convertido en un peligro para la cohesión política y social, y lo que es peor, han provocado el efecto contrario, el de concentrar un poder omnímodo en los nuevos líderes políticos.

La restauración de la fe en las democracias occidentales dependerá de la capacidad de sus líderes de restablecer los referentes morales

Los escándalos que han sacudido a las élites de estos países han contribuido enormemente a la desconfianza en las instituciones. La monarquía española quedó muy tocada por las revelaciones sobre Juan Carlos I. Los papeles hasta ahora conocidos del caso Jeffrey Epstein y su red de tráfico sexual ya han acabado con un príncipe británico, con el crédito personal de la próxima reina de Noruega y con miembros muy destacados de las élites norteamericanas. Macron ha tenido que estar defendiéndose, incluso, de las zafias acusaciones sobre el auténtico género de su mujer, y algo parecido le ha ocurrido al presidente español, aunque las denuncias no llegaron tan lejos.

Las capas sociales que anteriormente se sintieron favorecidas por el sistema ya no tienen garantizada su estabilidad económica ni política. La clase media ahora se siente amenazada por la precariedad laboral, la desigualdad económica y la falta de oportunidades. La convicción de que el sistema les beneficiaría se han desvanecido, llevandoles a un aumento del escepticismo y del resentimiento hacia las instituciones.

La globalización, que antes se consideraba la clave para el crecimiento y el desarrollo, ha dejado a muchas personas despojadas de su identidad y estancadas económicamente. Las promesas de progreso se han visto socavadas por la realidad de un mercado laboral impredecible, en el que nadie sabe si la IA se llevará por delante su empleo, y las expectativas de una vida mejor se han tornado en desencanto.

Este descontento no solo es el resultado la pérdida de seguridad económica. También es impulsado por un sentido de pérdida de control sobre el propio destino. La sensación de que las decisiones políticas se toman lejos de sus comunidades o que sus voces son ignoradas han propiciado un auge del populismo y el nacionalismo como una reacción a la globalización.

Si no se toman medidas decisivas, el riesgo de que los países se deslicen aún más hacia la inestabilidad social y política será una amenaza constante. El desafío no solo es político, sino también moral. La restauración de la fe en las democracias occidentales dependerá de la capacidad de sus líderes para restablecer los referentes morales. La jauría de las redes ha provocado que los periódicos traten de competir con las mismas armas para no perder la poca clientela que les queda, y todo ha resultado enlodado, sin esperanza alguna de que aparezcan nuevos líderes capaces de resistir esta demoledora trituradora que, de haber existido en otras épocas, no hubiese dejado en pie a ningún personaje histórico.   

El auge de la automatización y la deslocalización de empleos han golpeado a la clase trabajadora, pero lo curioso es que los empresarios lo sufren en igual medida. Las guerras armadas o arancelarias iniciadas por Estados Unidos les obligan a centrarse exclusivamente en el corto plazo, a reajustar los costes, porque los precios de los suministros se disparan o a recomponer cadenas logísticas que les costó mucho montar, además de surfear el día a día en unas economías cada vez menos previsibles.

Nadie puede estar ya seguro de nada, pero la restauración de la fe en las instituciones no va a depender de ellas mismas sino del fracaso de sus alternativas, pero eso requiere mucho tiempo y mucho dolor, como ha demostrado la historia en innumerables ocasiones.

Suscríbete a Cantabria Económica
Ver más

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba
Escucha ahora   

Bloqueador de anuncios detectado

Por favor, considere ayudarnos desactivando su bloqueador de anuncios