Nunca tuvimos tanto y nunca pareció que nos faltara tanto

Hay una paradoja que define el momento actual de España. Basta con abrir una red social, escuchar una tertulia o conversar en cualquier reunión para encontrarse con una sensación ampliamente compartida: todo va mal. La vivienda es inasequible, los precios han subido, la política vive instalada en la corrupción y la confrontación permanente y el pesimismo parecen haberse convertido en un estado de ánimo colectivo. Sin embargo, cuando se observan algunos de los principales indicadores económicos y de consumo, emerge una realidad mucho más compleja. Para una gran parte de los españoles, nunca se ha vivido tan bien.

Los datos son difíciles de ignorar. Los depósitos bancarios de los hogares españoles superan ya los 1,1 billones de euros y sus activos financieros alcanzan los 3,44 billones. Es casi un 10% más que hace un año, una subida récord que refleja un volumen de ahorro impensable hace apenas dos décadas. La riqueza financiera de las familias se encuentra en máximos históricos. Quienes invirtieron en bolsa durante los últimos años han obtenido rentabilidades extraordinarias, impulsadas por la recuperación económica tras la pandemia y por el auge de las grandes compañías tecnológicas.

Quizá el verdadero problema no sea que España esté mejor o peor, sino que nuestras expectativas avanzan aún más deprisa que nuestros logrosQuizá el verdadero problema no sea que España esté mejor o peor, sino que nuestras expectativas avanzan aún más deprisa que nuestros logros

El mercado laboral también presenta una fotografía inédita. España ha superado los 22 millones de ocupados, el nivel más alto de toda su historia. Durante décadas, el desempleo ha sido la gran enfermedad estructural de la economía española. Hoy sigue existiendo paro y sigue siendo elevado en comparación con otros países europeos, pero encontrar trabajo resulta considerablemente más sencillo que en la mayor parte de los años transcurridos desde la Transición.

El consumo ofrece, igualmente, señales de fortaleza. Los aeropuertos baten récords de pasajeros. Los españoles viajan más que nunca dentro y fuera del país. Los conciertos de los grandes artistas cuelgan el cartel de completo en cuestión de horas incluso cuando las entradas alcanzan precios prohibitivos. Conseguir mesa en algunos restaurantes durante un fin de semana exige reservar con muchas fechas de antelación. Los hoteles registran ocupaciones históricas y el turismo vive una edad de oro.

Si se observan exclusivamente estos indicadores, resultaría difícil sostener la idea de una sociedad empobrecida. Entonces, ¿por qué existe una percepción tan extendida de malestar?

La respuesta probablemente reside en que la prosperidad agregada no elimina los problemas concretos. España es hoy, en muchos aspectos, más rica que nunca, pero también es un país donde amplias capas de población sienten que el ascensor social se ha ralentizado.

El mejor ejemplo es la vivienda. Un joven cuyos padres compraron una casa con poco más de treinta años necesita un esfuerzo financiero mucho mayor para lograrlo. Aunque tenga empleo y pueda consumir más bienes y servicios que generaciones anteriores, le resulta mucho más difícil alcanzar algunos de esos hitos vitales. De hecho, una vivienda, un proyecto de vida a largo plazo o tener hijos ha pasado de ser el estandar de cualquier treintañero español a una señal de establishment.

También influye la comparación constante. Las redes sociales han creado una sociedad en la que las expectativas crecen más rápido que los ingresos. Ya no basta con vivir razonablemente bien. La referencia permanente son las vidas aparentemente perfectas que aparecen en las pantallas y cada avance individual queda relativizado por el éxito ajeno.

A ello se suma un fenómeno psicológico bien conocido: las personas se acostumbran rápidamente a las mejoras materiales. Lo que ayer era un lujo hoy se considera normal. Volar varias veces al año, disponer de teléfonos inteligentes con una potencia superior a la que tenían los ordenadores hace dos décadas o acceder instantáneamente a casi cualquier producto ya no se percibe como un privilegio, sino como parte del paisaje cotidiano.

La política y los medios de comunicación tampoco son ajenos a esta sensación. Los conflictos generan más atención que las buenas noticias. Una crisis institucional, una investigación judicial o una polémica parlamentaria ocupan mucho más espacio que un nuevo récord de empleo o que el crecimiento de la renta disponible. El resultado es una narrativa pública dominada por los problemas incluso cuando muchos indicadores objetivos avanzan en dirección positiva.

Nada de esto significa que los problemas no existan. Existen y algunos son muy serios. La vivienda, la baja natalidad, la productividad o el envejecimiento demográfico representan desafíos de enorme magnitud que estamos olvidando afrontar entre tanto ruido. Pero reconocerlos no debería impedir observar otra realidad igualmente evidente: millones de españoles viven hoy con un nivel de bienestar, consumo, movilidad y oportunidades que habría resultado extraordinario para generaciones anteriores.

Quizá el verdadero problema no sea que España esté mejor o peor, sino que nuestras expectativas avanzan todavía más deprisa que nuestros logros. Y cuando eso ocurre, incluso en medio de la prosperidad, la sensación de carencia termina imponiéndose sobre la realidad de la abundancia.

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