Fatiga de materiales

La opinión pública se alimenta de la opinión publicada. Da igual que se trate de personas que votan conservador o que votan progresista, cada uno encuentra a diario ese alimento espiritual en forma de columnas de periódico o tertulias de radio y tv que le vale para reforzar su convencimiento y para salir a la calle con un cierto sentimiento de superioridad frente a los que, en su opinión, no tienen ni idea de lo que está ocurriendo en el país.
Esta polarización empezó con la ruptura del esquema político tradicional a consecuencia de la inacabable crisis económica de 2008 y se ha llevado al paroxismo durante los casi ocho años de gobierno de Sánchez, de forma que a día de hoy parece que vivamos en dos países distintos, según a quien se le pregunte. Los dos bandos han acumulado inquinas y resentimientos, al interiorizar como propias las tesis de las terminales mediáticas de cada partido, pero hay una diferencia ineludible: uno pretende mantener el poder y otro hace todo lo posible por derribar esas murallas de Jericó que siguen defendiendo a Sánchez y que no acaban de caer, por muchas trompetas que acumulen. Y es verdad que resulta asombroso que, siete años después, se mantengan incólumes.
Tantos titulares y tantos escándalos han acabado por cauterizar la piel de los votantes y por extender el lodo a todas las instituciones
El Partido Popular se debiera preguntar por qué. Feijóo no es un mal candidato, a pesar de lo que piensen una parte de los votantes conservadores; el electorado está ya muy cansado de la situación y el turnismo, ese factor temporal que impulsa a los votantes al cambio cada cierto tiempo, debiera jugar a su favor. Sin embargo, hay algo que no funciona. Sánchez, en lugar de hundirse electoralmente, vuelve a sacar la cabeza, remontando en todas las encuestas, aunque haya mucha diferencia en los resultados que le otorgan unas y otras. Ese hecho desconcertante ha puesto nervioso al Partido Popular, porque se ha producido un doble efecto pernicioso para sus intereses: el PSOE ha conseguido cortar su hemorragia de votantes hacia el PP o hacia la abstención y, por el lado contrario, los populares están transfiriendo electorado hacia a Vox.
Feijóo ha tratado de elevar un punto más su discurso contra Sánchez, pero ya había echado toda la carne al asador y a estas alturas parece difícil llegar aún más lejos por ese camino. Los escándalos que acosan al PSOE tampoco están dando el resultado electoral previsto y la razón, en ambos casos, puede ser la misma, eso que los ingenieros llaman fatiga de los materiales. En estos siete años se han acumulado tantos titulares, tantas columnas y tantas broncas que la piel de una buena parte del electorado ha quedado cauterizada. Nada de lo que oiga o lea a estas alturas le va a hacer cambiar de opinión, en parte porque muchas de las columnas que lee a alguno de sus más admirados articulistas o de las opinión que vierten en las tertulias, son las mismas cada día contadas de otra manera, y eso es mucha reiteración si se tienen en cuenta los más de 2.300 días que lleva Sánchez en La Moncloa.
Quizá los gurús del presidente del PP no le han informado que buena parte del electorado en España funciona por reacción. Va a votar para que no salga alguien que le disgusta, no para que salga el que pueda ser más de su gusto, y la dura oposición que ha venido manteniendo el PP le ha sido eficaz durante años pero está causando un rebrote de los socialistas en defensa de un líder que creen inhumanamente acosado, y han amortizado ya el efecto de los escándalos, si es que en algún momento lo han tenido. En realidad, la corrupción nunca ha cotizado electoralmente en España de una manera significativa, y hay muchas pruebas de ello, como no cotizan los cambios de opinión o los pactos políticos. Si de verdad lo hiciesen, el PP no podría aspirar a hacer lo mismo de lo que ha acusado tanto tiempo al PSOE: buscar los votos de Junts para gobernar, después de haber tratado a sus líderes de golpistas y traidores, o de reclamar su extradición a España para encarcelarlos.
La política está llena de paradojas, de quiebros tácticos y de mentiras, y la inmensa tensión de estos siete años ha acabado por darles carta de naturaleza. Todo vale, como le valía a Maquiavelo, en el siglo XV, o a Rasputín, en el XIX, que aquí no se inventa nada. Pero, al menos, antes había que maquillarlo o esconderlo, ahora se presume de ello, como se vanagloriaba Trump de que podría ponerse a disparar en mitad de la Quinta Avenida de Nueva York sin perder un solo voto.
Entre todos hemos provocado este estado de anomia, en el que alcanzar el poder lo justifica todo y la ley solo es aplicable a quien piensa distinto. Un deterioro del sentido institucional que tendrá consecuencias muy negativas, porque las nuevas generaciones que nacen en este ecosistema lo dan por natural; ni siquiera tienen la referencia de lo anterior, de lo que costó contar con unas instituciones democráticas, igual que desprecian la mayor conquista del siglo XX, el sistema público de pensiones, al considerarlo una estafa a las que les someten las generaciones anteriores.
Con estos principios no llegaremos muy lejos, y el que hayan cuajado en la sociedad española es la demostración de que dándole vueltas a la maquinaria del lodo hemos acabado enlodados todos.



