Mr. Marshall esta vez nos comerá
Algo extraño está pasando en el mundo y nadie parece prestarle mucha atención. La aparición de una nueva tecnología, la inteligencia artificial, ha disparado las expectativas generales. Las bolsas norteamericanas se mueven eufóricas y ese entusiasmo arrastra a todos los valores, da igual, o casi, a lo que se dedique la empresa porque todas suben, aunque la mayoría no estén creando un valor diferencial al que ya tenían, porque ni siquiera son usuarias de la IA.
Una ola estupenda en la que todos ganan. Ocurrió lo mismo en el año 2000 con la burbuja puntocom, hasta que todos perdieron, incluso quienes debieron tener más tino por su prestigio profesional. El entonces presidente de la Bolsa española, Blas Calzada despejaba las dudas de un asistente, asustado por las subidas, durante una charla que daba en Santander. Calzada daba por descontado el recorrido que tenía la bolsa española, sobre todo valores de la nueva economía, como Terra, que se habían inflado como un globo sin haberse aproximado siquiera a la zona de beneficios. Explicó con cierta displicencia que el inversor español todavía no estaba acostumbrado a valorar las expectativas, como lo hacían los norteamericanos, y las expectativas, según él, eran extraordinariamente buenas.
Con el valor de una sola empresa norteamericana Nvidia, se podría comprar todo el Ibex español, el Dax francés y el CAC alemán.
A los pocos meses, las bolsas se hundían y las puntocom mucho más. Los títulos de Terra, la más significativa entre las cotizadas de la nueva era, se convertían casi instantáneamente en papel mojado. No lo recuerdo con tanta claridad como la opinión previa de Calzada, pero estoy seguro de que los expertos justificaron ese hundimiento a posteriori con la misma suficiencia que exhibían poco antes para sostener todo lo contrario.
Ocho años después le tocó el turno a las financieras, inmobiliarias y constructoras, y después de una década de purgatorio general, porque las crisis económicas acaban por contagiar a todo el sistema, volvieron por fin unas moderadas subidas, que interrumpió la pandemia, para rebrotar luego con más fuerza hasta tocar las nubes: La bolsa española lleva camino este año de subir más de un 40%, y algunos títulos, como los bancarios, y especialmente los del Santander, han duplicado su valor. Pero ninguna de estas subidas es comparable a las que se están viviendo en la bolsa norteamericana, y, sobre todo, en las empresas relacionadas con la IA. Los trabajadores de Nvidia, que en su día recibieron bonus en acciones, son todos millonarios, como muchos inversores y las fortunas de los grandes magnates de las tecnologías están alcanzando dimensiones siderales.
Nvidia vale hoy 5 billones de dólares, billones de los de verdad, de los que se hacen con millones de millones, y no billions. Apple vale 4,05 billones, Microsoft, 3,78 billones, Alphabet (Google) 3,4 billones, y Amazon 2,62 billones. En cambio, el valor de las 35 mayores empresas españolas que cotizan en bolsa apenas suma un billón de euros, después de las subidas, y todas las cotizadas del país se pueden comprar poco más de 1,2 billones.
La comparación puede hacernos sentir pigmeos económicos, y quizá lo somos, pero nuestros vecinos europeos tampoco salen mejor parados. Con la liquidez que proporcionaría la venta de una sola una compañía norteamericana como Nvidia podrían adquirirse las 35 mayores empresas españolas, incluidas los bancos, y sobraría para comprarse también las 40 mayores empresas francesas del CAC (2,5 billones de euros) y las 40 compañías alemanas que forman el DAX (1,9 billones de euros). Es decir, casi todo.
Es evidente que se trata de una situación muy peligrosa. No hacen falta portaaviones ni docenas de divisiones de infantería para invadir el continente, basta con que los inversores estadounidenses que controlan estas empresas decidan quedarse con media Europa porque, además, les recibiríamos emocionado como a Mr Marshall. Y eso está empezando a ocurrir. Los grandes fondos norteamericanos son ya los principales accionistas de las mayoría de las empresas españolas cotizadas, y las más importantes infraestructuras europeas están pasando a manos estadounidenses. A pequeñísima escala lo podemos contemplar en Cantabria. En pocos meses hemos recibido el cable trasatlántico de comunicaciones de Meta, estamos a la espera de que llegue el de Google y ya somos la puerta de entrada para la península del internet que va a comercializar la constelación de satélites de Amazon.
Hace unas semanas, la presidenta del Santander daba la voz de alarma, al constatar la insignificancia que pasan a tener nuestras grandes compañías frente a los gigantes estadounideses, que además tienen una regulación mucho más laxa en cuanto a requisitos de solvencia. Ella sabe bien lo difícil que es para un banco tradicional competir con los nuevos modelos de bancos sin ninguna estructura y prácticamente sin costes y la potencia de fuego que tienen las tecnológicas del otro lado del Atlántico para entrar en este y en cualquier otro sector.
Nunca hubo esas diferencias colosales de valor entre las empresas norteamericanas y el resto. Y mientras se mantenga, es probable que sigan subiendo las bolsas europeas, porque comprar aquí para ellas es como hacerlo en un bazar chino, donde todo es ridículamente barato.



