Opinión

Lo que nos jugamos

El concejal de Hacienda del Ayuntamiento de Madrid cesado por no querer votar sus propios presupuestos probablemente no sea el hacendista más reputado del siglo y, sin embargo, ha conseguido algo que parece un milagro en estos tiempos, reducir la deuda municipal en 2.000 millones de euros en lo que va de legislatura, al generar un superávit de más de mil millones al año. Si la política fuese como el fútbol, al día siguiente debería haber tenido ofertas de seis u ocho alcaldes de primera división para que vaya a arreglar lo suyo. Pero ni la política es como el fútbol, aunque cada día se parezca más, ni el concejal de Carmena era un fenómeno. Lo que ocurre es que Madrid y Barcelona ya no son como el resto de España. Se han convertido en un gigantesco embudo al que van a parar las rentas del resto del país y da igual que gobierne Aguirre, Botella o Carmena; generan más dinero del que cualquiera que no sea Gallardón puede gastar. Exactamente lo contrario de lo que nos ocurre a los demás.

La nueva financiación autonómica, por la que los ciudadanos estamos demostrando un olímpico desdén, nos va a condicionar la vida, para mal. Cantabria era la comunidad más favorecida con el anterior método de cálculo, y ni siquiera así conseguíamos cuadrar las cuentas, por lo que tiene más que nadie que perder y se va a dejar muchas plumas si no encuentra aliados suficientes para plantear una resistencia numantina y consigue que se considere el elevado coste que tiene prestar cualquier servicio público en esta región. Pero incluso las comunidades que ganen con el nuevo modelo llevan camino de perder, porque el mapa nacional está cambiando muy deprisa, con una fuga de rentas atraídas por un imán muy poderoso, el de los grandes centros financieros, con la única salvedad de Levante, donde el sol caldea incluso los negocios.

En dos años, el Ayuntamiento de Madrid ha generado un superávit de más de 2.000 millones. No es un milagro, es la concentración de la riqueza en las grandes ciudades

Todas las comunidades han llevado sus expertos a la negociación de la financiación autonómica, para justificar por qué deben recibir más, pero también hablaron los expertos en la anterior negociación y en la anterior a la anterior, con expectativas satisfactorias para la mayoría, y a los cuatro días volvió a cundir el descontento general, porque el reparto de ingresos cada vez resulta más insuficiente para atender unos gastos que crecen exponencialmente, sobre todo en sanidad y EN asuntos sociales.

Con el nuevo modelo volverá a ocurrir lo mismo, pero más agravado, porque en las envejecidas Españas interior y periférica cada vez habrá menos gente y todos los servicios resultarán más caros, mientras que Madrid y Barcelona atraerán más fortunas (ya reúnen más del 40%), más jóvenes cualificados y más centros de decisión. No es una cuestión de política sino de la lógica económica que impera en el siglo XXI, y no funcionará ningún modelo de financiación autonómica que no tenga en cuenta que esas grandes urbes se están quedando con todos los trozos del pastel.

El problema no es fácil de abordar y no es exclusivo de España. En Gran Bretaña hay una realidad económica en Londres y otra muy distinta en el resto del país, que se reflejó muy claramente en el Brexit. En EE UU no tienen nada que ver las grandes ciudades costeras con el interior del país. Ni siquiera Internet, que llega a todas partes, es capaz de impedir esa tendencia bipolar que hace que quienes no sean capaces de encaramarse a lomos de un gran centro de población queden definitivamente descolgados.

Cantabria lleva años haciendo una auténtica inmolación presupuestaria y no puede seguir indefinidamente sin ninguna capacidad de invertir

Cantabria ha hecho una auténtica inmolación presupuestaria en los últimos ocho años y todavía se le ha pedido un ajuste más a finales del pasado mes, pero no puede seguir indefinidamente sin ninguna capacidad de invertir. En condiciones normales, esa aportación pública podría hacer que el PIB, en lugar de crecer al 2,6% lo estuviese haciendo al 3,6%, la velocidad de crucero que necesitamos para volver al año cero, 2008. En Madrid, la economía privada tiene fuerza de sobra para conseguirlo, aunque su presupuesto público esté limitado por Montoro, pero en Cantabria no. El día que desaparecieron las cajas de ahorros nos quedamos sin la única herramienta no (del todo) gubernamental con capacidad de invertir en proyectos nuevos. Como ya no vale la pena lamentarlo y, en vista de que no hay inversión pública, ni privada, ni Madrid va a aceptar repartir, no queda otra que buscar fórmulas como la que propone la Fundación Alternativas, crear un banco regional de desarrollo que pueda captar una mínima parte de las ingentes cantidades de dinero que manejan los fondos internacionales, deseosos de sacarle jugo a proyectos rentables, los mismos que antes o después se van a hacer con el control de los yacimientos de zinc que acabamos de sacar a concurso. Habrá que buscar el dinero en donde está y dejarnos de marear unos presupuestos que no dan más de sí.

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