El no endeudamiento nos matará

El endeudamiento de las empresas españolas se ha reducido a niveles históricos “y eso no estoy seguro de que sea nada bueno”, aseguraba el presidente del Instituto de Crédito Oficial en una charla organizada recientemente por la APD cántabra. El propio Banco de España ha alertado de ello. Y es que a veces el peligro está en que los sueños se cumplan. La traumática experiencia de la década pasada, cuando el cerrojazo de los bancos provocó una enorme angustia en las empresas y acabó por asfixiar a muchas de ellas, ha tenido un efecto rebote, un temor excesivo al endeudamiento, y eso es antinatural en las compañías, además de reducir el negocio de los bancos.
Del agua fría huye el gato escaldado, lo que no sería especialmente grave si no necesitase el agua para vivir. Las empresas necesitan el dinero, porque es la sangre que alimenta el sistema productivo, y aunque en los momentos de bonanza económica sus recursos propios parezcan autosuficientes, no lo son si tienen la ambición que se les supone, las de crecer y aprovechar las oportunidades de negocio.
No hay plazo que no llegue ni deuda que no se pague, pero el temor a endeudarse está provocando un descenso en la inversión en términos de PIB (que son los relevantes) y lo acabaremos pagando. Tenemos empresas más sólidas que nunca pero en un escenario tan cambiante es imprescindible una constante reorientación para estar al día y muy pocos negocios, por rentables que sean, resisten ya el paso del tiempo.
El Estado aprovecha para rebajar la deuda pública la gigantesca cascada de dinero que le está entrando a través de la Agencia Tributaria por el crecimiento económico y por su empeño en no deflactar los tipos fiscales. Sin tener en cuenta lo injusta que resulta esta política tributaria para los contribuyentes, que pagan más por la misma capacidad de compra, es importante protegerse ante un futuro aumento de los tipos de interés, que arrastraría al país, con una deuda superior al 100% del PIB.
Pero conviene desmontar un grave ejercicio de hipocresía en el que colaboran todos los partidos (o, al menos todos los que gobiernan en alguna administración). Una gran parte de ese dinero recaudado por el Estado va directamente a las autonomías, que se benefician tanto o más de ese aumento indirecto de la presión fiscal, al recibir el 50% de la recaudación del IRPF y otro tanto del IVA, y que actúan exactamente igual que el Estado en esta materia. No solo no rechazan recibir ese incremento de la recaudación que tanto critican sino que, con ello, han rebajado al 21% su deuda, que entre 2008 y 2015 se disparó del 7% al 24%.
A los bancos les llegan cada vez menos peticiones de crédito. La deuda se ha reducido drásticamente tanto en las administraciones, como en las empresas y familias
Lo curioso es que las familias han adoptado las mismas estrategias que las empresas y las administraciones y su endeudamiento ya representaba apenas un 43% del PIB nacional cuando en lo más alto de la burbuja económica, en 2008, alcanzó el 76%. Esa tendencia al ahorro y a rehuir los créditos se ha acelerado muy notablemente en los últimos trimestres, tanto en las empresas como en los particulares y las próximas estadísticas lo confirmarán.
Es evidente que, si en los hogares hay más personas trabajando pueden ahorrar más y amortizar deuda, pero ese proceso se va agotando a medida que su endeudamiento se hace más pequeño o inexistente, por lo que cabría esperar un repunte significativo del gasto a corto plazo. Hay que tener en cuenta que en estos momentos la riqueza financiera que acumulan las familias (liquidez, depósitos, fondos, acciones, etc.) es de 3,3 billones de euros, la más alta de la historia (en los últimos doce meses se ha revaluado casi un 10%) y su deuda apenas suma 720.000 millones.
Ahorrar y no meterse en aventuras puede ser una estrategia razonable para las familias pero si las empresas hacen la misma política conservadora –y la están haciendo, porque su endeudamiento ha caído bruscamente al 62% del PIB, el nivel más bajo desde 2001– renunciando a invertir, difícilmente estarán preparadas para ese nuevo consumo.
Ese temor al apalancamiento, que parece muy bueno a corto plazo, será un problema nacional dentro de tres o cinco años, al agotarse la inercia del crecimiento por la ausencia de nuevo combustible (la inversión), después de varios años muy satisfactorios, en los que España ha presentado las mejores cifras internacionales. La falta de ambición para crecer y alcanzar tamaños competitivos internacionalmente marcará un declive de las empresas nacionales y los fondos de capital se van a quedar con muchos de los negocios. Su peso en la economía española es cada vez más alto pero su compromiso es pequeño. La mayor parte de ellos son oportunistas y se marcharán el día que hayan rentabilizado esa compra, igual que entraron, llevando las plusvalías a otro país y se lo estamos poniendo cada vez más fácil.



