El amigo Trump

Donald Trump ha demostrado en su primer año de mandato que son factibles muchas cosas que creíamos imposibles, como que alguien pueda llegar a una administración pública y ponerla patas arriba desde el primer día. Hasta ahora, la experiencia era la contraria: el recién llegado comprobaba desolado la imposibilidad de cambiar esa maquinaria para poder cumplir buena parte del programa político por el que había sido elegido. Las resistencias internas y unos protocolos esclerotizados no solo lo hacían imposible sino que cualquier político acababa siendo consciente de que tenía más posibilidades de que los tribunales lo empapelasen por saltarse un procedimiento administrativo que por meter la mano en el cajón.

Trump se los ha saltado todos, y no le ha pasado absolutamente nada, porque previamente había controlado a los jueces a través de los nombramientos que hizo para el Supremo en su anterior mandato. No obstante, aún es pronto para cantar victoria, porque son muchas las causas que se tramitan contra él, y algunas llegarán al final, si bien es seguro que no dudará en autoindultarse si las cosas pintan mal.

El primer año de mandato también ha puesto en solfa las normas de la cordura y el orden internacional. Ni los aliados se han salvado de sus amenazas y ridiculizaciones, hasta dejar el camino lleno de cadáveres que acabarán por levantarse en el momento más inoportuno para él. Lo comprobará a partir de noviembre, cuando se celebren las elecciones de mitad de mandato, en las que muy probablemente pierda la mayoría en el Congreso y en el Senado. Aunque le importen bien poco las cámaras legislativas, porque hasta ahora ha venido gobernando por decreto, va a ser un golpe duro de asimilar para él, y marcará una segunda mitad de mandato muy distinta. Tanto que, con un parlamento hostil, se refugiará en sus negocios y mantendrá la presidencia del país casi como segunda actividad. El famoso periodo de pato cojo (los dos años de salida) nunca es bueno para ningún presidente pero para Trump será un absoluto incordio que ni siquiera tratará de disimular. Lo verá desde Marc-a-Lago mientras juega al golf, mientras su vicepresidente hará frente a las consecuencias de todos los incendios que ahora está sembrando.

El primer año de Trump ha demostrado hasta dónde puede llegar. Los que le quedan demostrarán hasta donde resistirá el sistema

En un escenario tan confuso como el actual, en el que cualquier país puede pasar de amigo a noamigo en 24 horas, y los aranceles van y vienen tan a menudo que antes de que un barco llegue a su destino en EE UU pueden haber cambiado tres veces, nadie está seguro de nada. Sin embargo, lo más desconcertante es lo que no ocurre. La primera reacción de pánico de los mercados ante las medidas de Trump ha ido trocando poco a poco en indiferencia: las bolsas acusan el impacto el primer día y al día siguiente lo han olvidado, porque no se lo toman demasiado en serio o porque ya ha surgido otro escenario aún más disparatado. Y ante las alternativa de lanzarse al precipicio o conservar la calma, han optado por lo segundo.

Las bolsas han subido el pasado año como si reinase la tranquilidad más absoluta y la certidumbre más productiva. Exactamente lo contrario de lo que ocurre. Cabría juzgarlo como un éxito económico, pero en segundo plano, las cosas no ruedan tan favorablemente para EE UU. En un año, el dólar se ha devaluado un 11% con respecto al euro, su déficit público no baja del 6% a pesar de que Trump aseguraba que lo sufragarían los exportadores con sus aranceles, y operadores institucionales de todo el planeta están vendiendo la deuda pública americana ante la posibilidad de que todas estas locuras acaben por desestabilizar el país y, sobre todo, por el temor a que el próximo presidente de la FED sea más complaciente con Trump y rebaje los tipos haciendo incontrolable la inflación.

Esos problemas no serán tan fáciles de gestionar para el presidente americano, porque ahí no valen de nada sus amenazas y bravuconerías que, por cierto, tampoco tendrán la misma eficacia que ahora en el plano político. Los Macron de turno acabarán por rebelársele, porque no se pueden permitir personal ni electoralmente más humillaciones, y exhibirán un acercamiento estratégico a China, con visitas y acuerdos coyunturales aunque sea un postureo para demostrar que no están tan tutelados por Trump como Delzy Rodríguez en Venezuela.

Lo probable es que el narcisista presidente americano pase entonces a la melancolía, enfadado de que de que ni sus compatriotas ni el mundo reconozcan su “magnífica” labor (hay muchos precedentes de ello, incluido uno muy cercano a nosotros, Juan Hormaechea) y dejará que administren su legado su yerno y su número dos, J.D. Vance, más interesados en asegurar sus patrimonios que en los quebraderos de cabeza de la geopolítica. Trump se desinflará como un cohete agotado y EE UU deambulará hasta final del mandato como una nave a la deriva. Nos quedan tres años hasta que en 2028 vuelva la cordura y la alianza tradicional de EE UU y Europa (que volverá, porque el sistema tiene inercias más fuertes que el propio Trump) y lo único bueno hasta entonces es que ya estaremos curados de espantos.

Si al menos el amigo Trump nos hubiese vacunado contra el populismo, podríamos darlo por bueno, pero lo cierto es que este tipo de actitudes son contagiosas y se alimentan unos a otros, sin ser conscientes de que ese tipo de ultranacionalismos se repelen entre sí, solo es cuestión de tiempo.

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