Científicos en la picota

El 15-M cambió muchas cosas en España, desde el esquema político tradicional de dos grandes partidos sin competidores directos a la forma de valorar el trabajo. El desmoronamiento de la confianza en las instituciones y el descrédito general de políticos, entidades financieras y otras organizaciones dejó dos estamentos sociales incólumes que pasaron a lo más alto del ranking del prestigio, seguidos por las fuerzas armadas y las de seguridad. Se trataba de los científicos y las ONGs. Pero todo era cuestión de tiempo, porque la labor de demolición continúa, y la voladura, en este caso, se produce desde dentro.
Las fuerzas policiales han sufrido un auténtico calvario con la caída de todos los cuadros de las brigadas antidrogas, desde su principal responsable nacional a quienes debían de perseguir el narcotráfico en las costas del sur del país, y en cambio estaban al servicio de los grandes capos del Estrecho. El aprecio por las ONGs también ha caído sensiblemente, especialmente entre los sectores que critican su apoyo a los inmigrantes, tanto a las que los recogen en el mar como a las que buscan su acomodo en tierra. Pero lo más sorprendente es lo que está ocurriendo con los científicos, un estamento que parecía imposible de contaminar por cuestiones tan mundanas como el dinero.
Los escándalos sobre la gestión del CNIO y de un hospital barcelonés no son muy edificantes e indican una pérdida generalizada de referentes morales
En pocas semanas se ha producido una desbandada tan general en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), el mayor organismo de investigación contra el cáncer en España, que se ha quedado sin representación privada en su Patronato. La salida de la Fundación Cris contra el Cáncer y de la Fundación BBVA de su órgano de gobernanza ha culminado un proceso de deserción marcado por la crisis reputacional que arrastra el centro desde hace más de un año. A ellas se ha sumado la Asociación Española Contra el Cáncer, que como la Fundación Cris, estaban perdiendo socios a raudales desde que el CNIO empezó a ser habitual en los medios de comunicación por sus escándalos y no por sus investigaciones.
El centro que creó José María Aznar para traer a España al científico Mariano Barbacid, al que otorgó plenos poderes para su creación y para decidir su modelo de funcionamiento, lleva desde finales de 2024 sumido en la polémica. Primero, por su programa CNIO Arte, que había derivado más de un millón de euros a la compra de cuadros y esculturas. La polémica inicial derivó en otra bastante más grave sobre la forma de gestionarlo, con sucesivos episodios que han llegado a la Fiscalía Anticorrupción a abrir una investigación sobre un presunto desfalco de hasta 25 millones de euros y por las acusaciones entre los miembros de su cúpula, abiertamente enfrentados, unas denuncias que por el momento han aflorado la “pérdida” de seis millones de euros y unos contratos millonarios con empresas vinculadas a exaltos cargos, en algunos casos para facturar servicios que nunca prestaron.
Las polémicas no solo han afectado a la reputación del CNIO, sino que han contaminado a instituciones que le han aportado una importante financiación a lo largo de los años, como la Asociación Española contra el Cáncer o la Fundación Cris, que aunque han sido ajenas a estas prácticas, no pusieron demasiado celo en asegurarse de que la gestión del centro fuese eficiente.
Por si fuera poco, el propio Mariano Barbacid, que hace muchos años que dejó de ser el factotum del CNIO, ha generado una gran polémica con su supuesto descubrimiento para el tratamiento del cáncer de páncreas, tanto por recabar públicamente dinero para continuar las investigaciones como por la retirada del artículo en el que lo divulgaba publicado en una prestigiosa revista científica de EE UU. Barbacid no había declarado su conflicto de intereses, al participar en la sociedad que lo comercializará si tiene el éxito que él presume, aunque por el momento solo se ha ensayado en ratones.
Las sombras que se ciernen sobre el principal centro de investigación sobre el cáncer del país coinciden, además, con el juicio al jefe de Oncología del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona y director de su Instituto de Oncología, por haberse quedado con parte de la herencia de un empresario suizo-español al que había tratado profesionalmente, y que le nombró albacea para destinar el dinero a investigaciones sobre el cáncer. Puede que los tribunales acaben por darle la razón y admitan que ese dinero reconoce sus desvelos durante la enfermedad del empresario, que no pudieron evitar su muerte, pero que uno de los especialistas más prestigiosos del país en esta materia haya optado por sí mismo después de años reclamando fondos públicos y privados para sus investigaciones, resulta muy desanimante.
Son ejemplos que no pueden manchar el prestigio de miles de científicos, pero España está cada día más necesitada de una revisión general de sus valores morales, porque el goteo diario de casos que se dan en todos los estamentos –y no solo los políticos– indican que hemos entrado en un terreno muy peligroso, con un riesgo cierto de quedarnos sin referentes, algo mucho más preocupante que perder riqueza. Haríamos bien en aprender de muchos fondos extranjeros que, entre las condiciones para invertir, incluyen el clima moral del lugar. A este paso, nos van a descartar muy pronto.



