Cantabria, entre el amodorramiento y la decadencia

Uno de los mayores fallos de la política está en la identificación de los problemas. Basta ver las sesiones semanales de control en el Congreso para comprobar la distancia que media entre las explicaciones que allí se demandan y las preocupaciones de los ciudadanos. En tres años, la Cámara solo le ha hecho tres preguntas al ministro de Economía, como si no hubiese deficiencias de calado en el sistema, desde la baja productividad crónica a las dificultades para acercarnos a la media de PIB per capita europeo.
En Cantabria nos encontramos con parecidas circunstancias. La política de nuestra comunidad autónoma está inspirada (si es que está inspirada en algo) en creencias más que en certezas: la suposición de que nunca tenemos bastante suelo industrial, la de que el Banco Santander es responsable de todo (para bien, según algunos, o para mal, según otros), que la capital cántabra está anestesiada por una burguesía adinerada anclada en el tiempo o que cualquier problema se arregla con más dinero público.
Desgraciadamente, todo es más complejo que estas simplezas, pero hay muy pocos diagnósticos y aún menos remedios. Por tanto, solo cabe remar aguas arriba para intentar desentrañar las causas. ¿Por qué han ido desapareciendo todas las ganaderías de leche? Por falta de rentabilidad, obviamente. ¿Por qué estamos teniendo los problemas industriales que tenemos? Por la misma razón. Podríamos ir sector por sector buscando respuestas y siempre sería la misma: no generamos suficiente valor añadido y rentabilidad.
Todos sabemos que en EE UU una start-up se puede convertir en una multinacional de campanillas. En España es mucho más difícil convertirse en una empresa de cierto tamaño (lo de la multinacional es una utopía), pero en algunas regiones más. En Cantabria, por ejemplo, solo 18 de cada cien empresas consiguieron facturar en 2024 un 60% más que de lo que facturaban en 2021 –un crecimiento anual sostenido de aproximadamente un 13%, que no parece un objetivo tan disparatado–. Pues bien, en Madrid, el porcentaje supera el 25%, en Canarias el 37% y en Baleares el 42%. Se suele suponer que este tipo de empresas que crecen deprisa son tecnológicas, pero la presencia de los dos archipiélagos en la cima nacional indica que pueden ser de cualquier sector, incluido el hostelero o el constructor.
Si el crecimiento de nuestras empresas es uno de los más bajos del país es porque también lo son sus rendimientos. Si no se gana dinero, no se crece, y en estos momentos hay muchísimas empresas de Cantabria en todos los sectores (también en el hostelero-turístico) luchando por sobrevivir. El mercado interno no da para más, y los visitantes que nos llegan con más de capacidad de compra, tampoco son un flujo suficiente, porque se concentran en unos pocos meses o en fines de semana.
El crecimiento de las empresas cántabras es muy inferior a la media y eso solo tiene una explicación, una baja rentabilidad general
¿Sirven de algo esos planes bienintencionados para los autónomos o esa concentración de ayudas industriales en comarcas como el Besaya o Campoo? La realidad es que de muy poco. Las políticas no crean mercado, a lo más que llegan es a mejorar ligeramente las circunstancias de alguna empresa o de algún autónomo, y la evidencia está en la escasísima supervivencia de los emprendedores que se lanzan al ruedo, muchos de ellos con muy buenas ideas; la precarización de los autónomos, que han dejado de ser clases acomodadas; la ausencia absoluta de nuevas iniciativas industriales y un porcentaje asombroso de estudiantes que pretenden ser funcionarios.
Siempre fue sabido que las comunidades con más interés por la función pública eran aquellas en las que no había otras salidas profesionales, y eso provocó que, tradicionalmente, vascos y catalanes apenas estuviesen representados en la Administración española, el mismo problema que tiene la Unión Europea para tratar de evitar que todos sus funcionarios procedan de los países del sur, como el nuestro, porque en los socios del norte hay salidas más atractivas.
La disminución de los rendimientos de las actividades tradicionales llevó a la absoluta decadencia de muchas ciudades del interior de España con un pasado glorioso y no podemos dejar que el viento de la historia también nos deje atrás a nosotros. Evitarlo no es fácil en una comunidad de 600.000 personas, porque el número de consumidores-clientes es un factor crítico de crecimiento. Por tanto, no queda más remedio que subirse a las ondas de riqueza que emiten las grandes ciudades (Bilbao o Madrid), como lo están haciendo Segovia, Valladolid o Guadalajara.
En esa película, no nos tocará un papel protagonista, pero al menos estaríamos en el reparto. Tal como vamos –y el progresivo distanciamiento de nuestro PIB con la media nacional lo deja bien claro– cualquier día vamos a dejar de salir en los títulos de crédito. Los negocios de Cantabria realmente rentables son muy pocos y están pasando a manos de empresas o inversores de fuera de la región.
Quizá la palabra decadencia sea un poco exagerada para definir lo que nos ocurre, así que llamémoslo por ahora amodorramiento. Eso es lo que tenemos, y no hay ninguna idea pujante en la región que permita hacerse la ilusión de que esto puede cambiar a mejor. Esperemos que no sea a peor cuando vire la aguja del ciclo económico, que virará.



