IFC se convierte en una multinacional de dermocosmética

El mercado farmacéutico está en un momento delicado del que no se libran ni siquiera las grandes multinacionales, que ven muy próximo el vencimiento de sus patentes más rentables y no tienen en perspectiva otras de las que puedan esperar rendimientos semejantes para reemplazarlas. El hecho de que en España, además, el Estado determine el precio de venta de los fármacos y esté forzando descensos significativos, está provocando ya que los pequeños laboratorios empiezan a batirse en retirada.
Industrial Farmacéutica Cantabria tenía la suerte de contar con dos líneas de negocio muy diferenciadas, los fármacos y la dermocosmética, y ha apostado por esta última, que además de ofrecer mayores márgenes, le permite alcanzar una posición internacional imposible de lograr con los fármacos.
IFC tenía diez ofertas para adquirir su división de productos farmacéuticos y, curiosamente, todas procedían de la India. El país asiático se está convirtiendo en el gran laboratorio del mundo y probablemente el único capaz de rentabilizar las líneas de productos que las grandes multinacionales del sector descartan porque no ofrecen márgenes suficientes.
Dado que las ofertas recibidas eran muy semejantes, la familia Matji, propietaria de IFC, optó por vender a la compañía Wanbury, que al no tener intereses previos en Europa, era la que más proyección profesional podía dar al centenar de trabajadores que pertenecían a esta división de IFC, la mayoría de ellos comerciales.
Con los 42 millones de euros obtenidos por la venta, IFC (más conocido en el sector como Laboratorios Cantabria) va a potenciar la línea de dermatología, con nuevas compras de compañías en el exterior y con inversiones en las fábricas que tiene en Madrid y Santander destinadas a incrementar su capacidad productiva. En concreto, la de Adarzo incorporará un reactor de mil kilogramos, el doble de tamaño del que tiene ahora.

Surtir a una multinacional

La concentración de la compañía en este negocio “es una magnífica noticia para la planta cántabra”, según su director financiero, Enrique Quintana, ya que va a convertirla en la planta de fabricación de un grupo multinacional de alta tecnología. Hay que tener en cuenta que los productos de IFC forman parte de una gama más elevada que el cosmético convencional, al ir dirigidos a los médicos dermatólogos.
IFC facturaba con esta división 25 millones de euros en España, prácticamente la misma cifra que con los fármacos, pero su margen era bastante más amplio, dado que los precios dermatológicos son libres, mientras que los farmacéuticos están intervenidos. El hecho de reducir el negocio a la mitad inevitablemente va a afectar a las cuentas de la empresa en este año, tanto en facturación como en resultados. IFC ha optado por mantener las plantillas de las dos fábricas al completo, confiada en que la compra de distribuidoras en otros países permita recuperar muy deprisa esta caída temporal de las ventas y justifique la actividad de todo el personal. Este año, ya sin los fármacos, espera cerrar con una facturación de 40 millones de euros y para el 2010 cree poder llegar a los 60 millones.
No sería la primera vez que ocurre algo parecido. La familia Matji ya protagonizó en el pasado crecimientos semejantes tras hacerse con el control de la compañía cántabra, al romper los precios del mercado del antiulceroso Omeprazol con su Emeprotón y más tarde con la fabricación de genéricos. No obstante, la evolución del mercado farmacéutico frenó esa evolución (el precio del Emeprotón llegó a caer un 64% en 2004) e IFC decidió deshacerse de los genéricos y, finalmente, ha optado por salir del mercado farmacéutico, al vender a Wanbury su cartera de productos, aunque por el momento mantiene un 10% de la nueva sociedad Cantabria Pharma, con la que Wanbury operará en Europa, y un contrato de servicios con esta compañía.
Los márgenes farmacéuticos no son suficientes ahora, según la compañía, para abordar la investigación de nuevas moléculas y el riesgo de que, tras ocho o diez años de trabajos, no aparezca el resultado esperado no puede ser asumido por los pequeños laboratorios. Todo es muy distinto en el ámbito dermocosmético, donde IFC está en disposición de sacar cinco o seis productos de primera línea cada año, algunos de tanto éxito como el Endocare, la primera crema que utilizó en España la baba de caracol, tan de moda ahora, o un protector solar (Heliocare), obtenido de un helecho con propiedades antioxidantes originario de Honduras. El laboratorio intuye que la presentación en pastillas de este fotoprotector va a tener una acogida entusiasta en EE UU y Brasil, culturas muy abiertas a los comprimidos.
La compañía cántabra tiene mucha confianza en el mercado brasileño, tanto por la penetración comercial que la empresa ha adquirido allí como por la fiebre de tratamientos para el cuidado personal que se vive en aquel país.
En todos estos mercados, el laboratorio cántabro no tiene como rivales las grandes marcas de cosmética, puesto que su objetivo no está en los estantes de las grandes superficies, sino en la prescripción dermatológica y la venta a través de las farmacias o parafarmacias.
‘Objetivo mundial’

“En los fármacos sólo podíamos pensar en el mercado español”, dice Enrique Quintana. “Ahora, nuestro objetivo es el mercado mundial”, añade. La nueva estrategia se trazó hace cinco años y comenzó a hacerse efectiva hace tres con la compra del laboratorio italiano Ifa Cooper. En 2005, IFC adquirió el 40% de la austriaca Pelpharma y hace muy poco la totalidad de las acciones de la compañía brasileña Melora. El penúltimo paso ha sido hacerse con el 27% de un laboratorio norteamericano y ahora está creando una sociedad en Portugal. Además, ha conseguido distribuidores en veinticinco países.
Con el abanico comercial que ha desplegado en varios continentes, está asegurada la carga de trabajo para la ampliación de la fábrica de Adarzo, donde no hay temor a una posible deslocalización. Las dos fábricas españolas tienen aún mucho margen de mejora de la productividad ante la perspectiva inminente de hacer series de cosméticos más largas y, por tanto, mejorar sensiblemente los costes. Pero, además, no hay muchas razones que justifiquen el traslado a China o a otro país oriental de la elaboración de productos que tienen gran valor añadido y bajo peso como los suyos, “porque el auténtico valor está en la investigación”. No obstante, Quintana reconoce que en Europa se produce un sobrecoste en las exigencias de controles de calidad, superiores a las de otros continentes, hasta el punto que el laboratorio cántabro tiene más personal para estas tareas que para las estrictamente productivas.
IFC tiene repartidos los procesos de fabricación entre Madrid (donde hace los principios activos y hasta ahora los medicamentos) y Santander, que se encarga de la dermatología. También están repartidas las responsabilidades. Mientras que la dirección financiera del grupo se lleva desde Cantabria, donde también está la sede fiscal, Madrid tutela la comercialización y decide las estrategias.

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