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ANGEL PAZOS: ‘Con los recursos que conseguimos fuera estamos contratando a 400 investigadores’
Fecha: 08/03/2017

El rector de la UC destaca el estrechamiento de los lazos con las empresas locales

La Universidad de Cantabria mantiene en estos momentos a unos 400 investigadores con el dinero que consigue a través de convenios con las empresas, de fundaciones o en concursos públicos. Es un ejército invisible que se suma al profesorado propio y a los docentes asociados. Con todos ellos ha conseguido figurar en los primeros puestos de los rankings de investigación –en correspondencia con su tamaño– y acercarse a las empresas con una amplia cartera de servicios. El rector, Ángel Pazos, está convencido de que es transferencia de conocimiento es el camino, pero no es el único reto de una Universidad que también se enfrenta a cambios en la docencia y en la demanda de titulaciones y que cada vez ha de ser más flexible en su formación para adaptarse a lo que ocurre en los mercados.
PREGUNTA.- El contrato programa que acaban de firmar despeja significativamente el futuro próximo de la Universidad de Cantabria. ¿Ha sido generoso el Gobierno?
ANGEL PAZOS.– Estamos razonablemente satisfechos por dos razones: el contrato programa define ya un cierto camino para los próximos años, de tal manera que no tienes que estar cada año comenzando desde el principio. Pero el documento que hemos cerrado hace unos días no tiene cifras, sino que son las prioridades. Solo tiene un compromiso concreto, muy importante para nosotros, lo que llamamos la ‘suficiencia financiera’, que quiere decir que el Gobierno garantiza pagar la totalidad de la nómina y de los complementos de la nómina hasta el 2020. El resto del presupuesto se tiene que negociar cada año. El del 2017 está negociado y es razonablemente positivo para nosotros.
Hay gente a la que este compromiso del Gobierno no le parece gran cosa, pero es que venimos de unos años en los que el dinero que nos daba ni siquiera cubría la nomina, lo cual era como empezar una carrera con una pierna menos.

P.- Alguien podría decir que si estos años la Universidad ha seguido funcionando con cierta normalidad es que no necesitaba más.
AP.– El dinero que da el Gobierno es solo una parte de todo el presupuesto. Del aprobado este año por el Consejo Social (106-107 millones de euros), los que llegan de la asignación del contrato programa son unos 71. Es decir, que hay otros 36 millones que se reparten entre lo que se ingresa por las tasas a los estudiantes (10-11 millones) y lo que la Universidad se busca, básicamente por investigación. ¿Qué ha pasado en esos años en los que el Gobierno ni siquiera nos ha pagado la nómina? Pues que hemos tenido que emplear los otros recursos en acabar de pagarla. Hemos subsistido haciendo una reducción enorme de los gastos corrientes. Un dato impresionante es que los gastos corrientes, es decir, el dinero que se da a cada departamento, a cada facultad, para que haga su vida normal, se ha reducido en un 50% desde el 2007. Y eso no lo hemos recuperado ni creo que lo vayamos a recuperar en mucho tiempo. Pero, por lo menos, lo que queríamos era volver a tener el 100% de las nominas. Es decir, que ahora ya me puedo preocupar de todo lo demás.

P.- ¿Ese tiempo de precariedad acentuó la capacidad de la UC para buscar recursos fuera?
AP.– Si tienes menos dinero te esfuerzas más. Pero nuestra universidad ya tenía una tradición muy importante de captar fondos por proyectos de investigación e innovación. Curiosamente, en la parte privada esa capacidad se vio poco afectada en los años duros de la crisis. La que se vio muy afectada fue la parte pública porque dependía de convocatorias del Gobierno central, que o las hay o no las hay. Durante los años de la crisis nuestra capacidad de captación de fondos de investigación se redujo, pero no hubo una caída tan dramática como uno podía esperar viendo el panorama. Nos hemos defendido razonablemente bien con lo que hemos conseguido porque somos una de las universidades de España con mayor captación de fondos per capita. Concretamente, en la financiación procedente de colaboraciones con empresas, estamos entre la segunda y la tercera de España.

P.- La universidad parecía una torre de marfil hace unas décadas. ¿Esa entrada en la economía competitiva para buscar recursos es un indicio de que se han bajado de esa torre?
AP.– Todos los mitos tienen una parte cierta. Seguro que históricamente la universidad española estaba mucho más replegada en sí misma, le preocupaba sus problemas de personal, su investigación y su estructura. Uno podía pensar: ¿a esta gente, cuánto le preocupa la sociedad? Efectivamente, le preocupaba menos. También hay que decir que la torre de marfil era mutua. A la sociedad le importaba poco lo que hiciera la universidad salvo para que le diera los títulos a sus niños. Había un pequeño grupo aquí que le preocupaba mucho la sociedad de Cantabria, y un grupo pequeño de gente fuera que le preocupaba mucho la universidad. A las mayorías de ambos lados les preocupaban solo sus problemas. Ese proceso ha dado muchos pasos desde los dos lados. Por ejemplo, ha nmejorado las relaciones con las empresas de Cantabria y el año pasado hubo un flujo de unos cinco millones de euros hacia la Universidad, que para nuestro presupuesto es una barbaridad.
La implicación de la Universidad en la vida de Cantabria es tal que es difícil pensar ahora en una actividad importante para Cantabria en la que no estemos presentes; estamos trabajando con el Gobierno en los foros de modernización y con el Ayuntamiento de Torrelavega acabamos de constituir dos comisiones de trabajo para ver en qué podemos ayudar en la reindustrialización de la cuenca del Besaya.
Soy un convencido de que la universidad tiene que estar absolutamente imbricada en cada uno de los problemas de la sociedad donde está, en especial una universidad pública.

P.- También da la impresión de que se ha producido un cambio en la mentalidad del investigador, que antes estaba más enfocado a obtener el reconocimiento de sus colegas a través de citas y publicaciones y ahora parece que está más interesado por la vida real.
AP.– En este momento, el volumen de convenios que tenemos con empresas y el de negocio ha aumentado mucho. Y, sobre todo, la capacidad de interlocución con el sector productivo. Hay muchas empresas con las que ya no solo es que tengamos un convenio de colaboración para un proyecto en concreto, es que tenemos reuniones anuales en las que participan 8 o 10 investigadores nuestros y toda la plana mayor de su departamento de innovación, y discutimos durante un día entero. ¿Qué reto tenemos pendiente? Llegar a más empresas, sobre todo a las más pequeñas, porque con las grandes o las medianas lo tenemos más fácil, por la tradición de colaboración. La pequeña suele ver con reticencia a la universidad y, por su tamaño, no tiene una capacidad suficiente para abrir con sus medios humanos o sus fondos más vías de diversificación a través de la innovación y desarrollo.

P.- Quizá haya también una parte del empresariado que sienta un cierto temor ante la Universidad y le cueste imaginar que ahí puede haber soluciones para alguno de sus problemas.
AP.– Les cuesta ver a la universidad y les cuesta ver que la innovación va a mejorar su cuenta de resultados. Y tienen razón, no va a mejorar la cuenta de resultados del año siguiente, sino la de equis tiempo más adelante. Eso en una multinacional lo saben, pero una pequeña empresa no puede asumirlo.
Una de las actividades en la que tenemos puesta bastante fe es el programa de doctorados industriales. El número de personas con título de doctor en las empresas españolas es la mitad que en Europa y un tercio que en Japón o Estados Unidos. Y la cuestión no es que sean o no doctores, es que el doctor ha desarrollado una actividad investigadora y que cuando llega a una empresa proponga cambiar el enfoque de cómo hacer las cosas.
Hay un programa de doctorado industrial nacional pero nosotros hace tres años pusimos en marcha uno de doctorado industrial para Cantabria, en el que damos una modesta financiación para que una persona que hace una tesis tenga que realizar al menos la mitad de su trabajo en una industria. Tiene un director del proyecto aquí, porque lo tiene que tener por legislación, pero además tiene un codirector en la empresa.

P.- ¿En qué áreas es más fuerte la investigación de la UC?
AP.– En lo que se refiere a la colaboración con empresas, donde más actividad tenemos es en las áreas de Ingeniería, Caminos o Teleco; ahí tenemos áreas con fortísima colaboración con empresas de Cantabria. En la Facultad de Ciencias hay una parte significativa, también en centros más pequeños, como Minas o Náutica, existe esa colaboración empresarial. Y en la Facultad de Económicas, porque es transversal.
Hay otro polo, el biomédico, donde existe mucha investigación con empresas, pero nacionales e internacionales, muchísimo. ¿Y con las de Cantabria qué sucede? Pues que el sector de la industria bio en Cantabria aún es pequeño, esta naciendo. Hay que sembrar para que exista.
Hay otros sectores de la Universidad en los que tenemos una fuerte investigación, como en el área humanística, jurídico-social, pero ahí la transferencia de la que hablamos –las colaboraciones con empresas– es mucho menor. Hay transferencia social, porque hay colaboraciones con consejerías, con entidades sociales y culturales.
Y no hay que olvidar que tenemos varios institutos de investigación que tienen un fortísimo componente de colaboración con empresas, como el IH; en el caso bio, el ITEC; y en el caso de física, el IFCA.

P.- ¿Tener una masa crítica investigadora en algunos ámbitos está dando lugar a que se forme a su alrededor una trama empresarial?
AP.– Debería. Eso se ha producido ya en otros sitios, como ha ocurrido con la investigación biomédica en Corea del Sur. El mero hecho de existir ese polo de investigación fuerte debería atraer empresas o hacer que surgieran. Otra vía es la propia generación de spin off, empresas que nacen de los investigadores básicos. Debería ser así, pero requiere que el entorno de legislación gubernamental ayude. Nuestra política de transferencia queremos que vaya en esa dirección.

P.- ¿Cuántos investigadores tiene la UC?
AP.– Hay dos respuestas a esta pregunta. Tenemos unos 600 profesores en plantilla a tiempo completo y unos 500 que son profesores asociados, profesionales cuyo trabajo fundamental está fuera de la universidad y vienen a hacer una docencia concreta. Si cogemos a la plantilla –600 personas aproximadamente–, todos realizan una actividad investigadora, unos más intensa y otros menos.
Aparte de los profesores, cuyo sueldo se paga a través del contrato programa, la Universidad de Cantabria tiene gente cuya única dedicación es la investigación. Están contratados con ese dinero que ya señalaba que somos capaces de captar de fondos europeos, de la colaboración con empresas, de fundaciones o de fondos estatales competitivos. Esa gente oscila entre las 400 y 450 personas y no los paga el Gobierno de Cantabria, sino que se pagan de fondos que captamos nosotros. Luego, también hay una parte del personal de administración y servicios, donde hay 500 o 600 personas, que trabaja en laboratorios o en institutos de investigación, aunque no es fácil decir cuántos, porque también ayudan en labores docentes.

P.- No es fácil imaginar en una universidad relativamente pequeña esa suma de bastante más de mil personas, que supera la plantilla de cualquier industria local.
AP.– Este es un dato en el que insisto en todos los discursos porque es poco conocido. A veces no se valora lo suficiente. El contribuyente cántabro nos paga los salarios de los 600 profesores a tiempo completo, el de los PAS (personal de administración y servicios) y el de los profesores asociados. Pero damos empleo a otras 400 personas que no estarían haciendo otra cosa o no estarían aquí, porque es un empleo muy especializado. En esos convenios sacas un contrato en el que buscas un experto en lo que sea. Generan riqueza, viven, comen, alquilan o compran un piso en Cantabria. Y para el tamaño de nuestra comunidad es muy significativo poner sobre la mesa esos más de 400 contratos, aparte de los que nos paga el contrato programa. Es una de las ratios más grandes de las universidades españolas.

P.- Es llamativo que Cantabria pueda mantener una universidad pública, una privada y una universidad internacional. ¿Nos encaminamos a una especialización universitaria, como Santiago o Salamanca?
AP.– La Universidad Menéndez Pelayo es un caso muy especial, no es homologable a otras universidades. Es estatal y el Estado solo tiene dos universidades que controla y paga: la UNED y la UIMP. Un caso especial, porque es una universidad fundamentalmente de verano; por tanto yo creo que cubre un flanco que se suma al nuestro y que es muy positivo. Hace poco hemos empezado a aprobar masters conjuntos. De que exista universidad privada no tengo nada que decir. En su momento desde la Universidad se planteó alguna reserva, no por miedo a la competencia, sino por si esa proposición podía tener la entidad que entendemos que debe tener una universidad.
Creo, por otro lado, que con el tamaño de Cantabria a uno le podría sorprender que hayamos sido capaces de mantener y desarrollar una universidad como la nuestra.

P.- La segunda parte de la pregunta pretende hacer referencia a un imponderable. La pirámide de población de Cantabria es la que es, con una base muy estrecha y esa drástica disminución de nuevas generaciones quiere decir que quizá tengan que buscar el alumnado fuera de la región.
AP.– Y empezamos a estar en ello. Dos datos sobre eso. Nosotros, después de una cierta bajada del número de alumnos hace unos años, llevamos dos o tres años estabilizados, cosa sorprendente porque, lo que uno debería esperar cuando ve el numero de habitantes en la franja entre los 18 y los 23 años es que siguiéramos bajando. ¿Qué tenemos que hacer y que hemos empezado a hacer ya? Pues intentar vender nuestro producto fuera cada vez más.
Nosotros ahora nos centramos en el dato positivo de que la cifra de alumnos lleva unos años sin modificarse. En Medicina hay ocho veces más solicitantes que plazas, pero eso no pasa en otros estudios. Está el caso de Caminos, en el que la crisis ha bloqueado buena parte de matriculaciones. ¿Qué tenemos que hacer? Pues pescar fuera. Desde la Escuela de Caminos y desde la Universidad ya hace tiempo que vamos a visitar colegios e institutos de la región para hablarles de nuestro producto. En algunas titulaciones ya lo estamos haciendo fuera de Cantabria, y desde la Escuela de Caminos se está empezando a vender en otras provincias limítrofes y no limítrofes y en ferias nacionales.
Vamos a intentar captar alumnos de Málaga, de Santiago, etc., lo que es difícil por varias razones. Estamos en un momento en el que la situación económica de las familias es peor. Ha habida una reducción de la política de becas, y a todo eso se suma una tercera cosa que no tiene nada que ver con la crisis y también muy preocupante: estamos en un proceso, en España –y por desgracia creo que en el mundo– en el que “no hay nada mejor que mi pueblo para vivir”. Esto no tiene nada que ver con la universidad, es un proceso general, muy preocupante para el desarrollo mundial. Ahora estamos en una tendencia en la que el chaval de Málaga rara vez pensará en venirse a estudiar a Santander ni el de Santander a Málaga. Si además le ponemos tasas más caras y menos becas…

P.- ¿Cómo es posible calcular las necesidades futuras de cualquiera de los estudios actuales o la conveniencia de implantar otros si vemos cómo está cambiando bruscamente la demanda y una carrera que parecía a extinguir como Matemáticas de repente pega un gran tirón en el mercado?
AP.– La respuesta corta: es imposible. Y lo que ha pasado en estos años lo ha explicado muy bien… Yo fui vicedecano en la Facultad de Medicina en los primeros años 90. En ese momento hubo un año que por primera vez el número de plazas que sacamos en la Facultad no se cubrió. Ahora, desde hace diez años, hay diez veces más alumnos que plazas. Vamos a Caminos y vemos lo que era y la situación actual. Es tan cambiante el mercado y las necesidades que hacer una estimación con seguridad es muy difícil.
Lo que tenemos que tener es una oferta que permita ser flexible, porque los grupos que investigan en la escuela X para dar la titulación A a lo mejor dentro de unos años tienen que dar la titulación B, porque es la que en ese momento demanda la sociedad.

P.- Según las estadísticas, un 73% de los alumnos de la UC está colocado a los cinco años de acabar. ¿Ese porcentaje es un estándar? ¿Se puede ajustar mas?
AP.– Es un estándar. Es lo que, en general, con pequeñas variaciones viene sucediendo en la universidad española en los últimos años, que por supuesto es peor de lo que pasaba hace 10 años.
La empleabilidad ha bajado, como todo. Lo que sí se comprueba es que la empleabilidad del universitario, comparada con la del que no lo es, es mucho mejor.
¿Se puede mejorar? Claro. Y eso depende de algunos factores ajenos, como la evolución del mercado. Pero nosotros sí podemos influir en dos sentidos: Uno, que nuestra formación tiene que tener suficientemente flexibilidad. Volviendo a la titulación de Caminos, ayer en una jornada se reunieron los alumnos de Caminos con empresas para ver qué necesidades tenían y qué consejos les daban. Si coges la lista de las empresas de hace diez años, todas ellas estaban directamente relacionadas con la ingeniería civil. Ayer había un banco, una compañía de seguros, una de alimentación... ¿Por qué? Porque ahora se está viendo que la formación que recibe el ingeniero de Caminos tiene unas claves que sirven bastante más que para hacer carreteras. En eso debemos ser bastante más activos, en dar esas claves. Es obvio que no es el caso de la formación del médico, pero hay muchos grados en los que la formación debe permitir al alumno abrir otros flancos que no sean directamente los de la carrera.

P.- ¿Cuáles son las carreras con más empleabilidad?
AP.– No tengo aquí los datos, pero creo recordar que son las titulaciones relacionadas con salud, algunas ingenierías modernas, industriales y TICs. Está habiendo un repunte claro de empleabilidad en áreas de física y matemáticas. En el entorno de disciplinas de tipo social, creo que no ha habido tantos cambios en los últimos años.

P.- ¿Está previsto poner en marcha más títulos dobles para reforzar esa formación de amplio espectro que menciona?
AP.– Estamos en ello. Lo que ocurre es que, ¿cuál debe ser nuestra postura sobre nuevos títulos puros o propios? Venimos de una situación económica tan limitante que queremos ser enormemente prudentes. ¿Qué pedimos ahora para empezar a plantearnos un nuevo título? Uno, que se pueda impartir utilizando gran parte de los profesores y recursos que ya tenemos. Difícilmente podemos poner en marcha una titulación rigurosamente nueva para la cual tengamos que contratar a todos los profesores y construir unos laboratorios totalmente o equipamientos nuevos, ya que requeriría un esfuerzo económico que no podemos abordar, salvo que desde la sociedad y el Gobierno hubiera un mensaje claro en ese sentido. Por ejemplo, si quisiéramos tener algo que conozco bien, la formación en veterinaria. Una titulación carísima, porque hay que contratar a todos los profesores y porque tiene un equipamiento crítico, un gran hospital veterinario que, aunque alguien no lo crea, en algunos aspectos es mucho más caro que un hospital de pacientes. Nosotros nunca pensaremos en poner Veterinaria, porque tendríamos que hacer tal gasto…, salvo que fuera un cuestión prioritaria para la comunidad y nos dijera que hay fondos para ello.
¿En qué pensaremos, entonces? O bien en dobles titulaciones de las que ya tenemos (pusimos hace poco tiempo la de Física y Matemáticas, que esta yendo muy bien). Podríamos pensar también en titulaciones dobles en el entorno social económico-jurídico, incluso en el entorno educativo. O bien titulaciones que, siendo nuevas, tengamos ya una gran parte del profesorado y del equipamiento. Estamos totalmente abiertos a dobles titulaciones.

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