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Orense, el empresario paladín de la democracia
Fecha: 08/01/2017

Uno de los mayores industriales cántabros del S XIX fue también uno de los políticos más avanzados

Uno de los empresarios cántabros más importantes del S XIX fue, también, uno de los políticos que marcó esa época tan convulsa. Propietario de minas de hierro, de fábricas de harina y de campos, no dudó en tomar partido por la democratización del país y fue quien, como presidente de las Cortes, proclamó la I República. Al día siguiente, dimitió voluntariamente. Fue defensor acérrimo del reparto de las tierras desamortizadas y un hacendista reputado, que propuso sustituir la infinidad de impuestos de la época por uno solo. También abogó por los presupuestos equilibrados, convencido de que los déficits acaban recayendo sobre la espalda de los más desfavorecidos. En su intensa vida como empresario y político tuvo que pasar por el exilio nada menos que seis veces. A pesar de una vida tan intensa, su región le ha olvidado.
En octubre de 1803 nacía en Laredo José María Orense, uno de los líderes más importantes del movimiento demócrata español del siglo XIX. No obstante, en comparación con otros nombres propios, como Castelar o Pi i Margall, la figura de este cántabro es hoy poco conocida. A pesar de ello, se puede decir que porta el título de decano de la democracia española.
Su perfil biográfico, propio de quien vivió una época muy convulsa, está plagado de datos, acontecimientos y anécdotas que sorprenden. A la edad de 20 años, y recién licenciado en Filosofía por la Universidad de Oñate, se enroló en la Milicia Nacional que pretendía defender la España liberal frente a Los Cien Mil Hijos de San Luis, que irrumpieron en el país con el duque de Angulema al frente, una alianza europea con la intención de derrocar el régimen liberal español y restaurar el absolutismo.
Orense participó en la batalla de La Coruña (1823), donde resultó derrotado, y se exilió a Londres. Fue allí donde forjó su preparación intelectual que le permitiría dar, años después, el salto a la política española.
Aprovechó su estancia para formarse en Ciencias Económicas y en Ciencias Políticas en la Universidad de Londres y entrar en contacto con los círculos liberales más avanzados de la época. También por varios países más, incluidos los Estados Unidos. Su bagaje intelectual y el conocimiento de sociedades liberales y avanzadas del momento marcaron su posterior rumbo y pensamiento político.
Este exilio (el primero de los seis que sufrió) finalizó diez años más tarde, a la muerte de Fernando VII (1833), merced a la amnistía otorgada por la Reina Regente.


Parlamentario por siete circunscripciones

Al momento de regresar a su provincia natal participó en primera línea, como diputado e intendente, en la Junta de Armamento y Defensa de Santander que consiguió frenar el avance de los carlistas en un momento decisivo para la ciudad, prácticamente sitiada e incomunicada.
Su padre era propietario de tierras e industrias harineras, con intereses en Cantabria, Palencia, Valencia y Alicante. Estos negocios en el comercio de la harina y sus minas de hierro en Cantabria, le facilitaron una situación económica desahogada que le permitió dedicarse a su verdadera vocación, la política.
En 1844 obtuvo su primer acta de diputado en el Congreso por la circunscripción de Palencia, el único diputado por el grupo progresista en esa legislatura, frente a la casi absoluta hegemonía del partido moderado. Revalidó su escaño en 1847, pero esta vez por la circunscripción de Cantabria, y ese mismo año heredó el título nobiliario de Marqués de Albaida.
Durante treinta años fue diputado o senador hasta por siete circunscripciones distintas, lo que no impidió que tuviese otra vida civil muy intensa. Impulsó una gran diversidad de periódicos, e invirtió en sociedades anónimas mercantiles e industriales que nacían en Madrid, como El Fénix o La Regeneradora, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días.
El Fénix surgió como banco agrícola, con la intención de estar presente en todas las provincias del reino, y actuar también como aseguradora, para que la gente del campo pudiese tener coberturas ante las frecuentes epidemias que sufrían sus animales. La Regeneradora tenía un objetivo muy parecido.
Orense hizo importantes aportaciones de capital en ambas sociedades mercantiles, de cuyas juntas de gobierno fundadoras formó parte. Fueron los antecedentes de varias instituciones que han pervivido hasta nuestros días: las cooperativas de crédito agrícola, las aseguradoras agrícolas y las cajas de ahorros.


Ferrerías

El empresario y político cántabro también heredó varias ferrerías situadas en la comarca del Asón, cuyos productos se embarcaban en la ribera de Limpias con destino a Asturias y Galicia, en la mayoría de los casos.
Una de ellas, situada en Ramales, era el Salto del Oso, cuya propiedad estuvo repartida a partes iguales entre la familia Alvarado y la de Orense desde 1650 hasta 1847. En esa fecha, Orense se hizo con la totalidad del capital y lo mantuvo hasta que dejó de funcionar en 1874.
Otra ferrería suya fue la situada en el Rao de San Juan, en Soba. En el Diccionario de Madoz, un censo de todos los pueblos de España publicado en 1845, se cita una de las obras públicas que costeó José María Orense en el valle de Soba, una carretera para dar servicio a su negocio de harina y ferrería. Así, encontramos la siguiente descripción en el Diccionario: “Hay una pequeña calzada abierta pocos años há á espensas de D. José María Orense, desde el barrio de Volaiz y prado de Salviejo hasta las fábricas de fierro y harina de dicho señor llamadas de Rao San Juan, distantes 1 leguas del primer punto en donde empalma con el camino de la punta de Laredo que baja de Castilla para dicha población; este último pasa por los barrios de Parez y Valuera, y por las ventas de Mogosa, Landias y los Urrios los del interior son pésimos é intransitables por lo mal cuidados y escabrosidad del terreno”.


Defensor del sufragio universal y la educación gratuita

A pesar de este perfil biográfico intenso, la faceta que más destaca de Orense es su pensamiento político, por defender conceptos como el sufragio universal, cuando la elección de representantes políticos aún estaba determinada por el sufragio censitario (sólo podían votar los que tenían unas determinadas propiedades o ingresos). También se anticipó muchas décadas con su defensa de la educación pública y gratuita como garantía de bienestar y prosperidad futura de un pueblo, la descentralización administrativa y su idea federal del Estado, precursora de nuestro actual Estado de las Autonomías.
No menos importante es su defensa a ultranza de los derechos individuales, que le llevó a pedir la abolición de la pena de muerte, el derecho de asociación, la libertad de prensa e imprenta y la inviolabilidad del domicilio, derechos de los que disfrutamos en la actualidad.


Un gran fiscalista

Hay otro gran espacio en su pensamiento y en su actividad para la economía teórica, en gran parte, por la formación recibida en su periodo británico. Su pensamiento económico era liberal y la España del momento sufría un sistema anclado en el Antiguo Régimen, arcaico y proteccionista. Su empeño era aportar la modernidad que había respirado en países como Gran Bretaña y Estados Unidos.
Obras ensayísticas suyas como ‘Los presupuestos como los desea el pueblo español’, escrita en el año 1848, suponen una enmienda a la totalidad a la política presupuestaria y fiscal de la época y una aportación novedosa en la materia, tanto por la modernidad de las técnicas que propone como en la visión de las políticas económicas del momento.
Una de sus especialidades, importada de las Islas Británicas, es la Rentística, de la que fue gran exponente. Orense fue un firme defensor de una contribución directa y única, es decir, de una simplificación máxima de los impuestos, en una época en que en España habría no menos de cien impuestos, tasas y arbitrios, imposibles de gestionar con una mínima eficacia con los medios de la época. En su opinión, el impuesto sobre consumos, y otros, como el desestanco de la sal o las matrículas de mar, debían ser abolidos sin contemplaciones, para dar paso a esa nueva fiscalidad única si se quería transformar España en un país moderno.


El defensor del presupuesto equilibrado

Parece que sea un debate reciente, pero Orense defendió con ahínco hace más de siglo y medio la nivelación del presupuesto, esto es, que el Estado no pudiese gastar más que lo que ingresaba, en una España que había sufrido más de una docena de bancarrotas de las arcas del Reino desde el siglo XVI. Aún hoy el déficit público es una asignatura pendiente, cuestión que la Troika europea nos recuerda con más frecuencia de la que quisiéramos. Afirmaba, en este sentido, que el déficit público suponía nuevos impuestos para las clases modestas en los siguientes ejercicios, que mermarían su ya de por sí escaso poder adquisitivo. Lo entendía como un asunto de auténtica política social: un Gobierno que piense en las clases humildes debía tener como enemigo declarado el déficit y el incumplimiento presupuestario.
Abogó, además, por el reparto de tierras baldías y por la desamortización de bienes eclesiásticos pero disintió de las reformas como la de Mendizábal y Espartero, por considerar que hacer un reparto de tierras por el método de subasta sólo podía favorecer a las grandes fortunas, que de esta manera acaparaban el mayor número de propiedades desamortizadas, en lugar de llegar a quienes querían y podían trabajarlas. Muy al contrario, su propuesta de reparto de tierras se articulaba a través de cooperativas de pequeños propietarios de cada localidad que pudieran pagar un canon anual, lo que proporcionaría la oportunidad de acceder a la propiedad a jornaleros que sólo podían labrar las tierras ajenas, y no siempre. Lamentablemente, su iniciativa no salió adelante.


Presidente del Congreso

Orense nunca quiso ostentar cargo alguno en la Administración, a pesar de que tuvo numerosos llamamientos para ello, aunque sí desempeñó un papel importante como presidente del Congreso de los Diputados en junio de 1873. Esa responsabilidad le duró escasamente doce días, pero en ellos tuvo el honor de leer la proclamación de la I República Federal Española por la que tanto luchó. Al día siguiente dimitió.
La pertenencia a instituciones de todo tipo refleja su activismo social y político. Era presidente de la Sociedad Abolicionista, del Casino Republicano de Madrid, del Partido Demócrata Español o de la Fundación Argüelles, lo que le granjeó amistades en todos los partidos y sensibilidades políticas, que siempre le consideraron adversario pero nunca enemigo.
Las crónicas parlamentarias y periodísticas lo retratan como un diputado brillante en las réplicas, con un tono socarrón. Su abundante obra escrita revela un pensamiento lúcido y avanzado a su tiempo, influido sin duda por el mundo anglosajón en el que se formó durante en su juventud. En 1880, y en otro mes de octubre, José María Orense fallecía en El Astillero.
Quizá sea uno de los personajes cántabros de los que menos se ha hecho para divulgar su figura pero su legado y pensamiento económico y político, afortunadamente, han llegado hasta nuestros días.
Decía Eduardo Benot, amigo y discípulo de Orense: “Feliz quien deja al morir algo más que lo que halló al nacer”. Sin duda hablaba de él.

Francisco Sierra
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