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Los efectos menos buenos del Objetivo 1
Fecha: 08/01/2017

La lluvia de millones de Bruselas se secó en 2007, lo que agravó nuestra crisis

El principal factor de desarrollo de Cantabria en estos 25 años ha sido el dinero de los fondos europeos, unos 2.600 millones de euros que han revolucionado nuestras infraestructuras y los equipamientos socioculturales. Pero esos mismos fondos han provocado que la crisis sea más profunda. Los 135 millones netos que llegaban cada año a comienzos de la pasada década inflaron los presupuestos y algunos sectores productivos, como la construcción. Cuando esa lluvia de millones se cortó en 2007 coincidió con el comienzo de la crisis, reforzando su dramatismo.
Hay pocas cuestiones más manoseadas que el origen de la crisis económica o las debilidades de nuestra economía. Los estudios que han hecho tanto las administraciones públicas como los investigadores universitarios podrían llenar almacenes, pero en ninguno de ellos se tiene en cuenta un factor decisivo, el dinero que llegaba de Europa con el Objetivo 1. Un chorro descomunal que venía aportando a la región casi 150 millones de euros al año y que se cortó en 2007, después del phasing out, una especie de periodo de descompresión.
Para cualquier ayuntamiento costero acostumbrado a ingresar grandes cantidades de dinero por las licencias de nuevas viviendas, el colapso inmobiliario supuso algo más que la interrupción de un flujo de dinero que les permitía hacer obras por doquier y financiar cualquier festejo. Habían creado una enorme estructura funcionarial sostenida en buena parte por esos recursos procedentes de la construcción, sin tener en cuenta que nadie aseguraba su continuidad. Ahora se encuentran con que tienen los funcionarios pero no el dinero.
En la Administración regional ocurrió algo parecido pero a mayor escala, ya que vivió dos burbujas simultáneas, la inmobiliaria, que generaba ingentes ingresos fiscales, y la del Objetivo 1, que entre 1994 y 2007 aportó más de 1.800 millones de euros a la región, una entrada de dinero neto que produjo un florecimiento inmediato de las obras, una de las actividades con más arrastres económicos, ya que proporcionan mucho empleo y casi todos sus aprovisionamientos se adquieren en el mercado local.
Cantabria había vivido una profunda crisis desde 1991, que no era producto de los fastos nacionales de la Expo de Sevilla o de los Juegos Olímpicos, como sostenían algunos, sino la penúltima onda concéntrica de una crisis que se inició en Alemania, como consecuencia de la reunificación y, que por la terquedad de su Banco Central a admitir una cierta inflación temporal, acabó por trasladarse a otros países que nada tenían que ver con la unificación. A Cantabria le llegó antes que a otras regionales españolas y, como vuelve a ocurrir ahora, la superó más tarde, en 1995. Pero entonces tuvo una extraordinaria palanca para ayudarse con la que ahora no va a contar, el dinero europeo del Objetivo 1.


Una larga lucha por ser declarados ‘región pobre’

Después de muchos años suspirando por ser encuadrados entre las regiones pobres de la Unión (aunque este término obviamente nunca lo empleó ningún político local), en 1994 Cantabria por fin conseguía demostrar que su renta no llegaba al 75% de la comunitaria y era incluida en el Objetivo 1, una herramienta financiera de la Unión Europea para tratar de impulsar el desarrollo de las zonas desfavorecidas hasta que se acercasen al nivel de las restantes.
Hasta ese momento, Cantabria había figurado en el Objetivo 2, con grandes quejas internas, porque había otras regiones dentro del Objetivo 1, como la Comunidad Valenciana, que parecían necesitarlo menos. Peor aún es que, por el desgobierno de Hormaechea, la mitad del dinero concedido hasta 1994 (115 millones de euros) nunca llegó a la región. Los dirigentes autonómicos vivían en esas fechas en un estado de autismo político, hasta el punto que ni siquiera enviaban representantes a las reuniones de Madrid. Por otra parte, buena parte de los programas exigían una cofinanciación regional, para que las comunidades se implicasen en el éxito de los proyectos y Cantabria estaba tan exhausta financieramente tras los derroches del primer mandato de Hormaechea que no podía poner su parte.
La entrada en el Objetivo 1 tardó en notarse, por esos mismos motivos, pero a partir de 1995, en que se normalizó la situación política, con el Gobierno de Martínez Sieso, las circunstancias cambiaron radicalmente. El dinero comunitario empezó a llegar a un ritmo de 135 millones de euros al año, primero a través de las grandes infraestructuras nacionales (la red de autovías) y luego, en programas locales que hicieron resucitar de inmediato al sector de la construcción, que pasaba momentos casi tan malos como los actuales.
La inversión en obra pública fue el bálsamo de fierabrás, al coincidir, además, con un importante repunte en la venta de viviendas, muy impulsada por la enorme bolsa de demanda que proporcionaba el País Vasco sobre nuestra zona costera oriental, donde las restricciones urbanísticas eran mucho más laxas que en sus propias costas.


Adrenalina financiera

Por sí solos, los fondos comunitarios ya aportaban alrededor de un 1,5% del PIB anual de Cantabria, por lo que resulta fácil entender que a comienzos del milenio la región estuviese creciendo a ritmos superiores al 4%.
La salida del Objetivo 1 también resultó muy polémica. El entonces presidente, José Joaquín Martínez Sieso no logró un segundo periodo para la región, al haber alcanzado un 77% de la renta media comunitaria, pero sí consiguió que se aceptasen otros siete años de aterrizaje suave. Un éxito, ya que, al final, las cantidades que fueron llegando entre 2000 y 2006 casi igualaron a las del septenio anterior (895 millones de euros frente a los 945 del periodo precedente) si no tenemos en cuenta los efectos de la inflación, que entonces eran más significativos que ahora.
El flujo de dinero comunitario se cortó en 2007, al finalizar ese periodo extra, pero entonces la región vivía en un estado de absoluta euforia y llevaba varios ejercicios presupuestarios cerrados con superávit, algo que ahora parece impensable, la misma circunstancia que llevó a Rodríguez Zapatero a devolver 400 euros a cada contribuyente del IRPF, para reintegrarles el exceso de recaudación. Nadie imaginaba que iban a ser tan necesarios poco después.
En la región, la caída de ingresos se dejó notar muy pronto con toda crudeza. Frente a los casi 900 millones de euros ingresados en el periodo anterior, entre 2007 y 2013 la región apenas recibió 227 millones de euros de los fondos europeos, que podrían haber llegado a ser 337 de haberse cumplido la promesa hecha por la vicepresidenta Fernández de la Vega en Santander de dedicar 100 millones de euros de los Fondos de Cohesión a completar la financiación de la Autovía del Agua.


Diez años de Presupuestos estancados

De haber contado con una inyección de adrenalina financiera como la que recibía de la UE hace una década, la comunidad autónoma estaría creciendo ahora bastante más que la media española, pero esta vez no ha habido dinero comunitario ni burbuja inmobiliaria ni siquiera las inversiones ordinarias de la Administración central, que están prácticamente a cero. En estos momentos, la única obra de relativa importancia que realiza el Estado en Cantabria es la rectificación de algunas curvas del Desfiladero de la Hermida. Tanta es la escasez que se han tenido que magnificar otras actuaciones modestas, como los polémicos espigones de La Magdalena o la senda costera de Santander, de poco más de un millón de euros cada una.
La constatación de que no ha habido alternativa para los fondos que llegaban de Europa está en los Presupuestos regionales. Hasta 2007 crecían cada año indefectiblemente. Desde esa fecha hasta hoy permanecen estancados en 2.400 millones de euros, y si la cifra ha subido en los de 2017 ha sido por la necesidad de satisfacer las exigencias de Ciudadanos a cambio de sus votos y no por realismo, ya que los ingresos públicos se resisten a aumentar.

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