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Fecha: 08/01/2017

Los equipamientos públicos y el acceso de la mujer al poder han cambiado la región

En 1991 prácticamente todos los residuos líquidos urbanos de Cantabria iban a parar a los ríos sin depurar y tal cual salían al mar. Las fábricas no estaban sometidas a restricciones en sus emisiones. Cantabria era la región con menos kilómetros de autovía del país, porque prácticamente no tenía ninguno y viajar de Santander a Bilbao por carretera podía costar tres horas y media. Las plazas en residencias de ancianos eran ridículamente escasas. En Torrelavega el suministro de agua se cortaba cada noche y todas las tardes de verano en la zona costera oriental, porque no había suficiente... La Cantabria de hace 25 años no tiene nada que ver con la de hoy, sobre todo en las infraestructuras. En el aspecto sociológico hay otro cambio sustancial, la conquista por la mujer de amplios espacios de poder que antes parecían estarle vetados.
En 1991 Cantabria vivía un momento de prosperidad que había hecho olvidar la larga crisis de los años 80, dramática para la región, que fue la que acumuló más sectores industriales en reconversión. En ese momento, España se preparaba para los fastos de 1992 y ponía un empeño extraordinario en que tanto la Expo Universal de Sevilla como lo Juegos Olímpicos de Barcelona marcasen una época. Lo consiguió. Nunca hubo una Expo con más visitantes ni unos juegos tan bien organizados, pero dio la sensación de que, al finalizar, el país se había quedado sin objetivos y sin dinero. De repente, todo cambió.
España entró en una espiral de pesimismo y procesos judiciales contra políticos y banqueros que tensionó extraordinariamente la sociedad. A la vez, el regusto del éxito de los grandes acontecimientos del 92 cada vez era más amargo. Una buena parte de los españoles achacaban la crisis a esos gastos, pero la realidad es que otros países del sur de Europa que no habían tenido Expo ni juegos también sufrían una convulsión económica. La explicación no estaba en sus propios actos sino en lo que ocurría mucho más al norte: Alemania empezaba a pagar un precio mucho más alto por la reunificación de lo que había previsto y, al negarse tajantemente a una devaluación (algo que no está en el ADN del país), estaba trasladando las tensiones monetarias a los periféricos, que sufrían las convulsiones.
A Cantabria la crisis le había llegado un año antes, al confluir la ruina económica del Gobierno regional de Hormaechea (con un endeudamiento que superaba en cuatro veces la capacidad de generar recursos ordinarios) la suspensión de pagos de Sniace, la caída del grupo Intra, que dejó un agujero de 34.000 millones de pesetas de la época, y la huida de Pepe el del Popular, con el que se evaporaron otros 5.000 millones.
Todo este cóctel explosivo se produjo mientras se gestaba Cantabria Económica de forma que el horizonte brillante en el que se concibió como proyecto se convirtió en sólo unos pocos meses en tenebroso y amenazante.
En los 25 años que han transcurrido ha habido de todo: doce años de crisis profunda y trece de bonanza, a veces cercana al éxtasis, con crecimientos superiores al 4%. En solo una década pasamos de no alcanzar siquiera el 75% de la renta media comunitaria a superarla. Y en la década siguiente la región volvió a quedar rezagada, como si hubiese sentido un cierto vértigo tras alcanzar el estándar comunitario.
En ese viaje de ida y vuelta no es fácil reconocer cómo ha cambiado la región. Pero lo ha hecho, y mucho. En 1991 no había ninguna mujer en el Gobierno regional. Apenas tenían presencia en el Parlamento regional (2 diputadas del PSOE en una cámara de 35 miembros). Tampoco hubo mujeres en la listas a las cámaras nacionales, hasta que en 1993 Matilde Fernández encabezó la de los socialistas cántabros al Congreso. No había juezas, prácticamente no había directoras de empresas y entre el empresariado apenas podía encontrarse más mujeres que las autónomas.
Pocos hubiesen podido presumir que en un espacio de tiempo relativamente breve, desde el punto de vista histórico, pudiesen conseguir la presidencia del Parlamento, la vicepresidencia del Gobierno regional (ya ha habido tres), la titularidad de muchas de las consejerías y prácticamente hayan alcanzado la misma representación que los hombres en los cuerpos de élite del Estado, en la sanidad o en los cargos electos.
Esta revolución ha sido silenciosa pero también ha provocado que Santander, Torrelavega, Reinosa, Los Corrales o Comillas hayan tenido alcaldesas o que al frente de la Seguridad Social, del ICEX o del Registro Mercantil de Santander haya mujeres.
No es el único cambio sociológico. En 1991 no habían llegado a Cantabria los grandes centros comerciales, con la excepción del hipermercado de Carrefour en Peñacastillo. La vida comercial giraba en torno al centro de las ciudades y el comercio tradicional sólo sentía esos nuevos modelos como una amenaza, no como una realidad. Pero la amenaza se materializó y casi ha quedado en el olvido porque hoy ya hay otra nueva y mucho más dramática, que afecta tanto al comercio tradicional como a los recién llegados, la venta por internet. Los nuevos competidores ya ni siquiera necesitan asentarse físicamente en el lugar, pueden estar a miles de kilómetros.
La caída del comercio tradicional tiene mucho que ver con otro tercer cambio, el que ha sufrido la alta burguesía local, que en los dos siglos anteriores había controlado no solo este sector, sino también el movimiento portuario, las industrias locales y las instituciones. Con la llegada de Miguel Ángel Revilla y de Dolores Gorostiaga a la presidencia del Gobierno en 2003, por primera vez tomaban el control de la región personas que no pertenecían al entorno del Paseo de Pereda. Puede parecer una circunstancia menor, pero es muy significativa dentro del contexto de cambios que obligaban a la Santander tradicional (lo que en la ciudad se entiende como STV) a desprenderse de muchas de las manijas del poder económico y político, que incluían, además del gobierno regional o el Ayuntamiento, el Puerto, la Caja de Ahorros, la Cámara de Comercio, el Banco Santander, las industrias más próximas o los clubes de recreo. Un entramado que había garantizado una salida profesional para los hijos de la burguesía local y que ahora se ven obligados a buscar sus horizontes fuera de la región, exactamente igual que los hijos de las clases más populares, ya que las sucesivas crisis han acabado con muchas de las empresas locales y otras, emblemáticas, han pasado a manos de grupos nacionales o extranjeros, que tienen su propia política de provisión de ejecutivos.
Aunque el aspecto de Santander no haya cambiado tanto en estos 25 años, casi nada es como era, por esta revolución socioeconómica. Tampoco la región. Por fin llegaron las grandes infraestructuras que la conectaron con Madrid, Bilbao y Asturias; llegaron los vuelos internacionales y llegó una red de conexiones de calidad en el interior de la región. La paradoja es que, cuando se han construido estas dotaciones, ya casi no queda población en esa Cantabria rural que pueda utilizarlas. La que queda es poca y muy envejecida, con rentas que cada vez proceden menos de su propia actividad. La economía de la Cantabria interior se sostiene básicamente por las pensiones, un problema dramático, ya que cuando desaparezcan los perceptores esas rentas desaparecerán también, mientras que un puesto de trabajo suele tener un heredero que siga generando riqueza.
Ese es otro de los grandes cambios de estos 25 años, aunque ya se venía preparando en las décadas anteriores: la desertización humana y económica del medio rural, un problema para el que nadie parece encontrar solución, y que las infraestructuras solo contribuyen a paliar, con una mejora de la calidad de vida.

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