La planta de James Hardie en Orejo se consolida como la mayor fábrica de fibroyeso del mundo

La multinacional culmina una inversión de 150 millones de euros que permitirá duplicar la producción de paneles Fermacell

La línea de producción que acaba de inaugurar James Hardie en Orejo es mucho más que una ampliación industrial. Representa el éxito de una fábrica que empezó como un gran fracaso (GFB) y más de dos décadas después se va a convertir en la mayor planta mundial del sector. Tras una inversión que supera los 150 millones de euros, duplicará su producción y facturación de aquí a 2030 y elevará la plantilla hasta alcanzar unas 160 personas.


No es frecuente que una fábrica arrastre durante años el peso de un fracaso y termine convertida en una referencia industrial internacional. La planta de paneles de fibroyeso de Orejo lo ha hecho. En 2004, a poco de nacer, como GFB, gracias a una gran expectativa de inversión pública y privada, se despeñó como consecuencia de la poca solvencia de su promotor, la crisis de la construcción y una larguísima resaca política y judicial. Adquirida a precio de chatarra por la multinacional alemana Fermacell, que la reflotó, pasó posteriormente –con todo el grupo germano– a la australiana James Hardie, que acaba de culminar una ampliación destinada a convertirla en la mayor planta de su sector. Pocos ejemplos habrá más representativos de cómo se puede pasar del descrédito al liderazgo en un mismo espacio.

La reciente inauguración de la nueva línea de fabricación de placas de fibroyeso ha servido para certificar la buena salud actual de la planta de Marina de Cudeyo. La ampliación, que añade 11.000 metros cuadrados a las instalaciones, permitirá duplicar la producción y la facturación para 2030 y consolidará la factoría de Orejo como la más grande y eficiente del mundo, según la propia compañía.

En un momento en que parte de la industria regional afronta ajustes en forma de despidos y expedientes de regulación de empleo, la fábrica que nació con tantas incertidumbres crece a contracorriente: más capacidad, más empleo y más peso dentro de su multinacional.

Christian Claus, CEO y presidente de James Hardie Europe, lo resumió durante el acto con una frase que sirve también para medir el alcance de la operación: se trata de la mayor inversión individual realizada por la compañía en Europa.

Con un desembolso superior a los 150 millones de euros, no solo es una de las expansiones más importantes de la historia de la compañía. También es un hito de la inversión privada en Cantabria y resulta más significativo aún si se tiene en cuenta el punto de partida.

Los orígenes

Paneles de fibroyeso en el nuevo espacio de la fábrica.

Para entender el salto que ha dado Orejo hay que remontarse a 2004. Aquel año se constituyó GFB, sociedad participada en un 30% por Sodercan –empresa pública del Gobierno regional– y en un 70% por el grupo costarricense Pujol-Martí. El proyecto se presentó como una gran apuesta industrial: una inversión cercana a los 68 millones de euros, una superficie de más de 120.000 metros cuadrados en Marina de Cudeyo y la promesa de crear 150 empleos directos en una primera fase, que se convertirían en 240 cuando se alcanzase la plena producción, además de un volumen similar de puestos indirectos.

La fábrica produciría paneles de fibroyeso, un material similar al pladur, mucho más conocido en España, pero de mayor calidad, ya que presenta una mayor resistencia al agua y al fuego. Puyol-Martí trataba de atender desde Cantabria a otros países del mercado europeo, donde el fibroyeso es bien conocido y apreciado, tal como cubren sus plantas americanas los de aquel continente.

Sobre el papel, la idea tenía casi todo lo que se le pide a una gran implantación industrial: dimensión, vocación exportadora, un producto con valor añadido y una ubicación bien conectada, por su cercanía a la autovía Santander-Bilbao, a la estación ferroviaria y al Puerto de Santander. La realidad fue otra: la fábrica acabó convertida en uno de los proyectos fallidos más sonados de Cantabria. Recibió decenas de millones de euros en ayudas públicas, pero a falta de más financiación propia, suspendió pagos y abrió una larga etapa de procedimientos judiciales, comisiones parlamentarias y reproches cruzados entre partidos.

La cuestión penal terminó archivada. La Audiencia de Cantabria exoneró a los imputados de malversación, administración desleal y fraude de subvenciones, aunque los magistrados hablaron de actuación “poco ética”, de “derroche de fondos públicos”, de operaciones “irresponsables” y de una manera de gestionar el dinero público que no debía servir de ejemplo. No vieron delito, pero sí una cadena de decisiones fallidas y costosas que se tradujeron en un fiasco mayúsculo.

Del fiasco a la continuidad industrial

Sin embargo, la fábrica no murió con GFB. Tras la quiebra, las instalaciones fueron adquiridas en subasta por la multinacional con la que pensaba competir, Fermacell, una firma alemana que puso la planta en marcha en 2013. En 2018, James Hardie absorbió Fermacell y consolidó la evolución de la factoría.

La planta empezó a hacer lo que no pudo conseguir en su primera etapa: producir, vender y ganar peso. En 2013 apenas facturaba 1,3 millones de euros al año. Diez años después, cuando se anunció la ampliación, trabajaba a cinco turnos, había alcanzado una facturación de 48,4 millones y exportaba más del 90% de su producción.

Christian Claus, presidente de James Hardie Europe, intervino en inglés en la carpa del acto de inauguración.

Detrás de ese cambio había varios factores: una maquinaria que, pese a toda la polémica sobre su compra, resultó válida; un producto mejor bien posicionado en otros mercados europeos; y una plantilla que la compañía ha ido presentando como una de las claves de la competitividad de Orejo.

La planta de Orejo asumirá el 35% de la producción de James Hardie en Europa

Fernando Herrera, director de la factoría, insistió en ello durante la inauguración: “Hoy celebramos algo más importante que una inauguración, celebramos el resultado de un sueño”. Y puso el foco en el equipo que ha sostenido la fábrica en “los años intensos en los que ha habido que arrimar el hombro”. En este sentido, ensalzó la cultura interna de colaboración, compromiso y mejora continua. “Aquí nadie trabaja solo”, vino a decir al recordar esos momentos en los que una avería o una parada obligaban a reaccionar con rapidez. Y es que, en una industria de proceso, la fiabilidad diaria pesa tanto como la inversión.

Ese rendimiento sostenido es, según Claus, una de las razones por las que James Hardie ha elegido Orejo para reforzar su capacidad europea. La nueva línea permitirá que la planta cántabra concentre el 35% de la capacidad productiva del grupo en el continente.

La fábrica de Marina de Cudeyo es la única que el grupo tiene en España y en el sur de Europa dentro de una red  coordinada desde Düsseldorf.

Producir a partir de residuos

James Hardie, nacida hace más de un siglo y cuarto en Australia, tiene 19 plantas de producción y tres centros de I+D+i repartidos en tres continentes, en los que trabajan 5.400 empleados y se ha convertido en el primer productor y vendedor del mundo de revestimientos de fibrocemento, además de liderar el mercado europeo de productos de fibroyeso.

Pero, ¿qué sale exactamente de Orejo? El fibroyeso es un material que sigue siendo menos conocido para el gran público que otros productos de construcción prefabricados. Bajo la marca Fermacell (que el grupo ha mantenido tras la compra) la planta fabrica placas para tabiques secos y suelos para renovaciones y obra nueva. De esta forma, reducen los procesos húmedos en las obras, ya que desplazan parte del trabajo a la fábrica. “Con esta nueva línea de producción, reforzamos nuestra posición en tres segmentos clave: la construcción moderna en madera, las soluciones innovadoras para suelos y las soluciones eficientes de revestimiento seco que permiten ganar espacio habitable”, explicó el presidente de la compañía.

La presidenta de Cantabria participó en el corte de dos cintas inaugurales, una de James Hardie y otra de Fermacell.

En otras palabras, son productos pensados para una construcción más industrializada, donde importa la rapidez de montaje, la precisión, la uniformidad y la respuesta técnica del material. En otros países europeos ese mercado está mucho más maduro que en España, y eso explica en buena medida la vocación exportadora de la planta. Hoy, el 91% de lo que produce Orejo se vende fuera, sobre todo a Francia, Suiza y Dinamarca.

También conviene detenerse en cómo se fabrica. La propia compañía resume de forma sencilla lo que necesita: yeso, papel y agua. Esos tres elementos básicos dan lugar a las placas de fibra de yeso.

Una parte relevante del proceso industrial se apoya en materiales reciclados o recuperados, hasta el punto de que la planta consume en torno a 80.000 toneladas anuales de papel usado y puede llegar a absorber todos los residuos de papel que se generan en Cantabria, integrándolos de nuevo en el ciclo productivo.

La otra gran derivada de la ampliación es el empleo. James Hardie Spain ha pasado de 75 trabajadores en 2021 a 121 a comienzos de año, y su previsión es alcanzar los 160 cuando las nuevas líneas funcionen a pleno rendimiento.

Herrera aseguró que la prioridad será cubrir estos 40 nuevos puestos con personal de la zona, algo coherente con la composición actual de la plantilla, en la que son mayoría los residentes en Marina de Cudeyo.

La inauguración oficial de la nueva línea de producción reunió en la fábrica a directivos de la compañía, trabajadores y representantes institucionales, como la presidenta del Gobierno de Cantabria, María José Saenz de Buruaga; varios de sus consejeros; el delegado del Gobierno, Pedro Casares, y el alcalde del municipio, Pedro Pérez Ferradas.

‘Un día grande para Cantabria’

Buruaga se mostró orgullosa de contar con una compañía “puntera, modélica y comprometida con la excelencia, la mejora continua y la creación de empleo cualificado” y calificó la jornada como “un día grande para Marina de Cudeyo y para Cantabria”. Además, destacó la proyección internacional de la fábrica y su alineación con los objetivos de sostenibilidad y transición ecológica. “Sois el mejor ejemplo de las empresas que necesitamos y queremos en nuestra comunidad”, subrayó.

Interior de la nueva línea de producción en Orejo, aún sin actividad durante la visita inaugural.

El papel central que ha asumido la planta de Orejo dentro del grupo se deja notar también en la logística. El Puerto de Santander, que ya estuvo muy presente en el proyecto original de GFB hace más de veinte años, sigue siendo una pieza importante para la competitividad de la planta. El presidente de la Autoridad Portuaria destacó que en 2025 James Hardie movió unas 80.000 toneladas de mercancías a través de sus instalaciones y ese tráfico aumentará tras la entrada en funcionamiento de la nueva línea, ya que una fábrica que exporta casi todo lo que produce necesita una salida eficiente hacia el centro y el norte de Europa como la que le facilita el puerto.

De GFB a referente industrial

Quizá por eso la historia de esta fábrica resulta tan llamativa. Porque habla de una inversión privada excepcional, de una planta exportadora, de una relación directa con el puerto, de una actividad ligada a la construcción industrializada y de una empresa que ha encontrado en Cantabria uno de sus goznes para el mercado europeo. Pero habla también de otra cuestión menos cuantificable: la capacidad de una instalación para desprenderse de su pasado sin borrarlo.

Fernando Herrera, director de la planta, ensalzó el trabajo en equipo.

GFB forma parte del pasado de la fábrica de Orejo y sigue inevitablemente ligada a su historia. Ahí está la hemeroteca para recordar las comisiones de investigación, las sentencias, el concurso, el dinero público perdido y el desgaste político de aquel proyecto. Pero lo que hay en Orejo actualmente no es el mismo proyecto, aunque ocupe el mismo espacio y produzca el mismo material. Es otra etapa, otro accionista, otra lógica empresarial y, sobre todo, otro resultado.

La planta ha pasado de no cumplir las expectativas con las que nació a convertirse en una instalación que exporta casi toda su producción, que ha multiplicado su plantilla y su facturación y que concentra el 35% de la capacidad europea del grupo. Y su capacidad para sobreponerse a un previsible cierre, en un territorio como Cantabria tan acostumbrado a los tropiezos industriales, quizá sea lo más llamativo de todo.

Rubén Alonso

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