El año mágico del Banco Santander
Empezó el ejercicio 2025 con un valor de 67.700 millones y lo acabó en casi 150.000
El año 2025 será recordado en la bolsa española, pero sobre todo en la banca. Ni los más optimistas podían imaginar rentabilidades anuales de tres dígitos, como han tenido el Santander el BBVA, pese al fracaso de su opa sobre el Sabadell. La fiesta continúa en este comienzo de 2026, ajena por completo a la inestabilidad política nacional y a las graves incertidumbres internacionales. Todo parece alimentar las expectativas de los inversores, convencidos, al parecer, de que la bolsa española sigue estando barata.
El 30 de diciembre de 2024, el Banco Santander cerraba el ejercicio con una cotización de 4,39 euros y una capitalización (valor en bolsa) de 67.600 millones de euros. Un año después, rompía la barrera psicológica de los diez euros y su valor se disparaba a los 149.900 millones, una trayectoria que, a pesar de la subida general que se ha producido en 2025, muy pocas empresas cotizadas pueden replicar. Y un salto descomunal para un inversor que hubiese adquirido las acciones del Santander en septiembre de 2020, cuando apenas valían 1,53 euros.
Los diez euros pueden considerarse una cota histórica, pero sigue estando por debajo de sus máximos, registrados antes de la crisis financiera, cuando llegó a rozar los 13 euros por acción en otoño de 2007. Eso sí, el número de títulos era muy inferior al actual.
La cotización del Banco no es la máxima histórica, pero sí su capitalización
Cuando el pasado verano el rally bursátil de los bancos parecía casi agotado, después de cinco años de subidas ininterrumpidas, y el Santander cotizaba en torno a los 6,5 euros, en la entidad ya trabajaban con la hipótesis –que parecía excesivamente optimista– de alcanzar los 10 euros a medio plazo. Solo medio año después, y con la cota de los diez euros a mano, confiaban en llegar pronto a los 12.

El Santander se ha beneficiado de la tendencia general del sector, pero también del crecimiento de los beneficios y de su política de recompra de acciones. Desde 2021 hasta ahora ha adquirido el 15,1% de sus títulos en circulación, y empleará otros 6.000 millones más a corto plazo, que serán un buen incentivo para provocar nuevas subidas.
Aunque la participación de los cántabros en el Banco se ha diluido a medida que se convertía en una entidad global, en su región de origen sigue teniendo un número muy numeroso de accionistas, empezando por la Fundación Botín, con casi 158 millones de acciones, representadas por Javier Botín. La propia familia controla, junto con su Fundación, alrededor de un 2% del capital del banco, un paquete cuyo valor en estos momentos es de unos 2.500 millones de euros.
Una de las 100 empresas más valiosas del mundo
Con la revalorización, el Banco Santander ha logrado regresar al grupo de las 100 mayores empresas cotizadas del mundo por capitalización bursátil, una posición que no ocupaba desde 2017. La entidad cántabra cerró 2025 en el puesto 99 de este ranking, según la agencia Bloomberg.
El avance es especialmente relevante, porque se produce en un contexto en el que la gran mayoría de las empresas del top 100 han conocido fuertes subidas, impulsadas sobre todo por el tirón del sector tecnológico y la inteligencia artificial. Para escalar a esta posición, la entidad cántabra ha debido superar a BlackRock, y a Allianz SE.
Tan solo otra empresa española aparece en el listado, Inditex, en el puesto 80, con un valor de mercado de 175.800 millones de euros. El liderazgo universal le corresponde a Nvidia, con una capitalización de 3,86 billones de euros; seguida de Apple, con 3,43 billones; Alphabet (3,22 billones); Microsoft (3,06 billones) y Amazon (2,10 billones).
De las ampliaciones a la recompra de acciones
La estrategia de los bancos para crear valor para sus accionistas ha cambiado mucho a lo largo del tiempo. Hasta los años 80 presumían de tener una corporación industrial. A pesar de los muchos problemas que planteaban estas participadas por la reconversión y los ajustes de plantilla, eran un mercado cautivo importantísimo. Su operativa financiera era una fuente recurrente para los bancos propietarios que nadie les podía arrebatar.
El Santander, a lo largo del tiempo, fue propietario de Astilleros de Santander, Fyesa (la actual Ferroatlántica), Nueva Montaña Quijano (GSW) o Electra de Viesgo. Banesto, por su parte, llegó a reunir una treintena de grandes empresas, entre ellas Sniace o AZSA.
Cuando Mario Conde presidió Banesto, decidió exprimir aún más el jugo de estas empresas –a pesar de que ya para entonces habían rendido sus mejores beneficios– sacando su corporación a bolsa, pero tuvo que ir vendiéndolas apresurandamente para hacer caja, porque la situación del banco apremiaba.

Los ‘hierros’, como lo llamaban despectivamente, dejaron de estar de moda entre mediados de los 80 y los 90, y fueron sustituidos por las promotoras, que garantizaban mucho negocio, nuevos clientes fidelizados y muy buenos rendimientos. El totem pasó a ser generar valor para el accionista. Lo único que importaba era el rendimiento de la acción, más por la vía especulativa que por los dividendos, y esta expresión aparecía como leit motiv en todas las juntas de accionistas. Hasta que los bancos dejaron de generar valor.
Cuando la crisis financiera de 2008 acabó con esa generación especulativa de valor, los bancos se comprometieron a volver a los productos sencillos y a ser mucho más transparentes. Era la forma de recuperar una credibilidad social perdida, ya que se les responsabilizaba de lo que estaba ocurriendo y tanto los desahucios como las preferentes vendidas por las cajas de ahorros los estaban convirtiéndo en una especie de enemigos públicos, aunque las propias entidades se estaban desangrando tanto como sus clientes y, de hecho, muchas no sobrevivieron.
Más papel, menos beneficios
Las que lo lograron fue a costa de una política férrea de fortalecimiento de los recursos propios, pero eso era incompatible con el reparto de unos dividendos que no estaban generando, así que la mayoría optaron por pagar una parte o la totalidad en acciones. Era una forma de remunerar al accionista sin gastar nada, pero una decisión muy peligrosa a largo plazo, porque las diluía y cada vez eran más los títulos a remunerar.
La fórmula de pagar con papel fue bendecida por las instituciones que, a pesar de la mala experiencia de la burbuja, no pusieron demasiados reparos a que algunas de las entidades más importantes, entre ellas el Santander, repartiesen más beneficios (aunque fuese por esta fórmula) de los que generaban.
La necesidad se acabó convirtiendo en virtud, y los bancos han pasado a la estrategia opuesta: emplear buena parte de los beneficios en recomprar sus propias acciones, una solución que, esta vez sí, está cargada de coherencia: reduce la enorme masa de acciones puestas en circulación con la estrategia anterior y, por tanto, mejora los rendimientos por acción aunque no aumentasen los beneficios. Así, al banco le resulta cada vez más barato mantener el mismo dividendo, reforzando su capital. O, si no lo necesita, puede ser más generoso en el reparto a sus accionistas.
Indirectamente, esa compra activa de acciones en Bolsa debería elevar el precio de cotización, y con ello el patrimonio de sus accionistas. También es una forma de demorar el pago de impuestos por Renta que suscita el reparto de dividendos.

La nueva política no solo mejora todos los ratios por acción, sino que resulta un doble negocio para la entidad si el valor contable es bastante superior, porque el banco está comprando algo que objetivamente vale más.
Al tiempo, la entidad pasa a disponer de una herramienta muy poderosa, poder realizar estas compras masivas en el momento más propicio para sus intereses, bien porque la acción ha caído, bien porque se enfrenta a una de esas barreras intangibles que cuesta superar.
Todos estos bandazos que han dado los negocios bancarios en las cuatro últimas décadas indican bien a las claras que las certezas absolutas de unos tiempos pueden llegar a convertirse en descabelladas años después y que lo mismo se puede justificar una estrategia que la contraria. Solo es cuestión de tiempo.
Esta vez, los bancos han apostado por el sentido común: menos riesgo, más operaciones recurrentes y una operativa más sencilla, tratando de conseguir que el cliente confíe en ellos para todo y el mercado se lo está premiando con unos beneficios que les permiten reforzar los recursos propios y ganar tamaño para enfrentarse a los nuevos operadores sin oficinas que van a cambiar radicalmente el escenario.





