La aventura de volver a ser un niño de pueblo
Los campamentos de RuralKamp recuperan tradiciones y los juegos en el medio rural para unos niños que han visto más animales exóticos que vacas
En un mundo donde el disfrute de la infancia se mide por actividades extraescolares y destreza frente a una pantalla, José Manuel Colsa, fundador de Vamos Rural, lleva seis años construyendo desde Cantabria una respuesta diferente. RuralKamp, su campamento en los Valles Pasiegos, propone un reto casi revolucionario: que los niños de ciudad vuelvan a aburrirse, a jugar con palos y a conocer el nombre del panadero.
Tiene 24 años y lleva siendo autónomo desde los 18. Creció viendo cómo su padre levantaba, piedra a piedra y en su tiempo libre, una antigua casona en Llanos de Penagos mientras trabajaba en la fábrica de Nestlé en La Penilla.
Esa historia familiar, mezcla de esfuerzo y arraigo rural, es el origen de todo lo que José Manuel Colsa ha construido después. Hoy, desde ese mismo edificio —reconvertido en albergue— opera un grupo de empresas dedicadas al turismo rural que incluye una plataforma digital, viajes para grupos y el campamento de verano RuralKamp.
La historia de Vamos Rural no empieza con un modelo de negocio ni con una ronda de inversión.
Empieza con un hombre que cada tarde, al salir de hacer bombones, cogía la furgoneta y se iba a construir su sueño en un pueblo de treinta habitantes.
“Mi padre estuvo diez años de su vida, de lunes a domingo, rehabilitando esa casa cuando salía de la fábrica”.
Dinamización contra la despoblación
El proyecto pretende no ser un mero alivio para padres que tratan de conciliar su vida laboral cuando sus hijos están de vacaciones, es también un balón de oxígeno para la denominada España rural. Al llevar a los niños a los pueblos, se genera una actividad económica y social que trasciende la propia estancia.
Los pueblos se transfoman en escenarios vivos. Los niños no son meros turistas; se convierten en vecinos temporales. Aprenden el valor del comercio local, la importancia de los servicios rurales y crean un vínculo emocional con el territorio que, con suerte, perdurará hasta su vida adulta. Es una estrategia de sensibilización que busca que las nuevas generaciones vean el campo no como un parque temático, sino como un lugar donde es posible vivir, trabajar y progresar.

El proyecto busca alternativas a la «hiperprogramación». Hoy en día, un niño de ocho años puede tener una agenda más apretada que la de algunos ejecutivos y RuralKamp reivindica el derecho al aburrimiento, que no es un enemigo, sino el motor de la creatividad. Cuando un niño no tiene un monitor diciéndole qué hacer a cada minuto, empieza a observar su entorno. Aparece el palo que se convierte en espada, el arroyo que se vuelve un océano y la piedra que se transforma en un tesoro.
Esta metodología, aunque parezca sencilla, requiere una valentía pedagógica notable, ya que implica confiar en la capacidad del niño para gestionar su tiempo y su ocio, siempre bajo una vigilancia discreta.
Un verano para recordar
RuralKamp se presenta como una alternativa necesaria en un momento de saturación digital. Es una invitación a que los niños respiren, a que entiendan de dónde viene lo que comen y a que comprendan que la comunidad es el pilar de la sociedad. Cantabria, con su paisaje verde, sus tradiciones y un medio rural a escasos minutos de las ciudades, es el escenario perfecto para este experimento social que busca devolverles el pueblo a los niños.

Si, para un niño, el éxito de un verano se mide por las historias que puede contar al volver al colegio, los participantes de RuralKamp no hablarán de niveles de videojuegos superados, sino de la tarde en que ayudaron a recoger la cosecha, de la vaca parturienta o de aquel amigo que hicieron mientras esperaban a que el pan saliera del horno. Al final, parece que el futuro del ocio infantil no estaba en el metaverso, sino en la plaza del pueblo de al lado.
Alberto Fernández



