No estamos preparados

La posibilidad de vivir dos veces la misma situación depende de lo improbable que sea. Los déjà vu los dejamos para circunstancias con escasas posibilidades de que vuelvan a darse. Por eso, deberíamos estar asombrados de que en la misma semana que cierra Sniace aflore un gran desfalco en un banco de Santander, y no por lo que tiene de extraño, sino por el hecho de que hace casi 30 años vivimos la misma coincidencia. Cerró la fábrica y al poco desapareció Pepe el del Popular dejando un reguero de impositores estafados. Los dos hechos no tenían nada que ver entre sí, salvo la coincidencia temporal. Ahora tampoco.

Sniace probablemente sea la única fábrica del mundo que ha cerrado tres veces, lo que por sí mismo ya resulta improbable, y las estafas cometidos por un empleado de banca, aunque son más frecuentes de lo que creemos, suelen ser tapadas por las entidades, para salvar su imagen, excepto cuando la cuantía es tan elevada que el banco descarta asumirla. Y esto es lo que nos ha vuelto a ocurrir.

Cantabria Económica se fraguó en 1991 cuando el país y la región crecían alegremente, con dos eventos en el horizonte inmediato que impulsaban aún más el optimismo, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla. Para España, 1991 fue un gran año. Para Cantabria lo hubiese sido de no haberse producido tres catástrofes económicas encadenadas:se hundió la corporación financiera Intra, dejando los hermanos Serrano un agujero que se tragó 200 millones de euros de ahorro cántabro; se quedaron en la calle más de 600 trabajadores de Sniace, al abandonarla Banesto, y desapareció Pepe el del Popular, volatilizando otros 30 millones de euros. Parecía no caber una desgracia económica más, pero la hubo: el Gobierno regional, presidido por Hormaechea, entró en default, con una deuda de 600 millones de euros, imposible de afrontar con unos ingresos corrientes que no llegaban a 200.

Era un año negro para los cántabros, inesperado e injusto, porque todos los demás españoles seguían en la espuma de la euforia económica con la que el país quería dejar atrás la larga crisis de los 80. No duró mucho más, porque año y medio después las sombras se adueñaron de  todo el estado, cuando Alemania se negó a flexibilizar su patrón de tipos bajos y casi nula inflación para digerir la costosa reunificación del país y provocó que sus problemas los pagásemos también los demás.

Ese cisne negro, esa metáfora del descalabro por sorpresa que vuelve a sonar a todas horas, llegó a Cantabria en una situación no muy distinta a la actual, en la que seguimos acumulando desdichas, como en 1991. Ahora el factor internacional de contagio que viene a complicarlo todo un poco más no es el Bundesbank, sino un virus que atenaza a los ciudadanos en sus casas, ha hundido las bolsas de todo el mundo, paraliza miles de fábricas y deja en tierra los aviones.

Podríamos consolarnos pensando que al menos la situación del Gobierno regional es más boyante que en aquel disparatado segundo mandato de Hormaechea, pero en realidad solo es más ordenada. Forzado a pagar las facturas que lleva tiempo arrastrando, para no caer en la intervención, ha consumido en un solo mes la cuarta parte de todo el presupuesto anual, y ya se puede pronosticar que el segundo semestre del año se anulará cualquier gasto que no sean las nóminas y los medicamentos, porque la Sanidad y la Educación (dos consejerías a las que nadie se ha atrevido a meter en cintura desde el Gobierno Diego) rebañarán lo quede en todas las demás, que no será mucho.

El panorama es un déjà vu tan preocupante que parece una maldición y para el que no estábamos preparados, como no lo está ningún país, porque el coronavirus, por sí solo, ya da lugar al colapso. Nadie está preparado para cerrar las fábricas, los colegios y las universidades; para que el valor de las empresas se hunda, para que el turismo desaparezca y para que la recaudación fiscal se contraiga estrepitosamente. Ningún sistema sanitario está dimensionado, tampoco, para una epidemia semejante –y el español es de los mejor dotados– y nada de lo que estamos viviendo estas semanas tiene fácil respuesta.

Va a ser una prueba muy dura para todos nosotros, pero el nuestro es un país que reacciona ante los retos. Eso también lo hemos visto antes.

Alberto Ibáñez

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