Las siete plagas
Las plagas de Egipto fueron el desencadenante de un cambio geopolítico en Oriente Medio que dura hasta el día de hoy, por muchas idas y venidas que se hayan producido en la zona a lo largo de los siglos. Hay cosas que no se arreglan nunca. Pero somos dados a pensar que este tipo de acontecimientos dejaron de someter al género humano con la llegada de la época industrial, cuando el hombre consiguió fabricar herramientas capaces de transformar el medio en el que vive a todos los niveles. El problema es que los resultados de esa transformación no están tan controlados como parece y cada vez es más frecuente constatar cómo se nos escapan de las manos.
La pandemia del covid fue la primera gran humillación de todo el planeta. Un pequeño virus podía obligar a todos los países (grandes o pequeños, desarrollados o subdesarrollados) a confinar a sus poblaciones para evitar el contagio y la transmisión. A día de hoy, no sabemos si esa experiencia nos va a servir para evitar otras pandemias o ha sido una primera advertencia de lo que viene, y hemos optado por no planteárnoslo. La seguridad se ha convertido en el principal valor de las sociedades, por encima de la calidad de vida, hasta el punto que todo el sistema económico y social quedaría en entredicho si las autoridades se manifestasen públicamente incapaces de evitar que surjan más pandemias.
Enfermedades e insectos de climas cálidos están causando graves problemas en la ganadería y en la agricultura
Preferimos suponer que hemos adquirido nuevas armas frente a los virus que pueden afectar a los humanos, pero la creciente aparición de epidemias animales indican que nos enfrentamos a retos cada vez más preocupantes para los que seguimos sin tener soluciones realmente eficaces que no sean los confinamientos.
En un ámbito tan seguro como el español, tanto por los medios técnicos y los conocimientos de los profesionales como por el relativo aislamiento del país, una península en la que el mar es su principal frontera, se están encadenando las epidemias animales. En los dos años precedentes, la cabaña vacuna se ha visto afectada por el desastroso episodio de la Enfermedad Hemorrágica Epizoótica (una plaga originaria de Norteamérica para cuya propagación son imprescindibles los mosquitos culicoides, que han llegado con el calentamiento), y la lengua azul. En lo que va de año, además de tener que lidiar algunos rebrotes, nos hemos vuelto a ver en la necesidad de cerrar las ferias, esta vez por la dermatosis nodular contagiosa, una enfermedad del África subsahariana, y a confinar ahora todo el sector avícola, por la gripe aviar, en la que basta el paso de aves migratorias enfermas para contagiar a las poblaciones residentes.
En el último recodo del año, el protagonista ha sido el cerdo, y no por los jamones navideños sino por la aparición de gripe porcina en jabalíes un lugar de Barcelona. A pesar de ser un foco muy localizado, puede suponer una catástrofe para el sector, si se llegan a cerrar las exportaciones como ocurrió con la epidemia anterior. Por el momento, las restricciones de algunos mercados y los temores de todos ya han provocado una fuerte caída de los precios.
La Consejería cántabra de Medio Rural ha gastado millones de euros en controlar las epidemias más recientes en las explotaciones, pero cada vez que hay que cerrar las ferias de ganado, las pérdidas se multiplican, se pierden mercados y se resiente toda la economía de la zona, no solo la de los ganaderos.
La agricultura tampoco se libra, aunque su importancia económica en Cantabria sea menor. En lugares de cultivos intensivos, como el Levante español, están muy acostumbrados a luchar contra las plagas, con unos biocidas cada vez más potentes y más caros, pero muchos de nuestros cultivos son rústicos y llevan centurias aprendiendo a defenderse, por lo que no habíamos tenido grandes problemas desde que la filoxera y el mildiu acabaron con los viñedos históricos.
Esa relativa tranquilidad la ha roto un visitante inédito, el picudo rojo, que está matando nuestras palmeras, sin que autoridades ni particulares tengan capacidad de respuesta, o la avispa asiática, otra recién llegada, que se multiplica y acaba con las abejas, lo que demuestra que la subida de las temperaturas ya está provocando problemas que no sabemos resolver. Ni siquiera el de otras plagas autóctonas que parecían controladas, como la de las ratas que desafían los miles de cebos envenenados empleados por el Ayuntamiento de Santander.
Siempre ha habido plagas pero nos estamos enfrentando a muchas nuevas para las que no estamos preparados y que empiezan a originar graves pérdidas, no solo daños estéticos o incomodidades, como puede ocurrir con las palmeras.
Hubo mucha presión política para controlar los lobos, pero los ganaderos y los avicultores tienen otras preocupaciones que no levantan tanta polvareda, como la psila africana que afecta a los limoneros, el nematodo de la madera o las orugas soldado en campos y maizales. Una multiplicación de autoinvitados indeseables que, como la invasión de salpas y de algas foráneas en las playas, llegan por el calor, el tráfico comercial o adosados al casco de los barcos, y ya no pueden considerarse anécdotas molestas sino un grave problema ambiental y económico.



