Dieciocho años de poder

Recuerdo el día en que el administrador de las hermanas Pérez, propietarias de la finca de Mataleñas, le decía amargamente a mi padre, que gestionaba con él parte de esas propiedades: “Jesús, esto no nos lo hacen ni los comunistas”. Le llevaban los diablos, a él que era un hombre muy conservador, porque el alcalde Hormaechea acaba de presentarse con una excavadora frente a los muros de la finca de Mataleñas y había ordenado derribar lo suficiente como para hacer una entrada, sin más preámbulo legal ni expropiación. A la mañana siguiente, sobre aquella tosca entrada ya había un cartel que rezaba ‘Parque Municipal’. Efectivamente, es seguro que los comunistas no se hubieran atrevido a tanto y, por insólito que parezca ante semejante chapuza legal, las hijas del armador Ángel Pérez –que hubiese amasado una de las mayores fortunas del planeta si la I Guerra Mundial dura algún tiempo más, gracias al inmenso negocio que estaban haciendo sus barcos con la neutralidad española– no consiguieron gran cosa, a pesar de llevar el pleito hasta Burgos, que entonces era nuestra cabecera judicial.

Así era Hormaechea. Podía ejecutar por la mañana lo que él mismo imaginaba por la noche, con absoluto desprecio de la ley y de los pocos altos funcionarios municipales que se atrevían a sugerirle un procedimiento más ortodoxo. Así expropió esa inmensa finca de valor incalculable y bastantes otras, a precios absolutamente ridículos. Lo bueno es que hoy podemos disfrutar de esos parques que otro alcalde más comedido no hubiese conseguido nunca.

Esa forma de actuar acabó por ser su perdición como presidente regional, incapaz de entender que sus poderes ejecutivos eran mucho menores que los de un alcalde y que debía someterse al control parlamentario, algo que no podía digerir quien en los plenos municipales menospreciaba a sus rivales con la desdeñosa sentencia de “no hay nada más inútil que un concejal de la oposición”.

El tacto no era precisamente una virtud de Hormaechea, ni siquiera con los más próximos, a pesar de lo cual levantaba unas lealtades perrunas. Nunca pude entender que aquella pequeña corte que le rodeaba le admitiese tamañas humillaciones con el argumento de ‘Juan es así’. Era más perdonable de noche, cuando entre algunos vahos alcohólicos se sentía un poeta en un mundo vulgar incapaz de entenderle, incluidos los que le votaban. Él estaba en otra órbita, la de los clásicos franceses, la de quienes tenían en un trono a las mujeres y la de los aventureros afrikáners perdidos por las grandes llanuras del continente negro.

Al incluir todas estas referencias, sus inacabables conferencias de prensa eran tan confusas que no se sabía a dónde pretendía llegar, sobre todo en su segundo mandato como presidente, cuando ya no podía ofrecer obras ni actuaciones de ningún tipo que costasen dinero, porque no lo había, y se limitaba a transmitir sus reflexiones. Los periodistas, temerosos de trasladar ese estado de confusión mental del presidente, pactaban a la salida una reinterpretación que pudiese poner aquello en cristiano y así llegó a parecer que había una mínima coherencia en aquella locura de Gobierno, casi sin consejeros, porque le habían dimitido la mayoría, y con el presidente ocupado exclusivamente en recabar pruebas y argumentos para su juicio.

Los periódicos locales, perfectos conocedores de lo que pasaba allí dentro, lavaron su imagen y Cantabria vivió esos cuatro últimos años de mandato una situación desquiciada, sin dinero, rechazando el Objetivo 1, sin acudir a las reuniones en los ministerios y sin que ninguna autoridad nacional quisiera aparecer por la región. Al impedir una salida política, el asunto acabó por resolverse en los tribunales, mucho peor para todos.

Años después me envió sus memorias para que las publicase, lo que me extrañó mucho, porque fui muy crítico con esa época, pero eran impublicables. Un alegato exculpatorio muy tedioso y extraordinariamente reiterativo, en el que se defiende de esas acusaciones, en algunos casos con razón. Se había quedado sin valedores. A su segundo juicio solo acudieron tres personas a apoyarle, de los 151.000 votantes que llegó a tener y constructores a los que hizo ricos hacían como que no le veían en la acera esperando el autobús bajo un paraguas para ir a su despacho. Hormaechea acabó siendo muy incómodo para todos, empezando por el PP y siguiendo por los contratistas, más preocupados por estar a bien con el que llega. Sus dieciocho años de poder (diez en el Ayuntamiento y ocho en el Gobierno) fueron más de los que ha tenido nadie en Cantabria y dieron mucho de sí pero había jugado con fuego mucho tiempo y acabaron como el rosario de la aurora.

Alberto Ibáñez

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