Cuando hasta los empleos más deseados dejan de serlo
Durante décadas, conseguir un puesto en Solvay, en Nestlé o en el Banco Santander era alcanzar la meta profesional deseada para miles de trabajadores cántabros. Eran empresas asociadas a estabilidad, salarios por encima de la media y una carrera profesional previsible. Entrar en una de ellas equivalía a resolver buena parte de las incertidumbres que acompañan a cualquier vida laboral.
Por eso resulta tan llamativo lo ocurrido en los últimos meses, cuando el número de trabajadores dispuestos a acogerse voluntariamente a las bajas incentivadas ha superado ampliamente las necesidades de ajuste de estas empresas. No hablamos de sectores en crisis ni de compañías al borde del cierre, sino de dos de las mayores referencias industriales de Cantabria y del Banco Santander, que no ha querido extender las prejubilaciones a los 50 años como le pedían los sindicatos.
¿Qué está ocurriendo para que tantas personas quieran abandonar voluntariamente empleos que eran considerados un privilegio? La respuesta contradice algunos de los relatos más extendidos sobre la situación económica. Con frecuencia se sostiene que los datos macroeconómicos ofrecen una imagen demasiado optimista, que el crecimiento no llega a la economía real y que las nuevas generaciones tienen peores perspectivas que las anteriores. Lo ocurrido en estas empresas invita a matizar esa visión.
Es cierto que existen problemas evidentes. El acceso a la vivienda se ha convertido en un quebradero de cabeza para los jóvenes, el coste de la vida ha aumentado y algunos servicios básicos son más caros que hace unos años. Pero también es cierto que las decisiones de los trabajadores suelen ser un buen termómetro de las expectativas económicas, y las que muestran quienes han solicitado estas salidas voluntarias son sorprendentemente positivas.
Otra lectura tiene que ver con la transformación del mercado laboral. Los empleos industriales tradicionales siguen estando bien remunerados, pero ya no disfrutan de la exclusividad que tuvieron durante décadas. Hoy existen más oportunidades profesionales, más movilidad geográfica y más sectores capaces de ofrecer salarios competitivos a trabajadores cualificados.
Hay además un factor generacional que no debería subestimarse. Durante años se asumió que la estabilidad era el principal objetivo de cualquier trabajador. Hoy, son cada vez más los que ponen por delante la flexibilidad, la conciliación, la autonomía o la posibilidad de emprender nuevos proyectos.
Quienes deciden marcharse parecen convencidos de que no están haciendo un mal negocio. Por un lado, cuentan con incentivos económicos atractivos para hacerlo. Por otro, creen que el mercado laboral les permitirá encontrar otro puesto semejante o incluso mejor.
Esa percepción refleja un nivel de confianza que rara vez aparece en los análisis económicos. Nadie abandona voluntariamente un empleo estable y bien remunerado si piensa que después le espera un largo periodo de desempleo o una pérdida sustancial de ingresos. El hecho de que tantos trabajadores estén dispuestos a asumir ese paso indica que perciben oportunidades reales.
Hace veinte o treinta años muy pocos empleados habrían renunciado voluntariamente a uno de los puestos más codiciados de la región, donde, quien conseguía entrar, procuraba permanecer hasta la jubilación. Hoy, en cambio, hay quienes entienden que pueden aprovechar una indemnización en metálico y reengancharse después a un mercado laboral que consideran dinámico y receptivo para perfiles cualificados.
Eso debería llevarnos a una reflexión más profunda. Tal vez la verdadera noticia no sea que Solvay, Nestlé o el Banco Santander hayan planteado ajustes de plantilla. La verdadera noticia es que el empleo de calidad, que durante décadas fue la aspiración de varias generaciones, ya no ejerce el mismo poder de atracción y retención. Y el mensaje de quienes se han ofrecido a irse demuestra que existe una confianza considerable en la capacidad de la economía para generar nuevas oportunidades laborales.
Alberto Ibáñez



