‘Las gafas son el mejor formato para integrar la IA en la vida cotidiana’
BRUNO CENDÓN, RESPONSABLE DE DESARROLLO DE DISPOSITIVOS CON IA EN META
El cántabro Bruno Cendón es uno de los pocos españoles que tienen un puesto ejecutivos en Meta (la compañía propietaria de Facebook, Whatsapp e Instagram). En la sede de Silicon Valley, es uno de los responsables de desarrollar las nuevas generaciones de dispositivos de inteligencia artificial, como las gafas inteligentes, que fotografían, graban, realizan llamadas telefónicas o responden las consulta de sus usuarios. Esa posición privilegiada le permitió desgranar, en la última edición del Círculo Empresarial Cantabria Económica, las claves de la próxima revolución tecnológica, marcada por una computación más integrada en la vida cotidiana.
La computación ha vivido tres grandes revoluciones tecnológicas. Primero llegaron los ordenadores, luego los chips y por último, los teléfonos móviles, unos dispositivos que han logrado hacerse un hueco en el bolsillo de todos los ciudadanos, pero con un margen de mejora en su diseño y funcionalidades cada vez menor.
El ingeniero cántabro Bruno Cendón, responsable de la arquitectura de sistemas para la próxima generación de dispositivos de Inteligencia Artificial (IA) en el gigante norteamericano Meta, creado por Mark Zuckerberg, cree que las gafas inteligentes serán las protagonistas del siguiente salto tecnológico. “La próxima revolución será la de una computación que vestimos, integrada en nosotros mismos”, aseguró en la última edición del Círculo Empresarial de Cantabria Económica. Tan integrada en la imagen propia que su compañía ha optado por establecer alianzas con grandes diseñadores de moda para que sus gafas no solo sean inteligentes sino que incorporen el mayor glamour posible, un empeño que ya resulta evidente en los últimos modelos.
Las gafas sustituirán al móvil
Atrás quedan los años en los que cada lanzamiento de un smartphone marcaba un punto de inflexión. A día de hoy, los nuevos teléfonos móviles introducen mejoras sutiles que rara vez transforman la experiencia de usuario, como procesadores más rápidos, baterías ligeramente más eficientes o cámaras más robustas.
‘La próxima revolución será la computación que vestimos’
Por ese motivo, en los últimos años las grandes compañías llevan unos años experimentando con otros dispositivos, desde cascos de realidad virtual hasta las primeras gafas inteligentes. Un proceso de prueba y error en el que “no siempre se acierta”, reconoció Cendón, pero que resulta imprescindible para identificar las tecnologías que mejor encajarán en la vida cotidiana del usuario.
En su intervención, recordó intentos anteriores como las primeras gafas desarrolladas por Google o los dispositivos de realidad virtual que, pese a sus avances, no han conseguido entusiasmar a los usuarios, por su tamaño, peso, incomodidad o su escasa integración en el día a día.
Gafas inteligentes, pero también de diseño

Llevar algo en la cara es algo muy personal”. Por ese motivo, la apuesta actual de los grandes tecnólogos, como Meta, pasa por dispositivos que combinen funcionalidad y estética. Ajustarse a los diseños que proponía Rayban para su tercera generación de gafas inteligentes ha sido todo un reto: un modelo liviano que apenas supera en unos gramos el peso de las gafas convencionales, aunque incluye nueve chips, cámaras, baterías y un pequeño aparato de apenas cinco gramos que va en el bolsillo.
Gracias a la IA multimodal, que procesa de manera simultánea vídeo, audio e imágenes, basta que el usuario le pida a Meta AI que grabe para que las gafas registren lo que está viendo o respondan a sus preguntas sobre el entorno en tiempo real.
Ante el centenar de empresarios presentes, Cendón ilustró este potencial con ejemplos concretos, desde la posibilidad de traducir y resumir automáticamente un texto en otro idioma con solo mirarlo o interactuar con asistentes virtuales que responden por voz.
Las gafas pueden, por ejemplo, proporcionar recetas a partir de los ingredientes disponibles en el frigorífico y pronto le guiarán al usuario para llevarlas a cabo paso a paso mediante indicaciones proyectadas sobre el cristal.
Este tipo de aplicaciones anticipan una evolución hacia la “inteligencia visual”, donde la tecnología actúa como un asistente permanente que puede recordarle al usuario dónde se ha dejado las llaves del coche o recuperar una información vista previamente.
El ingeniero cántabro reconoció que la colaboración con los diseñadores es fundamental para encontrar un punto intermedio entre la máxima capacidad tecnológica y un diseño aceptable para el usuario. Un equilibrio que no es fácil de alcanzar, ya que los equipos técnicos pretenden integrar cada vez más funcionalidades, mientras que los diseñadores no están dispuestos a renunciar a la estética de las gafas convencionales.
De ese afán de entendimiento han surgido los últimos modelos en los que la tecnología, extraordinariamente miniaturizada, queda integrada en las patillas o en el marco de la gafa sin resultar invasiva.
Inteligencia artificial
Más allá del hardware, el verdadero salto cualitativo ha llegado de la mano de la inteligencia artificial. En su opinión, las gafas son el soporte idóneo para esta tecnología, al situarse allí donde están los ojos y los oídos del usuario, a diferencia de lo que ocurre con los teléfonos móviles, que obligan a desviar la mirada para interactuar con ellos.
No obstante, Cendón reconoció que la tecnología aún no está completamente preparada para cumplir esas expectativas. Los dispositivos más sofisticados requieren componentes complejos, elevados costes de producción y, en algunos casos, equipos auxiliares para procesar la información, lo que limita su éxito comercial a gran escala. “Podríamos fabricar unas gafas muy avanzadas, pero serían extremadamente caras y difíciles de producir”, matizó. Por el momento, Meta ha preferido centrarse en modelos más populares, con precios que parten de los 300 euros.
Desventaja europea
El desarrollo de la IA y las infraestructuras que la sostienen —desde centros de datos hasta redes de comunicaciones— requieren una acumulación de capital que, hoy por hoy, deja a Europa en clara desventaja frente a otras potencias.
Las grandes compañías tecnológicas estadounidenses y chinas realizan inversiones masivas que, por sí solas, superan ampliamente el esfuerzo conjunto de los países europeos. Esta diferencia no responde solo a una cuestión de tamaño empresarial, sino también a la estructura del mercado. Mientras que en Estados Unidos o China existen firmas con capacidad para asumir grandes proyectos de forma individual, en Europa ese músculo financiero está mucho más fragmentado.
En su opinión, la única forma de competir en igualdad de condiciones consistiría en plantear estrategias coordinadas: “No hay empresas que puedan alcanzar ese nivel de inversión y Europa tendría que hacer un esfuerzo paneuropeo para crear esas infraestructuras”.
Defendió que Occidente busque proyectos que permitan generar ecosistemas tecnológicos propios, como iniciativas vinculadas a centros de datos, computación avanzada o inteligencia artificial.
Experiencias inmersivas para las inmobiliarias
La realidad virtual ya forma parte de la estrategia comercial de buena parte del sector inmobiliario. Promotoras, agencias y estudios de arquitectura utilizan recorridos digitales para mostrar viviendas que aún no existen o que se encuentran en reforma. Estas herramientas permiten explorar estancias a partir de modelos 3D, modificar acabados o anticipar distribuciones. En el caso de los inmuebles ya construidos se utilizan visitas 360º como apoyo al proceso de venta o alquiler. Cendón apuntó a un escenario en el que la experiencia inmersiva deje de depender de dispositivos externos para integrarse directamente en la percepción del usuario, un objetivo que estará al alcance de las gafas inteligentes en los próximos años.
En la élite tecnológica
Bruno Cendón, que ya tiene la doble nacionalidad estadounidense, ha logrado abrirse camino en uno de los sectores más competitivos del mundo, el tecnológico, y hacerlo además desde Silicon Valley, epicentro global de la innovación.
Al acabar sus estudios universitarios, a finales de los 90, se trasladó a Francia para incorporarse a la conocida multinacional Motorola, donde durante una década vivió muy de cerca la intensa transformación que se estaba produciendo en las telecomunicaciones.

Tras el cierre de la sede en la que trabajaba, regresó a Cantabria y formó parte de la startup TST, especializada en productos IoT (internet de las cosas) a medida. Reclamado más tarde por un antiguo compañero que había recalado en Meta, se estableció en California, donde sus responsabilidades han ido creciendo.
Cendón trabaja ahora en los chips y las gafas que saldrán al mercado a finales de la década
Ahora, en Meta es uno de los encargados de la planificación tecnológica a largo plazo y dar forma a los dispositivos que se van a utilizar en ese futuro. Eso pasa por diseñar, por ejemplo, “los chips que van a ir en las gafas en 2029 o 2030”, señaló.
Este proceso implica una estrecha colaboración con fabricantes de semiconductores, para buscar conjuntamente soluciones a medida que respondan a las exigencias de los dispositivos. A diferencia de otros productos electrónicos, las gafas requieren integrar una gran capacidad de procesamiento en un espacio muy reducido, con limitaciones estrictas de consumo energético (las baterías también han de ser mínimas, para poder incrustarlas en una de las patillas), peso y disipación térmica.
Esta sofisticación tecnológica choca, por el momento, con la viabilidad comercial, ya que las gafas inteligentes más avanzadas que se podrían fabricar en este momento costarían varias decenas de miles de euros y esa barrera haría imposible su popularización. Eso no impide, no obstante, que existan determinados clientes, como el sector militar, dispuestos a asumir ese coste.
La clave para democratizarlas sin penalizar el diseño está, según el ingeniero cántabro, en reducir esa complejidad sin perder funcionalidad, algo que obliga a optimizar cada componente hasta el extremo y a diseñar arquitecturas más eficientes cada vez.
Proyecto Altamira
Bruno Cendón se refirió también al proyecto Altamira, una de las iniciativas más ambiciosas vinculadas al desarrollo de la computación avanzada en Cantabria, que requerirá una inversión de 3.600 millones de euros. “Siempre soy tecnopositivo. Creo que es una buena noticia siempre y cuando se ejecute bien y puede servir para crear riqueza y atraer más”, dijo.
Recordó que el auge de la inteligencia artificial está multiplicando la necesidad de estos centros de datos (la nube de internet) y que son gigantescos consumidores de energía. Por eso advirtió que podría llegar un momento en el que “no haya suficiente computación o no haya suficiente energía”.

También previno sobre las barreras administrativas a las que se enfrentan estos proyectos, que requieren tiempos de ejecución muy ajustados, lo que contrasta con la lentitud de la burocracia. Esta circunstancia, lamentó, condiciona a territorios que aspiran a atraer inversiones estratégicas en el ámbito digital.
Que Cantabria disponga de un megacomplejo como el de Altamira puede situarla en una posición de referencia pero Cendón matizó que cada vez son más las compañías que prefieren alquilar capacidad de procesamiento en lugar de levantar sus propios centros, una estrategia que les permite ajustar su consumo de computación a la demanda real de cada momento y reservar recursos para ganar tamaño.
Gestión de los datos
La inteligencia artificial avanza a la misma velocidad que crece su dependencia de los centros de datos. Cada interacción y cada consulta alimentan modelos que aprenden del comportamiento del usuario hasta volverse progresivamente más personales. Por ese motivo, cobran especial importancia las normativas para proteger y distribuir esa información.
El ingeniero cántabro recordó que la Unión Europea obliga las grandes plataformas a garantizar que los datos de los usuarios de los estados miembros se almacenen únicamente en servidores ubicados en el territorio comunitario, y cualquier empresa que desee operar con modelos de inteligencia artificial en el continente debe ajustarse a esa exigencia. Por eso, relativizó el problema de que dispositivos chinos que compiten con los de Meta puedan provocar una fuga de datos: “Si los chinos quieren traer y utilizar aquí sus modelos de gafas inteligentes u otros dispositivos, también van a tener que tener los datos en Europa”, aclaró.
David Pérez



