JOSÉ MARÍA LAFUENTE: ‘Jamás pensé que acabaría siendo empresario’
El propietario de Quesería Lafuente, José María Lafuente, desgranó en la última edición del Círculo Empresarial de Cantabria Económica los hitos que transformaron una pequeña quesería artesanal que facturaba unos 60.000 euros al año en uno de los mayores grupos queseros del país, preparado para alcanzar unas ventas anuales de 500 millones. Parte del éxito de la compañía, que ha adquirido varias fábricas fuera de Cantabria y está ampliando su planta de Heras, se debe a la estrecha colaboración comercial que mantiene con Mercadona, un gigante de la distribución para el que fabrica todo tipo de quesos. Simultáneamente, José María Lafuente ha recopilado uno de los mayores archivos del mundo sobre las vanguardias artísticas del siglo XX, que ha pasado a manos del Estado.
Es difícil definir con una sola palabra el origen de José María Lafuente, porque sus padres, asturianos y vinculados a la actividad editorial, sufrieron los rigores de la posguerra civil por su ideología de izquierdas, y tuvieron que desplazarse primero a León, donde nacieron sus hermanos, y más tarde a Galicia. Allí nació él, en 1957, y allí aprendieron ellos a hacer quesos. En Galicia por entonces no era fácil conseguir la leche (solo se producía para autoconsumo) y acabaron desplazándose a Cantabria.
Con el tiempo, este empresario hecho a sí mismo y que se considera cántabro, convirtió la quesería artesanal fundada por su padre, con cinco trabajadores, en uno de los mayores grupos alimentarios de España. Una evolución aún más llamativa si se añade que, simultáneamente, ha recopilado uno de los archivos más importantes del mundo sobre las vanguardias artísticas del siglo XX, de las que es un estudioso.
‘Mercadona es una de las mejores cosas que nos han pasado’
Su éxito en el campo empresarial es incontestable. El Grupo Lafuente factura más de 400 millones de euros al año, opera en más de 40 países y cuenta con cinco plantas de producción en España –dos en Heras y el resto repartidas por Asturias, Murcia y Castilla-La Mancha– en las que trabajan casi 1.300 personas.

En la última edición del Círculo Empresarial de Cantabria Económica, Lafuente dejó claro que dirigir su negocio le ha deparado grandes satisfacciones, aunque en su juventud tuviese otros intereses: “Jamás pensé que acabaría siendo empresario. Siempre tuve mucha afición por el arte y lo que verdaderamente me hubiera gustado estudiar era Historia del Arte, pero en casa no me dejaron porque había que estudiar algo de provecho”.
A comienzos de los años 80, mientras gestionaba un traslado académico, comenzó a trabajar de manera temporal en la quesería familiar y, lo que iba a ser un apoyo puntual de unos meses se convirtió en un compromiso a largo plazo cuando su cuñado, que estaba al frente de la empresa, sufrió un problema de salud. Sin ser consciente de ello, iniciaba una carrera profesional que ahora supera las cuatro décadas, pero que empezó con muchas dudas sobre sí mismo: “Al principio fue durísimo, porque no entendía nada ni creía que estuviera hecho para ello”, confesó.
Con buena parte de su primer salario, de 50.000 pesetas, adquirió una serigrafía del artista madrileño Eduardo Arroyo, a quien décadas más tarde le compraría todo su archivo. Esa pieza fue la primera de las 138.000 que llegaron a componer el Archivo Lafuente, una colección que creó en 2002 y fue adquirida por el Estado en 2022, que incluía unas 19.000 obras originales, desde pinturas, esculturas, dibujos, fotografías y collages hasta correos y proyectos audiovisuales.
La alianza que lo cambió todo
La relación de Quesería Lafuente con Mercadona marcó un punto de inflexión en su trayectoria. La compañía presidida por Juan Roig le ofreció la posibilidad de convertirse en uno de sus proveedores. Al principio se mostró reticente pero, tras comprobar que sus productos comenzaban a venderse cada vez más en los supermercados, decidió aceptar la propuesta. Hoy, no oculta la importancia que ha tenido para él la cadena valenciana: “Mercadona es una de las mejores cosas que nos han pasado”, reconoció.
En ese momento, Lafuente compró la fábrica asturiana de Mantequerías Arias para producir los quesos frescos italianos –mozzarella, burrata y mascarpone— de los que abastecería a Mercadona.

Para llegar a ser uno de los que Mercadona denomina sus ‘interproveedores’ (quienes fabrican sus marcas) no basta con ofrecer un buen producto al precio más competitivo posible. Es fundamental garantizar entregas puntuales y volúmenes estables durante todo el año, todo un reto para cualquier quesería, pero especialmente para las de queso de cabra, como la que Lafuente compró en Murcia (Montesinos) si se tiene en cuenta que la demanda crece en invierno y la producción láctea puede llegar a caer un 70% en esos meses. De hecho, Lafuente ha sido pionero en negociar los aprovisionamientos de leche con los ganaderos a través de contratos de larga duración, lo que ofrece seguridad a ambas partes.
El grupo cuenta con medio centenar de ganaderos de leche de vaca, que le proporcionan 120 millones de litros al año, y 300 de leche de cabra, que le aportan unos 40 millones. En esas cifras se constata las diferencias entre unos y otros. “La leche de cabra es el oro blanco y cada productor, imprescindible. Vivimos en un país que produce menos de lo que consume”, alertó Lafuente, convencido de que el crecimiento de la demanda de estos quesos y de la propia compañía dependerá, en buena medida, de garantizar la estabilidad de la cadena de suministro.
El empresario cántabro dejó claro en su charla que el secreto para mantener una relación duradera con Mercadona está en implicar a toda la plantilla en proporcionar la máxima calidad, una concienciación que también ha servido para impulsar las exportaciones: “Es difícil vender un millón de kilos de queso en el mercado holandés” (es el mayor productor del mundo), pero lo hemos conseguido gracias a esa cultura”, apuntó.
Las últimas compras
Lafuente está entre los cinco mayores productores de quesos de España y su crecimiento no se detiene, gracias a un plan de inversiones para el cuatrienio 2023-2027 dotado con 110 millones de euros, de los que 30 se han destinado a la adquisición de la antigua planta asturiana de Chupa Chups –ahora en desuso–, una instalación con 12.500 metros cuadrados en la que trabajarán medio centenar de personas para atender la creciente demanda de los quesos frescos envasados.
Poco antes de esa compra, la firma cántabra absorbió la empresa albaceteña Spanish Cheese, especializada en quesos manchegos con Denominación de Origen Protegida y con marcas prestigiosas, como La Cueva del Abuelo o La Leyenda.
La empresa ha destinado 30 millones a la compra de su segunda fábrica en Asturias
Esta filial es el principal brazo exportador del Grupo, ya que de los 24 millones que Spanish Cheese facturó en 2023, 21 millones se vendieron fuera del país, especialmente en mercados extracomunitarios.
Gracias a esa operación, Quesería Lafuente logró rebasar la barrera de los 400 millones de euros de facturación en el penúltimo año y el propietario del grupo reconoce la ilusión renovada que le ha producido esta planta, donde se reencuentra con las experiencias que vivió hace muchos años en la fábrica de Heras.
El viaje a Italia
Hay un episodio que José María Lafuente suele relatar como un punto de no retorno. No figura en los balances ni en los planes estratégicos, pero influyó de manera decisiva en el rumbo de la empresa.
En Madrid, frecuentaba un restaurante que usaba uno de sus quesos y observó que, en la elaboración de las pizzas, incluían mozzarella –un tipo de queso blanco y elástico absolutamente desconocido para él– sobre la masa aún caliente.
Aquello le motivó a viajar a Italia y visitar una decena de fábricas de quesos. Recorrió el país de norte a sur camuflado como técnico de una empresa alemana, una estrategia que le abrió las puertas a un mundo que, de otro modo, le habría estado vedado.

Aquel periplo fue “un viaje iniciático” que le permitió comprender cómo se elaboran la mozzarella, la burrata o el mascarpone, y regresó con la convicción de que España podía producir esos quesos frescos con el mismo rigor y ambición que los italianos.
Por aquella época, en 1994 se le presentó la oportunidad de adquirir la fábrica que Danone abandonaba en Cantabria y con ella se produjo el gran salto de su compañía.
Diez años más tarde entraría en el sector retail, tras adquirir una pequeña fábrica italiana de mozzarella cercana a Parma, que le sirvió de cabeza de puente para sus planes de expansión. Con ese movimiento, pudo complementar la producción de Heras y atender el canal Horeca del mercado italiano y del sur de Francia.
Los inicios del Archivo
En las paredes del piso familiar en el que José María Lafuente vivía en el Santander de los 60, estaban colgados dos reproducciones de Picasso, un boceto del Quijote y Sancho y el Guernica. Quizá –como él mismo se plantea–, fueron el germen que despertó su interés por el arte desde la infancia. Ya en el Bachillerato empezó a dejarse ver en las exposiciones del Museo del Prado, en las que se ensimismaba durante sus viajes a Madrid.
Tras la compra de aquella primera pieza de Arroyo, comenzó a adquirir otras obras de manera intermitente y a compartir conversaciones con artistas locales, sin pretensión alguna de crear una colección. Era el gesto espontáneo de alguien cuyo interés no era otro que satisfacer una inquietud personal.
Desde finales de los ochenta, ese vínculo con el arte fue in crescendo. En la capital, frecuentaba la Galería Moriarty, uno de los espacios que canalizaron la efervescencia cultural que acabó conociéndose como la Movida Madrileña. Aquel contacto le permitió asomarse a una escena artística viva y experimental, aunque todavía en construcción.
‘El Archivo es la mayor compra del Estado después de la colección Thyssen’
El verdadero punto de inflexión llegó ya entrado el nuevo siglo. Entre 2001 y 2002, dos encuentros cambiaron de manera definitiva su forma de entender lo que estaba reuniendo casi sin darse cuenta.

El primero fue conocer a Pablo Beltrán de Heredia, un intelectual clave en la historia cultural española del siglo XX. Beltrán de Heredia había sido el muñidor de los históricos Encuentros de Altamira celebrados en Santillana del Mar a finales de los 40, y conservaba los documentos que permitían reconstruir aquel momento decisivo para la modesta vanguardia artística nacional. Lafuente descubrió entonces que aquel conjunto de cartas, actas y borradores tenían un gran valor explicativo para contextualizar el movimiento artístico de la época.
El segundo fue con Miguel Logroño, periodista y crítico de arte, impulsor del Salón de los 16, quien le convenció de que los folletos, catálogos, carteles, dibujos preparatorios y ediciones menores no son piezas secundarias, sino fundamentales para comprender la trayectoria de un artista y el contexto en el que ha trabajado. Una enseñanza que le llevó a compilar decenas de miles de documentos sobre autores y movimientos artísticos del siglo XX no solo en España, sino también en Europa y EE UU, adquiridos a sus protagonistas o a coleccionistas que habían acumulado importantes legados sobre estas materias.
Entre los materiales más queridos y singulares del Archivo que formó, José María Lafuente destacó dos piezas que impresionan por su valor artístico y la historia que encierran. La primera es La prosa del Transiberiano, una obra de principios de siglo XX creada por Sonia Delaunay, un desplegable que narra un viaje a través del Transiberiano, donde la literatura y la tipografía se entrelazan con el arte de forma casi hipnótica. La pieza, con cerca de dos metros de longitud y hasta 14 tipografías distintas, es un ejemplo excepcional de la experimentación vanguardista de la época.
La segunda joya que menciona es El almanaque del jinete azul, numerado como el segundo ejemplar de los 50 que compusieron la primera edición. Este libro, extraordinariamente raro, incluye una firma de Wassily Kandinsky, y Lafuente cree que “no se conservan más de tres ejemplares similares en el mundo”.

Con el paso de los años, el empresario reunió uno de los fondos artísticos más completos y exhaustivos que existen sobre estos movimientos vanguardistas del siglo XX, y en 2022 traspasó la propiedad al Ministerio de Cultura por casi 30 millones de euros. “Es la mayor compra que ha llevado a cabo después de la colección Thyssen”, reconoció José María Lafuente, cuyo deseo era que acabasen en manos del Estado español, aunque hubiese podido tener ofertas mejores: “No sé cuánto podría valer hoy ni lo que los dos museos más importantes del mundo hubieran pagado por ella”, respondía al ser interpelado por ello.
Para que el Archivo pasase a formar parte del Reina Sofía, puso una condición ineludible: debía quedarse en Cantabria, y eso le ha proporcionado otra satisfacción, la creación de un Reina Sofía en Santander: “Aunque se llame centro asociado, es la primera sede que va a tener el Museo fuera de Madrid”, recordó. “No sé cómo pude convencerles”.
En ese convenio se acordó llevar la colección al antiguo Banco de España de Santander. Las obras de reforma se adjudicaron en 2023 a la constructora Copsesa por casi 13 millones de euros y aunque el plazo de ejecución era de dos años, la previsión es finalizar los trabajos el próximo agosto, tras haber sufrido un retraso y un sobrecoste de 2,3 millones.
El empresario y coleccionista mostró su pasión por el arte, aunque también aclaró que disfruta al frente del negocio quesero, cuya buena salud financiera le ha llevado a poner en marcha varios proyectos para seguir creciendo.
Uno de ellos es la ampliación de la fábrica de Heras con una nave anexa de 4.751 metros cuadrados que permitirá aumentar la capacidad de producción y la eficiencia energética de la planta. La iniciativa supondrá un desembolso de casi 22 millones de euros –de los que el Ejecutivo regional aportará 5,4 millones como subvención– y cuando entre en funcionamiento requerirá la contratación de 60 o 70 personas.
En el ámbito cultural, la venta del Archivo no ha supuesto un punto final a la trayectoria de Lafuente como coleccionista, porque en pocos meses abrirá en la calle Hernán Cortés, de Santander, un espacio cultural con otras piezas que quedaron en su colección o que ha adquirido desde entonces, con las que se recreará el entorno más personal en el que se han desenvuelto muchos conocidos artistas. Un hito más en este año que va a suponer un descomunal salto en la oferta cultural de Santander, con la culminación, también, del MUPAC, Faro Santander y el Museo Reina Sofía-Archivo Lafuente.
El riesgo de invertir en arte

El CEO de Quesería Lafuente, José María Lafuente, considera “loable” adquirir obras de arte para disfrute personal, pero desaconseja invertir en piezas si la intención es buscar futuras rentabilidades.
El valor de una obra depende de tendencias culturales, del reconocimiento del artista y la existencia de compradores interesados en ese momento. Una pieza que hoy parece prometedora puede no encontrar salida mañana. Además, evaluar la autenticidad, su estado de conservación y procedencia requieren un conocimiento profundo. Por eso, advirte que quienes carecen de experiencia pueden sobrevalorar su colección y exponerse a pérdidas económicas importantes.
El realismo le llevó a recomendar que “quien quiera invertir en arte que compre un Picasso o un Miró [los valores seguros, que siempre tendrán compradores], y recordó experiencias recientes a tener en cuenta: “En la crisis de 2008, he visto dramas tremendos de personas que pensaban que tenían un gran patrimonio en su domicilio, pero las inversiones son para los especialistas”.
David Pérez



