Círculo Empresarial

’El tamaño de las empresas no tiene por qué ser un impedimento para investigar’

David González Pescador, presidente del Patronato del CTC:

En España hay más de medio centenar de centros tecnológicos, surgidos para que las empresas puedan acceder a equipos técnicos y humanos de investigación que no podrían sufragar con sus propios recursos ni estaría justificado tener en exclusividad. Uno de ellos, el CTC está ubicado en Cantabria y, desde 2011, es propiedad de un amplio grupo de empresas que lo ponen al servicio de toda aquella que quiera contratarlo para un proyecto determinado. Esa gestión privada le ha llevado a autofinanciarse, a pesar de la escasa dimensión de la comunidad autónoma, y a protagonizar investigaciones que pueden tener un importante rendimiento comercial. El presidente del patronato gestor, David González Pescador señaló en el último encuentro realizado por el Círculo Empresarial Cantabria Económica que el Centro “aspira a ser el socio tecnológico de todas las empresas de la región”.


España está en el Top 10 mundial de la investigación básica pero hay que bajar hasta el puesto 28 para encontrar a nuestro país en los rankings de investigación aplicada. Por algún motivo, somos poco dados a traducir esa capacidad investigadora en aplicaciones prácticas y el Centro Tecnológico de Componentes de Cantabria es una de las iniciativas creadas para cambiar esta situación. De él ha salido la posibilidad de usar el grafeno (la forma más básica del carbono) para hacer tejidos ignífugos, una aplicación con la que Textil Santanderina va a abrir un nuevo campo de negocio; un cemento más ligero e impermeable que Bathco empleará en una nueva gama de lavabos; o los tratamientos anticorrosión de metales que pueden alargar la vida de los barcos y aerogeneradores marinos, sometidos a un medio muy hostil.

David González Pescador, presidente de la Fundación empresarial que tutela el CTC y Beatriz Sancristóbal, directora de Proyectos, expusieron en el Círculo Empresarial Cantabria Económica las actividades del Centro que, tras atravesar unos años complicados, en poco tiempo ha duplicado el número de proyectos que maneja y la facturación.

Como muchos otros que surgieron a lo largo del país, el Centro Tecnológico de Componentes de Cantabria nació como un organismo dependiente de la Consejería de Industria para atender, especialmente, las necesidades de los pequeños y medianos fabricantes de piezas y componentes para automoción, que no podían mantener unas instalaciones de investigación propias. Era el año 2000, y el CTC pronto empezó a ampliar su perímetro con proyectos dirigidos al ámbito nuclear (otro sector industrial muy representado en la región) y en el campo de la automatización o robotización de empresas, en el que surgió una demanda creciente.

Las nuevas demandas que planteaban las empresas también le llevaron a investigar, a mediados de la década pasada, en energías renovables, sobre todo en la eólica marina, y en nanotecnologías, al estudiar los usos prácticos de un material microscópico que empezaba a hacer furor entre los científicos, el grafeno.

La variedad de los proyectos de investigación viene impuesta por las distintas necesidades que han surgido en la industria cántabra. Por lo general, el CTC actúa a petición de una empresa, que quiere resolver un problema técnico en su producción o abrir una nueva vía de negocio y sufraga la investigación, de forma que su trabajos son eminentemente prácticos. Beatriz Sancristóbal señala que, aunque los campos de investigación sean tan distintos “la ventaja de la tecnología es que se puede trasladar de unos sectores a otros”.

Aunque el Centro y sus investigadores acumulen ese acerbo de conocimiento, el resultado de cada proyecto es propiedad de la empresa que lo financia, y en la mayoría de los casos son pymes, lo que le sirvió a la directora de Proyectos del CTC para insistir a los empresarios presentes en que “el tamaño no tiene por qué ser un impedimento para investigar”. Trataba de desmontar, de esta forma, un equívoco que aleja a muchas empresas españolas de la innovación.

“El CTC es un especie de departamento de I+D+i externo, a disposición de todas las pymes” explicó González Pescador a los empresarios presentes. “La colaboración para innovar reduce los tiempos, incrementa la probabilidad de éxito y abre nuevas posibilidades que enriquecen las propuestas” dijo Sancristóbal. “Queremos ser vuestro socio tecnológico” apostillaron.

Parte de los asistentes al almuerzo con los responsables del Centro Tecnológico de Componentes de Cantabria.

Autofinanciado

En su década y media de existencia, el CTC ha vivido dos etapas distintas, ya que en 2011 perdió el carácter público. La Administración decidió que debían ser las empresas las que lo gestionasen y asumiesen su propiedad, lo que a su vez implicaba la obligación de autofinanciarse.

El proceso de privatización se aventuraba traumático, porque el Centro era tradicionalmente deficitario, pero finalmente 18 empresas de la región aceptaron asumirlo, haciendo una aportación a fondo perdido, y formaron el patronato que lo tutela. El hecho de que estas empresas hayan aportado el capital no quiere decir que se reserven su uso en exclusiva. Por el contrario, la estrategia va dirigida a que sean cada vez más los usuarios para garantizar su viabilidad y aumentar su dimensión, lo que permitirá contar con equipamientos más sofisticados y más investigadores.

Que el Centro se autofinancie es la única forma de garantizar su viabilidad, una vez privatizado, y ya lo consigue. Su presupuesto se cubre en un 52% con los contratos de investigación con las empresas y en otro 48% compitiendo con otros organismos y empresas por los proyectos de investigación que convocan las distintas administraciones, parte de ellos de ámbito europeo.

“En 2011 hubo que cambiar un modelo de financiación garantizada por otro que obligaba a buscarte la vida”, recordó González Pescador, para quien resultó decisivo el empeño que pusieron las personas que estaban en el CTC.

El Centro siempre ha sido consciente de la necesidad de colaborar con otros que existen en el territorio nacional y especialmente con los del País Vasco, donde solo Tecnalia tiene más de 1.400 trabajadores. Frente a esos colosos, el CTC, con 28 investigadores, es un centro modesto. “No podemos abarcarlo todo”, reconocen sus responsables, por muy variada que sea la formación de la plantilla, en las que predominan los ingenieros industriales, de Caminos, titulados navales, químicos y físicos. En realidad, la potencia de fuego del CTC es bastante mayor de la que representa su propia dimensión, ya que trabaja mano a mano con los departamentos de la Universidad de Cantabria en muchas investigaciones, pero la concurrencia a proyectos internacionales convence cada día a sus responsables de que no es posible limitarse a las fronteras regionales, y de que hay apostar por las alianzas y por la especialización.

El plan estratégico que marca las directrices del Centro también pretende extender su base de clientela local y ha abierto la posibilidad de compartir los riesgos con las empresas que soliciten su ayuda para desarrollar un proyecto. Un ofrecimiento que trata de facilitar aún más el acceso de las pymes a la I+D+i.

Juan Manuel de la Colina, de la calderería Degima, expuso su experiencia personal como constatación del trampolín que supone el CTC para muchas pymes: “Nosotros no somos investigadores pero tener un centro tecnológico en la región nos da mucha seguridad para acudir a proyectos europeos o para afrontar otros que, simplemente, desbordan nuestro ámbito”, explicó.

Los costes de investigación en el Centro Tecnológico son muy competitivos, según su directora de Proyectos, “y mucho más si se comparan con los de Alemania o Reino Unido, por ejemplo”. Es una de las ventajas pero no la única, para captar clientela, que en  muchos casos acude con nuevos proyectos una vez concluido el que suscitó la primera colaboración.

A preguntas de los empresarios presentes, Sancristóbal reconoció que no siempre tienen éxito los proyectos “pero a veces ese fracaso te ahorra otros”, dijo.

La evolución del CTC no es indicativa del marco en el que se mueve la investigación en España, un aspecto que tampoco estuvo ajeno al debate, y David González Pescador lamentó la evolución que ha tenido el país en este terreno. “Es muy triste”, dijo, “el deterioro de la política española en I+D+i, que se refleja en el último informe de la Fundación Cotec”. “Y los españoles nos jugamos con ello una parte importante de nuestro futuro”, advirtió en el cierre de un encuentro que sirvió para que el CTC se acerque a las empresas de la comunidad autónoma como un aliado leal en sus necesidades de ponerse al día a través de la innovación.

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