‘Un buen cabello lo cambia todo’

JOSÉ ANTONIO FIGUERO, PELUQUERÍAS FIGUERO:

P.- La vista de este salón en el que hacemos la entrevista resulta cuanto menos curiosa. ¿Qué podemos encontrar aquí?

José Antonio Figuero.- Unas 2.500 pelucas y prótesis capilares de todos los colores, modelos y tamaños. Más de las que tienen muchos fabricantes en su almacén. Pero, lo más importante no es solo la variedad, sino el asesoramiento que ofrecemos a nuestros clientes. Cada persona necesita algo distinto. Por ejemplo, alguien que ha pasado por un tratamiento de quimioterapia suele estar más pálido y tenemos que buscarle tonos favorecedores que le ayuden a sentirse mejor.

P.- ¿Qué tipo de clientes suelen visitarle?

R.- La mayoría son mujeres que se enfrentan a enfermedades, tratamientos médicos o pérdida de volumen, pero también vienen hombres que sufren por la caída del cabello. Verse sin pelo puede convertirse en un problema importante a nivel emocional, por eso, muchas personas quieren recuperar su imagen mientras esperan a que vuelva a crecer, algo que puede tardar, ya que crece aproximadamente un centímetro al mes.

La pérdida de cabello afecta a las personas mucho más de lo que parece. La gente deja de hacerse fotos, de salir a la calle, incluso de comprarse ropa, porque no se ve bien. Un buen cabello cambia la actitud, la autoestima… lo cambia todo.

P.- Y ¿ha evolucionado el perfil de la clientela con el tiempo?

R.- Sí, ahora son cada vez más jóvenes. Lo mismo que han aumentado otras soluciones como los injertos o la micropigmentación, también lo ha hecho el uso de prótesis capilares. Pero hay que tener cuidado en quien confiar porque se ven por la calle muchos trabajos mal hechos, y hay que hacer las cosas bien.

P.- ¿Qué le hace a usted diferente?

R.- Además de la gran variedad de pelucas y prótesis que tengo aquí para que cada cliente pueda elegir, haber sido el primero en Cantabria en dedicarme a esto y en trabajar con el fabricante Rueber, que las hace de una forma personalizada, pelo a pelo. Cada prótesis se adapta al cliente en el color, las mechas, el estilo…

P.- ¿Son muy caras las pelucas?

R.- Los precios son razonables. Van de 400 a unos 1.300 euros.

P.- ¿Cómo se inició en este mundo?

R.- Llevo toda la vida en esto. A los 14 años ya estaba aprendiendo con mi padre, que tenía una peluquería en la Plaza de la Catedral. A los 16 años abrí mi primera peluquería y a los 22 gané el campeonato provincial de peluquería masculina. En realidad, yo iba derecho a trabajar en un almacén de perfumería, pero desde muy pronto empecé a cortar el pelo por la zona de Carriazo, de donde era un amigo mío. Iba en bici para cortar el pelo por los bares, donde se ponían en filas de quince, y por las casas, lavándoles en los fregaderos de piedra de entonces. Después, cuando hice la mili en el Sáhara, a principios de los setenta, hacía cortes a navaja a mis compañeros y hasta a los oficiales, y les cobraba 75 pesetas.

P.- ¿Cómo fue a partir de entonces su trayectoria?

R.- Con el tiempo seguí abriendo peluquerías en Santander (en Lealtad, San Fernando, Menéndez Pelayo y calle Castilla, donde también tuvimos una escuela) y en Solares, hasta que llegamos a este entresuelo de Amós de Escalante, en el que ofrecemos peluquería y este servicio de atención personalizada en prótesis capilares y volúmenes.

En eso me he especializado desde que era muy joven, ayudando a verse bien a personas que han perdido densidad de cabello, muchas de ellas por causas genéticas o por alguna enfermedad.

P.- Figuero llegó a tener varios salones de peluquería. ¿Ha pasado ya esa época?

R.- Aunque sí que los he tenido, y hasta 32 empleados, ahora no se podría hacer, por el precio de los locales, la subida de los impuestos y, sobre todo, por la falta de personal comprometido.

Nunca he sido un jefe estricto, no he echado broncas ni controlado en exceso. Siempre he dejado a la gente trabajar con libertad y he ayudado a todo el mundo, pero creo que hoy en día faltan personas con verdadera vocación. La peluquería exige mucho esfuerzo y no todo el mundo vale, porque es un trabajo muy especializado y difícil. También es algo muy creativo porque cada corte, cada color y cada cliente son diferentes.

P.- Desde los 14 hasta los 75 años que tiene ahora son más de sesenta años en el tajo. ¿No ha pensado en retirarse?

R.- No, me gusta demasiado lo que hago y no me veo dejándolo, porque me apasiona. No sé si me van a tener que sacar de aquí con los pies por delante…

No me quiero ir y me encuentro bien, ni siquiera llevo gafas. Siento que doy vida a la gente y, además, hago un seguimiento continuo a mis clientes, me preocupo por ellos. En el caso de las pelucas, como soy tan detallista y ya no se fabrican con el mismo cariño y la calidad de antes, sufro y le doy muchas vueltas a la cabeza hasta que consigo que todo salga bien. Si me voy, creo que mucha gente lo iba a pasar mal.

P.- ¿Ese cuidado por los detalles es la clave para tener éxito en este oficio?

R.- Por supuesto, y el trato humano, que es fundamental. Si haces un buen trabajo, pero tratas mal al cliente, no sirve de nada. Si estás una o dos horas con una persona, su experiencia tiene que ser excelente. Además, esto de las prótesis capilares no es como vender un producto cualquiera. Aquí trabajas con la imagen y la autoestima de las personas. Por tanto, la atención tiene que ser impecable desde que entran por la puerta. Si haces sentirse bien a alguien, te perdonará incluso un error. Si no, no hay nada que hacer.

P.- ¿Qué es lo más gratificante de su trabajo?

R.- Ver cómo cambia la cara de una persona cuando recupera su imagen. Es una felicidad enorme y he vivido momentos muy especiales, incluso he llegado a regalar pelucas a personas que no podían pagarlas. Ayudar a la gente es lo más importante para mí.

P.- ¿Qué hace para desconectar?

R.- Me gusta mucho el deporte, especialmente montar en bici, y suelo bañarme en la playa, incluso en invierno. Eso sí, lo hago mientras sigo pensando en el trabajo.

Patricia San Vicente

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