‘Todo nuestro calzado es nacional, porque el pie español es distinto’

ÁNGEL BENITO, CALZADOS BENITO

Ni la inundación que sufrió el día de la apertura ni los cambios radicales en el comportamiento del consumidor han logrado vencer a Calzados Benito, una empresa familiar que lleva casi noventa años calzando a generaciones enteras. Fiel a sus valores tradicionales, sigue apostando por la calidad, zapatos de piel fabricados en España, y por el calor humano en su relación con los clientes. La tercera generación, con Ángel y su hermana María al frente, resisten la crisis del pequeño comercio gracias a su pasión por el trabajo y las enseñanzas de su padre, Ángel Benito Roiz, artífice de un negocio que llegó a sumar ocho zapaterías.


P.- ¿Cuánto tiempo lleva en pie Calzados Benito?

Ángel Benito.- Se abrió el 15 de septiembre de 1938; lo sabemos con exactitud porque el día de la inauguración se inundó Santander y publicaron una noticia en el ABC de Sevilla en la que se ve la zapatería. Comenzó mi abuelo Ángel, continuó su hijo Ángel Benito Roiz, mi padre, y después nosotros, Ángel y María Benito Gutiérrez. Antes de venirnos, en 1963, a Juan de Herrera número 2, estábamos en el edificio del SEPI, hasta que lo tiraron para construir lo que hoy es la Plaza del Ayuntamiento. Llevamos 87 años y seguir después de tanto tiempo supone luchar mucho.

P.- ¿Cuál es el secreto para la supervivencia?

R.- Tener detrás a gente con pasión, porque si no, no dura. Estar enamorado de la empresa y sacrificarte mucho. Antes, lo normal en los comercios era trabajar diez o doce horas, pero yo sigo igual, dedicando ocho horas a la atención al público y otras dos de oficina para temas administrativos, muestrarios, etc. Un negocio tradicional necesita calor humano, atención personalizada para aconsejar al cliente porque aquí no vendemos zapatos, cubrimos necesidades. En el siglo XX eran negocios muy rentables porque se vendía todo, pero en el XXI las cosas han cambiado y solo tenemos un pequeño rendimiento económico.

P.- ¿Cuál es la seña de identidad de sus zapaterías?

R.- Nuestro lema desde el principio es servicio y calidad española. Nunca hemos tenido productos sintéticos, salvo contadas excepciones, como unas katiuskas o unas cangrejeras.

Todos los productos son de piel y están fabricados en España porque tenemos comprobado por alguna compra que hemos hecho a otros países como Italia –nunca a Asia– que el pie del español no es igual. Y eso que hoy resulta dificilísimo comprar un producto que sea de piel en su totalidad, incluidos los forros, y están cerrando muchas fábricas españolas; hemos pasado de seis o siete mil empresas a mil y pico. Esta misma temporada han cerrado el 10% de mis proveedores y nos anulan pedidos porque no pueden resistir la competencia del producto exterior, las compras por internet… En fin, todo eso daría para otra entrevista.

P.- ¿Es difícil encontrar ese personal que aporte calor humano?

R.- Nosotros hemos tenido la gran suerte de que todos los compañeros que han pasado por la empresa han sido personas excepcionales, gente entregada que ha empezado con 16 años y se ha jubilado aquí. Salvo alguna época en la que las mujeres dejaban de trabajar al casarse, quien ha querido ha comenzado joven y ha acabado retirándose con nosotros. Mil por mil de entrega por su parte y cien por cien de agradecimiento por la nuestra. Y también a la clientela, porque, sin ella, no llegas ni a cinco años. Nuestros clientes son maravillosos: familias enteras con abuelos, padres e hijos. Lo que ocurre es que va envejeciendo y las nuevas generaciones tienen otra visión sobre el consumo. Antes éramos su única opción o, al menos, la prioritaria y nos obligábamos a darles lo que necesitaban. Y tengo la satisfacción de ir por la calle saludando a muchos clientes porque, tanto para María como para mí, el buen trato es algo innegociable.

P.- Con tantos cambios en el mercado, ¿se han planteado nuevos caminos?

R.- Respeto tanto la tradición comercial de Calzados Benito que, si tuviera que empezar a comprar zapatos de Asia o ir en contra de mis principios no sabría hacerlo, tendría que dejarlo. Por ejemplo, no trabajamos el calzado deportivo, porque se fabrica fuera, pero actualmente, de diez personas que pasan por la calle nueve llevan marcas deportivas, incluso en las bodas. El problema es que al cliente no le gusta el deportivo hecho en España y el consumo está dominado por unas cuantas marcas extranjeras. Esa es la espada de Damocles que se está cargando las tiendas de calzado tradicionales .

P. ¿Usted cuántos años lleva en el negocio familiar?

R.- Estamos dos hermanos, María y yo. Mis otras dos hermanas probaron la tienda, pero decidieron que su profesión iba a ser otra. Yo, con 14 años ya venía los sábados por la tarde para ayudar junto a mi madre y a otra de mis hermanas, ya que entonces no se podía abrir con personal. Aunque realmente empecé a media jornada a los 18, mientras estudiaba la carrera.

No me hubiera gustado hacer otra cosa porque soy un enamorado de esta profesión y no me cuesta trabajar muchas horas. Desde el principio me sentaba frente a mi padre, abría los oídos y aprendía sobre compras, escaparates, viajes a fábricas o temas de administración. Él dijo que se jubilaría a los 65, pero aguantó hasta el final, porque era su vicio. Fue un avanzado en su época porque informatizó el negocio y tenía un control exhaustivo sobre los stocks.

Era un gran defensor del control de compras, algo muy importante en un sector donde necesitas una inversión fuerte para sobrevivir.

P.- ¿Qué enseñanzas le transmitió su padre?

R.- Todas. Él fue el verdadero artífice de todo esto. A mi abuelo no lo conocí porque murió muy joven. Llegó de Cuba en la época de Fidel. Era lebaniego, de Pido, pero emigró con 16 años y tuvo que volver. Así que hizo un análisis de mercado y determinó que Santander necesitaba una zapatería y, como tenía algo de dinero, empezó a viajar a las zonas de fabricación, que por entonces eran las islas, y pagando más que el resto lograba llevarse lo que había. Pero no le gustaba trabajar en esto, así que trajo al negocio a su hijo, que estudiaba ingeniero agrónomo, y le preparó bien. Mi padre estuvo en Madrid, aprendiendo en el Corte Inglés junto a Ramón Areces, y después viajó a Francia para conocer el idioma, porque los turistas que venían a Cantabria eran franceses. El mundo del calzado le enamoró y llegó a abrir otras tres o cuatro tiendas más con mucho éxito. También aprendí mucho de un encargado general, Luis Poo, excelente trabajador y persona. Sigue viniendo por aquí y hasta hace poco se encargaba de probar el calzado de caballero porque todo lo que compramos se prueba antes. Los zapatos son muy traicioneros; pueden parecer maravillosos y luego no te los puedes poner. Y aquí no nos permitimos el lujo de tener productos que no cumplan con el estándar de calidad y comodidad.

P.- ¿Qué papel juega la ubicación en su negocio?

R.- Mi padre decía que o tienes la tienda en un buen sitio o no la tengas porque, en su opinión, un buen alquiler es aquel que equivale a lo que puedes facturar en dos o tres días. Por eso, más que un emplazamiento, siempre hemos buscado ese punto de equilibrio real. En cualquier caso, aquí nos ha salvado la ubicación, sobre todo, después de que se decidiera hacer peatonal la calle Juan de Herrera. Lo que en su día nos pareció una faena ha demostrado ser una suerte porque es la calle tradicional de transitar por Santander.

P.- ¿Cuántas zapaterías tienen en la actualidad?

R.- Quedan tres, pero hemos llegado a tener ocho en Santander, Laredo, Castro, Torrelavega, Corrales, Burgos y Vitoria, que han cerrado por jubilaciones o falta de rentabilidad, y más de una veintena de empleados. Hubo un Don Ángel [Benito] que abrió tiendas, luego nosotros abrimos alguna más y paulatinamente las hemos ido cerrando porque el comercio tradicional cada vez es menos rentable y yo me quiero jubilar. Tengo dos hijos a los que prohibí que vinieran a ayudarme por las condiciones actuales del sector. No lo he potenciado, porque el pequeño comercio está en un momento muy complicado que no quiero para ellos. No compensa el esfuerzo de estar aquí sin horarios ni vacaciones.

P.- ¿Qué aficiones puede compaginar con esa dedicación?

R.- Solo tengo libres los sábados por la tarde y los domingos, pero no paro. Me encanta todo lo que tenga que ver con la naturaleza: pasear por el campo, el mar… intento bañarme todos los festivos del año; la pesca, el esquí, que es mi deporte favorito… Normalmente madrugo, hago muchos kilómetros, y me encantan los perros. Voy a un ritmo frenético, pero sin estrés, porque quiero disfrutar de la vida. También me gusta salir con los amigos a cenar y a bailar. Soy un fanático del baile libre. Me llevas a una fiesta de prao y es un escándalo. En realidad, soy una persona muy sencilla que vive el día a día a tope. Es muy difícil que me enfade o que me lleve un disgusto. Nunca doy un paso atrás. Soy una persona feliz.

Patricia San Vicente

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