El imprescindible Luis Alberto Salcines

Por Rosa Pereda

Yo le conocí como editor de El Desvelo, para él un paso más en un curriculum apabullante, tan brillante como casi secreto, y de esto hace ya un montón de años. Por definir en pocas palabras a Luis Alberto Salcines, (Santander, 1952) es un hombre con una historia que contar. Un vocacional de la enseñanza y de la cultura, que considera inseparables, y su vida ha estado dedicada a relacionar ambas cosas, con una coherencia y una generosidad poco común.    

Físico, de la segunda promoción salida de la Universidad de Cantabria, aprobó las oposiciones a Matemáticas, “las primeras que salieron entonces, y que coincidían con mi pasión. Porque profesor es lo que quería ser desde pequeño, y serlo de matemáticas, lo mejor”. Ha tenido tiempo de comprobarlo en la práctica, 38 años, en los que también le han servido para ganarse la vida.

Confiesa que la física pura es pura matemática, y lo que en realidad le interesaba más de las ciencias físicas era precisamente ese lado metafísico, el que las conecta con la filosofía y con la poesía. También con la vida, porque su compañera desde los años noventa es matemática y se encontraron como profesores en un instituto, no me dice cuál.

Porque han sido varios los institutos de Secundaria donde ha enseñado. El primero, el del Barrio Pesquero, todavía dentro del proyecto de Alberto Pico, ese cura genial del que habría que hablar sin parar. Espero no ser indiscreta si cuento que un día de las navidades, todos los años, algunos profesores y antiguos alumnos recuperan aquel espíritu en una cena en el Pesquero. Era el primero para Salcines y le ha dejado huella, pero no el único. En otros, el que ha dejado una huella imborrable es él. Por ejemplo, en el Rey Pelayo, de Cangas de Onís, y en el José Hierro, de San Vicente de la Barquera. Las dos ciudades lo han nombrado Hijo Adoptivo, que es un reconocimiento muy importante como todos sabemos,  porque en esos institutos empezó a contar esa historia de la que hablaba al principio: cómo había que conectar la cultura con las aulas. Y a éstas con la ciudadanía, con la vida de su ciudad. Abriéndolas a la gente. “Así como la Universidad debe dinamizar la vida cultural de su localidad, los institutos debían hacer lo propio con las suyas”, me dice. Lo hizo conectando con lo cotidiano, con lo que pasaba en Santander o en Oviedo: “Yo vivía donde trabajaba, trataba de entrar en la cotidianidad de esa comunidad”,  y en ese empeño acaban enrolados los demás profesores. Los dos municipios se lo han agradecido. Como hubiese podido reconocérselo Torrelavega por el faro que supuso para la ciudad la librería Puntal mientras estuvo abierta, cuando Salcines aún lucía una larga melena negra sobre su también siempre negro atavío existencial.

El proyecto que lleva adelante desde hace ocho años con la Fundación Gerardo Diego, ‘Poesía en las Aulas’, es exactamente eso: invitar a los autores a los centros públicos de enseñanza, ahí donde se forja el futuro, las vocaciones, los valores de los hombres y mujeres de mañana mismo. Y abrirlos a la gente común. ‘Poesía en las Aulas’ debería convertirse en parte curricular en la enseñanza de Secundaria, a mi modo de ver. Propiciar la presencia de poetas locales en los institutos que se sumen, pero no de cualquier manera.

Él es, probablemente, quien mejor conoce la poesía que se está haciendo en esta comunidad, y esa solo es una de sus muchas facetas. Como antólogo y descubridor de voces poéticas, ha publicado –entre sus cerca de treinta libros–, una decena dando a conocer a los autores y autoras de Cantabria, muchas veces relacionados con la fotografía, otras con la pintura, y las más, a través de sus versos. Por ahí va también su trabajo de editor, sobre todo de poesía, en la colección ‘La grúa de piedra’, que inició en los años ochenta. Como hizo con ‘Anjana’ o con ‘A la sombra de los días’: dar a conocer, extender y articular. Es la manera de conseguir que la cultura sea de verdad un derecho, el de crear en libertad y disfrutar libremente.

A Luis Alberto Salcines le gusta hablar de responsabilidad intelectual. La que tienen los centros educativos en los pueblos y ciudades en los que están, pero también la de los gestores y activistas, o, si lo prefieren, animadores culturales, como él mismo, que ha dirigido librerías, galerías de arte, algún museo –el Jesús Otero, de Santillana del Mar, por ejemplo– y que, hasta hace pocas semanas, ha presidido la Fundación Bruno Alonso. “Lo he dejado”, dice, “porque ya llevaba más de doce años, y estas instituciones tienen que renovarse. No puede quedarse uno eternamente en un puesto, que, además, si se hace con responsabilidad y pocos medios, es agotador”.

Pero debe reconocer que se ha divertido. Bajo su presidencia, en la Fundación se han producido exposiciones de artistas cántabros, jóvenes y no tan jóvenes; presentaciones de libros, lecturas y recitales poéticos; debates y foros sociopolíticos. En fin, lo que ha hecho toda su vida, por una vía o por otra.

Si he hecho hincapié en el lado de editor, descubridor de poetas y buen lector de poesía, no se puede olvidar esa otra gran pasión suya, que es el arte.

Ha escrito monografías sobre artistas plásticos como Julio de Pablo, Gerardo de Alvear, Mauro Muriedas, o José Luis Hidalgo, que además de poeta era un estupendo dibujante, por mencionar sólo algunos. Ha publicado libros y comisariado exposiciones con y sobre fotógrafos –su fértil colaboración con Pedro Palazuelos ha dejado al menos dos libros–, y exposiciones temáticas. Recuerda con especial cariño la que celebró los cincuenta años del Festival Internacional de Santander, compartida con Regino Mateo. Y junto a Juan Antonio (Tono) González  Fuentes, la  titulada Tiempo de Poesía, 1977-2003, para la entonces Caja Cantabria, sin olvidar la que saludaba el centenario de la Gimnástica de Torrelavega. Y para qué hablar de sus continuas intervenciones en prensa, radio y televisión, de sus presentaciones de libros ajenos y de los que él mismo ha escrito con entrevistas con escritores y artistas plásticos.

Un CV apabullante, que no cabe en estas líneas, y una historia personal que ha conseguido que la educación y la cultura estén estrechamente relacionadas en la construcción de ciudades y pueblos más iguales y más felices. Lo dicho: Luis Alberto Salcines, un imprescindible en la cultura cántabra.

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