El Centro Botín es un imán, pero no para los extranjeros

La potencia icónica del edificio, por el que han pasado 1,5 millones de personas, se impone a los contenidos

El Centro Botín no atrae a tantos extranjeros como se aventuraba, pero sí que se ha convertido en un auténtico imán para los nacionales. En el año en que lleva abierto han pasado por él un millón y medio de personas, de las que 230.000 han visitado las exposiciones o han participado en alguna de sus actividades. De la noche a la mañana se ha incrustado entre los museos con más movimiento del país y puede que sea el único con más de 126.000 pases permanentes, algo aún más sorprendente en una región pequeña.


Si hubiera que establecer un ranking de los centros culturales más visitados del país, poco detrás de La Sagrada Familia, el Museo del Prado, el Reina Sofía y el Tyssen aunque bastante alejado en cifras absolutas, aparece el Museo Altamira (288.000 visitantes) y, casi al mismo nivel, el Centro Botín. Un magnífico balance para su primer año, aunque como ocurre con el Guggenheim, el continente se impone al contenido. Por el edificio han pasado 1,5 millones de personas, dispuestas a ver la Bahía desde esas escaleras, terrazas y pasarelas metálicas o la primera línea de viviendas de Santander desde la azotea.

La Fundación ha tenido un gran éxito en implicar a los cántabros, que suponen el grueso de los visitantes a las exposiciones y a los actos culturales. Basta ver los casi 127.000 pases permanentes que ha expedido, las 6.775 personas que han pagado un carnet de Amigo o los 25 voluntarios que se prestan a echar una mano para los actos. Pero aún tendrá que devanarse la cabeza para conseguir que también se interesen por los contenidos esos cuatro de cada cinco visitantes que solo acuden a ver el edificio. Un potencial de crecimiento que puede colocarle en el top 10 de los centros culturales del país.

El otro frente de actuación es más complejo. Mientras que el entusiasmo de los cántabros hace que supongan el 54% de todas las visitas a las exposiciones, y hay otro 34% de españoles del resto del país, los extranjeros solo han aportado el 8%. Un porcentaje que se corresponde con la proporción de visitantes a la región (un 80% del turismo es nacional y un 20% extranjero), pero eso significa que el centro por sí mismo y a pesar de sus exposiciones de talla internacional no es un punto de referencia para los extranjeros o, al menos, un punto singular, de esos que no hay que dejar al margen.

La milla cultural

Lo busquen de forma expresa o se lo encuentren inesperadamente, el centro de Santander va a someter a los visitantes en una auténtica inmersión cultural. Si antes entraban en una zona eminentemente comercial ahora van a encontrarse con lo que el anterior alcalde concebía como ‘la milla cultural’, un espacio en el que los edificios representativos del pasado se están reconvirtiendo en museos, archivos o salas de exposiciones.

En Centro ha sido un motor cultural, pero también se ha convertido en un espacio de uso urbano, una utilidad que no tenía el aparcamiento de Muelle de Albareda, cuya única finalidad era el servir de aparcamiento para los coches que entraban o salían en el ferry.

El Centro Botín, el traslado de la extensa Colección Santander a la sede el Banco, en el Paseo de Pereda, y la apertura del centro asociado del Reina Sofía, dentro de tres años, con la Colección Lafuente, entre sus contenidos, va a crear una de las mayores concentraciones artísticas que se puedan ver en un espacio tan reducido, ya que apenas 300 metros separan cada uno de los vértices de este triángulo, con una cuarta pata, el Museo Arqueológico, que aún no tiene sede definitiva pero que, por el momento, se exhibe en los bajos del Mercado del Este.

A esta demostración de poderío artístico, el Ayuntamiento añade el Barrio de la Florida, donde ha rehabilitado la Casa de Menéndez Pelayo, ahora empieza a hacer lo mismo con su Biblioteca y en algún momento completará la desafortunada obra de reforma del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, todo ello también en un área muy pequeña y cercana a la anterior. En esa zona está emplazada, además, la antigua nave de la Imprenta J. Martínez, que el Gobierno regional ha cedido al Ayuntamiento de Santander para proyectos culturales.

La extensísima exposición de esculturas de Miró es una muestra de la altura que puede conseguir con sus exposiciones, pero lo que realmente atrae al público es el propio edificio.

En esta eclosión súbita de emplazamientos para la exhibición de obras de arte hay que incluir la conversión de las naves de Gamazo en sede permanente de la colección Enaire, comprometida por el anterior ministro de Fomento, Íñigo de la Serna. La propietaria de los aeropuertos españoles lleva muchos años adquiriendo arte contemporáneo y ha reunido una de las mayores colecciones del país.

Si Cantabria, y especialmente, Santander, tiene población para un despliegue semejante, solo se podrá comprobar una vez se pongan en funcionamiento todos estos museos. Por lo pronto, la experiencia del Centro Botín demuestra el entusiasmo con que la ha acogido la sociedad cántabra, que aporta la mitad de la clientela y es decisiva para justificar el proyecto en los muchos meses de temporada turística baja.

La receptividad de la población local a la cultura también queda patente en otro dato. Desde 2013, en que se produjo una inflexión al alza, a 2016, Santander ha pasado de 3.000 actividades culturales al año a 6.000, más de quince cada día.

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