Las incubadoras cántabras que salvan la vida de niños prematuros en Perú
La asociación Charcos y Semillas instala los dispositivos, diseñados por un ingeniero pamplonés
Cada año fallecen un millón de bebés prematuros en el mundo, muchos de ellos por no crecer y desarrollarse en un entorno controlado como el que ofrecen las incubadoras. Dos técnicos electrónicos, José Francisco Salas y Javier Alonso han fabricado varios dispositivos en su taller de Navajeda a partir del diseño realizado por Pablo Sánchez, un ingeniero pamplonés que ha recibido recientemente el Premio Princesa de Girona.
Nadie que haya aliviado el peso de sus semejantes habrá fracasado en este mundo. Esa es una de las frases que el escritor británico Charles Dickens dejó para la historia y que muchas personas han interiorizado como una filosofía de vida.
Los cántabros José Francisco Salas y Javier Alonso, ambos técnicos electrónicos, son dos claros ejemplos de que la solidaridad puede salvar vidas. En su taller de Navajeda disponen de maquinaria de impresión 3D con la que fabrican incubadoras neonatales de bajo coste. Aunque el diseño no es de su autoría –el creador es Pablo Sánchez, un ingeniero pamplonés que acaba de recibir el Premio Princesa de Girona Social–, pueden sentirse orgullosos de su labor humanitaria.

Cada año mueren en el mundo un millón de bebés prematuros por no disponer de las condiciones sanitarias necesarias para salir adelante, un problema de salud pública que muchos países en vías de desarrollo podrían paliar si dispusiesen de suficientes incubadoras neonatales, como las que producen Salas y Alonso. “Una incubadora convencional puede costar, 6.000, 10.000 o 20.000 euros. A nosotros nos cuesta 300 euros fabricarlas, el importe del material”, compara José Francisco Salas.
Hace varios años se pusieron en contacto con el ingeniero navarro Pablo Sánchez para comprarle una de las incubadoras de bajo coste que fabrica, con la intención de enviarla al orfanato en el que cooperaba la hermana de Salas en Perú, un país al que todavía le falta mucho recorrido para democratizar la atención médica. “Conocimos el proyecto de Pablo porque pertenecíamos, como él, a Coronavirus Makers, un grupo ciudadano que entregó cantidad de mascarillas, viseras y todo tipo de material de autoprotección durante la pandemia”, explica.
Antes de embarcarse en el proyecto de las incubadoras, habían liderado la delegación cántabra de Coronavirus Makers y su red logística, algo que nunca llegaron a imaginar, dado que hasta entonces solo utilizaban su taller para elaborar piezas técnicas. “En esa época, imprimimos muchas toneladas de plástico. Llevamos mucho material al Hospital Virtual Valdecilla”, rememora.
Un dispositivo sensorizado
Tras adquirir la incubadora, decidieron que podían fabricar una idéntica. En Navajeda, contaban con el equipamiento necesario, desde una máquina CNC que automatiza tareas de mecanizado, hasta cortadora láser e impresoras 3D. “Pedimos los planos en código abierto y nos pusimos manos a la obra”, relatan.
Además de los componentes plásticos de PET y polietileno, estos equipos tienen varios sensores integrados. Uno mide la temperatura de la piel del bebé y otro la del interior de la cámara, “que debe oscilar entre los 36,5 y 37,5 grados. Cualquier desviación puede poner en riesgo la salud del bebé”, advierte.

También cuentan con un atomizador que recrea las condiciones de humedad del útero materno y un sensor que las registra en tiempo real. Desde la placa electrónica se controlan todos los parámetros y una tarjeta SIM les permite acceder a esta información en remoto, para responder de inmediato a cualquier incidencia, aunque sea a miles de kilómetros.
Una vez fabricadas, José Francisco se encarga personalmente de enviarlas e instalarlas en los puestos médicos a los que van destinadas, junto a algún compañero, bajo el paraguas de la asociación Charcos y Semillas, fundada por su hermana Alba Cano.
Si hay un componente indispensable en estas particulares incubadoras es la lámpara LED de color azul que llevan incorporada en el techo para curar la ictericia, una afección hepática causada por un aumento anormal de bilirrubina en la sangre, un desecho que resulta de la descomposición de los glóbulos rojos. “Con una longitud de onda específica, los bebés se pueden curar entre 24 y 48 horas, siempre y cuando sufran cuadros leves o moderados. Si son graves, ya requieren tratamiento farmacológico”, matizan.
Por el momento, han fabricado una decena de lámparas de este tipo, que también se utilizan fuera de las incubadoras, para tratar a otros niños mayores, porque los equipamientos son muy precarios. “He llegado a ver bebés dentro de cajones de madera o cartón y tapados simplemente con mantas. Hay determinadas zonas en Perú que se ven como la España de hace un siglo”, constata.
Recuerda que en su primer viaje, los niños le veían como “alguien raro”, pero esa primera impresión cambió radicalmente al observar que su intención solo era tenderles la mano. “Las familias están encantadas”, revela orgulloso.
El lado más humano del ser humano

La etapa de Erasmus supuso un punto de inflexión en la vida de la bióloga Alba Cano, hermana de José Francisco. Aterrizó en México y, después de pasar por varios países latinoamericanos, recaló en el orfanato peruano de Yarinacocha, que acoge a 140 menores. Allí realizó un voluntariado como maestra que le marcó para siempre. “Nada más llegar se dio cuenta de que las clases eran lo último que necesitaban aquellos niños. Había problemas de desnutrición y muchos tenían discapacidad”, relata Salas.
Uno de sus primeros pasos fue elaborar fichas médicas de cada niño, que incluían datos de todo tipo, desde la fecha de nacimiento, peso, altura, presión arterial, pulsaciones en reposo o test rápido de VIH hasta detalles sobre su estado físico y psicológico.
Con el tiempo, creció el arraigo de Alba y su capacidad para mover a las autoridades locales: “Ella consiguió que el Gobierno nacional llevase a estos niños a Lima para que recibiesen una atención digna y que se encargase de este orfanato y de otros cercanos. Ahora ya rueda solo”, explica su hermano.
Tras su vuelta a casa, ha llevado a cabo varias campañas para hacerles llegar medicamentos donados. Ahora, su intención es levantar una pequeña escuela.
Salas, Cano y Alonso tienen claro que recibir aportaciones económicas privadas suponen un gran impulso a la labor que realiza la asociación, pero aseguran que el mayor apoyo que se les puede brindar es disponer de nuevos voluntarios que se comprometan con la causa.
David Pérez



