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Editorial Fecha: 03/05/2012 Volver a hablar de la crisis es cansino y sólo sirve para realimentar un estado de ánimo depresivo pero ha pasado demasiado tiempo como para exigir algo más del Gobierno regional. Hace ocho meses, Diego forzó a colegios profesionales y asociaciones de todo tipo a firmar un documento para que le recibiese Zapatero, ya en funciones, con una exigencia de compensación de deudas que no podía esperar siquiera a que se celebrasen las elecciones, unas semanas después. Parecía obvio que todo le resultaría más fácil al presidente cántabro una vez llegado Rajoy a la Moncloa, pero ahora ni hay documento conminatorio ni hay asociaciones que protesten por la paralización de las inversiones estatales en la región. Es llamativo que estos colectivos profesionales ni siquiera pidan explicaciones por la ausencia de obras de la autonomía, que está dejando a muchos de sus colegiados en paro. A lo que se ve, el nivel de exigencia de los cántabros cambia en función de quien gobierne.Esperando a Godot Es posible pasarse un año ladrando a la luna? Parece poco productivo pero es posible. Y de esta guisa andamos en Cantabria mientras se nos caen los cuatro palos del sombrajo. Ni planes estratégicos de futuro ni medidas de acción inmediata, ni una mala obra. Nada. Lo que cuesta, porque no hay dinero y lo que no cuesta porque no hay ideas. Entre tanto, la región se desangra como nunca antes habíamos visto. En sólo un mes se han tambaleado tres grandes fábricas, Teka, B3 Cable y Haulotte, que no volverá a levantarse. Hace un año pensábamos que la Administración pública podía resolver por sí sola la suerte de los trabajadores de Papelera del Besaya, convirtiéndose en propietaria de la empresa o recolocándolos. Hoy ni se le pasa por la cabeza acudir a apagar tantos fuegos como surgen por doquier, ya que si se hiciese, y pudiese, toda la región acabaría convertida en sector público. Todos pensamos que la inacción de 2011 se corregiría cuando se aprobasen los Presupuestos de 2012, pero no cambió nada. Las esperanzas se trasladaron al cambio de Gobierno nacional pero tampoco ocurrió nada. Ni se reanudaron las obras paradas ni se ha conseguido la financiación de Valdecilla, ni mucho menos esos 590 millones de euros que Ignacio Diego establecía no hace tanto como deuda histórica. Tampoco mejoró la asfixia que vive el Ayuntamiento de Santander desde hace lustros, a pesar de la confianza en conseguir el famoso estatuto de capitalidad en cuanto cambiasen los ocupantes de Puertochico. La realidad es que no podemos seguir así. Hace tiempo que la crisis ha dejado de ser un problema de paro juvenil, de los promotores o de los albañiles. El paro taladra como una perforadora todas las profesiones y todas las capas sociales. No se libra nadie. Tampoco los empresarios, cuyo censo disminuye cada día. El pensamiento de los que resisten no está puesto ya en el negocio sino en la jubilación, el único asidero al que agarrarse porque no tienen fuerzas para seguir nadando. Quien puede, calcula los años que le faltan para llegar a esa orilla y cómo sobrevivir hasta entonces. Para quienes la tienen demasiado lejos como para intentar sobrevivir dejándose llevar, la situación es aún más angustiosa. Sus negocios hace tiempo que dejaron de ser rentables y han aguantado hasta ahora por los recursos que habían acumulado. Esa inercia se acabó. Y lo peor es no saber por donde tirar. Un empresario sólo se recicla con un nuevo proyecto que le ilusione pero ni encuentra financiación ni el Gobierno le orienta mucho a la hora de fijar sus objetivos: ¿De verdad alguien cree que el sector primario, el turismo o el golf pueden sacarnos del apuro o tienen capacidad de crecimiento como para recolocar a una parte significativa de los miles de desempleados que deja la crisis? No necesitamos tantos ejes teóricos de actuación ni decidir qué sectores son subvencionables y qué sectores no, porque seguramente erraremos el tiro. Cualquier iniciativa puede ser buena, no estamos en disposición de escoger. Lo que se necesita es que el sector público lidere proyectos a los que pueda sumarse el sector privado. Mientras la única política sea abrir el cajón, escandalizarnos por las facturas, y volverlo a cerrar, no vamos muy lejos. Pero así llevamos nueve meses. Si tiene que venir Godot a resolvernos la situación, mal vamos. Al contrario que los personajes de Samuel Beckett, nosotros sabemos que Godot no existe y no va a venir, así que no lo esperemos más. Alberto Ibáñez |
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